La puerta del centro deportivo se cerró detrás de Marín y Adrián.
El frío de la madrugada golpeó sus rostros.
Marín caminaba rápidamente, con la mochila apretada contra su pecho.
Dentro estaban la fotografía, la grabadora y una copia del archivo.
Tres cosas que podían cambiarlo todo.
—¿Dónde vive tu padre? —preguntó Adrián.
—A unos veinte minutos de aquí.
—Entonces vamos.
Marín sacó su teléfono.
Marcó el número de su padre.
Una vez.
Nada.
Volvió a llamar.
Nada.
—No contesta.
Adrián miró la pantalla.
—¿Siempre hace eso?
—Nunca.
Marín sintió un nudo en el estómago.
—Algo le pasó.
—No lo sabemos todavía.
—Adrián, alguien acaba de amenazarlo.
Él guardó silencio.
Marín volvió a marcar.
Esta vez alguien contestó.
—¿Papá?
No hubo respuesta.
—¿Papá?
Solo se escuchaba una respiración al otro lado.
Marín se quedó inmóvil.
—¿Quién habla?
La llamada terminó.
—¿Qué pasó? —preguntó Adrián.
Marín levantó lentamente la mirada.
—Alguien contestó.
—¿Tu padre?
—No lo sé.
El teléfono vibró.
Había llegado un mensaje.
“No vayas a casa.”
Marín sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
Debajo apareció otro.
“Si quieres volver a verlo, ve al lugar donde comenzó todo.”
Adrián leyó el mensaje.
—La pista.
Marín negó con la cabeza.
—No.
—¿Qué?
—El lugar donde comenzó todo no es la pista.
Adrián la miró confundido.
—¿Entonces cuál?
Marín recordó una frase que su madre repetía cuando era pequeña.
“Todo comenzó en la vieja sala de entrenamiento.”
—La antigua pista de exhibiciones —susurró.
Adrián palideció.
—Está abandonada.
—Entonces allí es donde tenemos que ir.
Mientras tanto, dentro del centro deportivo, Elena seguía junto al teléfono.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó.
La voz del otro lado respondió:
—Nada.
—Pero Marín va a buscar a su padre.
—Lo sé.
—Entonces tenemos que detenerla.
—No.
Elena frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque necesitamos que ella llegue hasta él.
Elena guardó silencio.
—¿Para qué?
La voz soltó una pequeña risa.
—Para que nos lleve hasta la grabación original.
Elena apretó el teléfono.
—Ella no tiene la culpa de lo que ocurrió.
—Todos tenemos una culpa.
—Tenía seis años.
—Y ahora tiene dieciséis.
La llamada terminó.
Elena permaneció inmóvil.
Por primera vez en diez años, comenzó a preguntarse si había cometido un error al proteger a Marín.
La antigua pista estaba completamente abandonada.
Las ventanas estaban cubiertas de polvo y algunas luces habían dejado de funcionar.
Marín y Adrián entraron por una puerta lateral.
—¿Segura de que quieres hacer esto? —preguntó él.
—No.
Marín miró el oscuro interior.
—Pero tengo que hacerlo.
Avanzaron lentamente.
El lugar parecía congelado en el tiempo.
Había viejos carteles de competencias.
Fotografías de antiguos patinadores.
Trofeos cubiertos de polvo.
Marín se acercó a una fotografía.
La reconoció.
Era la misma competencia de hacía diez años.
—Adrián…
Él se acercó.
—¿Qué?
Marín señaló la imagen.
En ella aparecía ella cuando tenía seis años.
Estaba junto a su padre.
Pero había algo extraño.
En la esquina de la fotografía aparecía otra persona.
La misma silueta que Elena había señalado.
—Es él —susurró Marín.
Adrián observó la fotografía.
—No podemos verle el rostro.
—Pero tú lo reconoces.
Adrián permaneció callado.
—¿Adrián?
—Sí.
Marín lo miró.
—¿Quién es?
Él respiró profundamente.
—Su nombre era Gabriel.
—¿Era?
—Trabajaba aquí.
—¿Qué hacía?
Adrián bajó la voz.
—Era asistente del director.
Marín sintió un escalofrío.
—¿Y dónde está ahora?
Adrián la miró.
—Desapareció después del accidente.
Marín observó nuevamente la fotografía.
—Entonces puede ser el hombre que vi.
—No.
—¿Por qué?
Adrián señaló la imagen.
—Porque Gabriel murió.
Marín cerró los ojos.
Otra vez la misma historia.
Un hombre muerto.
Un hombre que aparecía en sus recuerdos.
Un hombre que alguien estaba utilizando para asustarla.
—Entonces alguien está fingiendo ser él.
Adrián asintió.
—Eso creo.
Un ruido interrumpió la conversación.
Clac.
Marín se giró.
—¿Escuchaste eso?
—Sí.
Otro sonido.
Clac… clac…
Venía del otro lado de la pista.
Adrián tomó la mano de Marín.
—Quédate conmigo.
Caminaron lentamente.
Entonces encontraron unos patines en medio del hielo.
Marín los reconoció.
—Son los mismos.
Adrián se agachó.
Había una pequeña caja junto a ellos.
Marín la abrió.
Dentro había una llave.
Y una nota.
“La verdad está bajo llave.”
Marín tomó la llave.
—¿Qué abre?
Adrián observó el objeto.
—No lo sé.
Marín miró alrededor.
Entonces vio una pequeña puerta metálica al fondo de la pista.
Sobre ella había una cerradura.
Introdujo la llave.
Clic.
La puerta se abrió.
Dentro había una habitación diminuta.
Y en el centro…
una vieja caja fuerte.
Marín se acercó lentamente.
—¿Crees que la grabación está ahí?
Adrián negó.
—No lo sé.
En ese momento, escucharon un ruido detrás de ellos.
La puerta metálica comenzó a cerrarse.
—¡Adrián!
Él corrió hacia ella.
Pero fue demasiado tarde.
La puerta se cerró de golpe.
Marín quedó atrapada dentro.
—¡Adrián!
—¡Marín! ¡Aléjate de la puerta!
Ella retrocedió.
Entonces escuchó una voz proveniente de un pequeño altavoz.
—Hola, Marín.
Ella se quedó paralizada.
Era la misma voz de la noche anterior.
—¿Quién eres?
—Alguien que lleva diez años esperando este momento.
—¿Dónde está mi padre?
—Vivo.
Marín respiró aliviada.
—Déjalo ir.
—Primero quiero que abras la caja fuerte.
Marín miró la caja.
—No tengo la combinación.
—Sí la tienes.
—¿Qué?
—Está en tu memoria.
Marín sintió un escalofrío.
—No recuerdo nada.
La voz respondió:
—Entonces será mejor que empieces a recordar.
Las luces de la habitación se encendieron.
Frente a Marín había una pantalla.
Comenzó a reproducirse un video antiguo.
Una pista.
Una competencia.
Su padre.
Adrián.
Elena.
Clara.
Y ella misma con seis años.
Marín se llevó una mano a la boca.
Entonces apareció algo que nunca había visto.
Su padre discutía con alguien.
La imagen se acercó.
Marín reconoció la voz.
—Si entregas esa grabación, todos sabrán la verdad.
Su padre respondió:
—No voy a permitir que vuelvas a acercarte a mi hija.
La pantalla se apagó.
Marín quedó temblando.
—¿Qué significa esto?
La voz respondió:
—Que tu padre no estaba intentando ocultarte un accidente.
Hizo una pausa.
—Estaba intentando protegerte de alguien que conocías.
Marín sintió que el corazón se le detenía.
—¿Quién?
Silencio.
Entonces la puerta se abrió de golpe.
Adrián entró.
—¡Marín!
Ella corrió hacia él.
Pero antes de salir, escuchó una última frase por el altavoz:
—Pregúntale a tu madre qué ocurrió después de aquella noche.
Marín se quedó inmóvil.
Adrián la miró.
—¿Qué pasa?
Ella levantó los ojos.
—Creo que mi madre también está involucrada.
Y en algún lugar de la ciudad, un teléfono comenzó a sonar.
Su madre contestó.
—¿Sí?
Una voz desconocida respondió:
—Marín acaba de encontrar la primera parte.
La madre cerró los ojos.
—Entonces ya no podemos seguir escondiéndolo.
—No.
La voz respondió:
—Ahora tienes que contarle la verdad antes de que alguien más lo haga.