Marín permaneció frente a la pantalla de su computadora.
La imagen seguía congelada.
Gabriel.
La pequeña Marín.
Y aquella segunda persona que aparecía detrás de él.
Una figura parcialmente oculta entre las sombras.
—¿Quién es? —preguntó Adrián.
Marín acercó nuevamente la fotografía.
—No lo sé.
—¿Puedes reconocerla?
—No.
Adrián se inclinó sobre la pantalla.
—Espera.
Señaló la imagen.
—Mira su mano.
Marín amplió la fotografía.
La persona llevaba algo alrededor de la muñeca.
Una pulsera.
Un pequeño dije en forma de estrella.
Marín sintió un escalofrío.
—Yo conozco esa pulsera.
Adrián la miró.
—¿De quién?
Marín tardó unos segundos en responder.
—De mi madre.
Adrián quedó en silencio.
—¿Estás segura?
—Sí.
Marín recordó las fotografías familiares que había visto durante años.
Su madre siempre llevaba aquella pulsera.
Era un regalo de su padre.
—Entonces mi madre estaba allí.
—Eso parece.
Marín negó lentamente.
—Pero ella nunca me dijo que estuvo en la pista aquella noche.
Adrián la miró con preocupación.
—Tenemos que hablar con ella.
Marín tomó su teléfono.
Marcó.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Nadie contestó.
—No responde.
Adrián miró la pantalla.
—Quizá está con la policía.
—No.
Marín sintió que algo no estaba bien.
—Ella siempre contesta.
Volvió a llamar.
Esta vez la llamada fue directamente al buzón.
Marín se levantó.
—Tenemos que regresar.
—¿A tu casa?
—Sí.
Cuando llegaron, todavía había agentes alrededor de la vivienda.
Marín bajó del automóvil y corrió hacia la entrada.
—¿Dónde está mi madre?
Uno de los agentes la detuvo.
—¿Eres Marín Herrera?
—Sí.
El hombre intercambió una mirada con su compañero.
—Tu madre salió hace unos minutos.
Marín sintió que el corazón se le aceleraba.
—¿A dónde?
—No lo sabemos.
—¿Cómo que no lo saben?
El agente señaló una pequeña mesa.
Sobre ella había un teléfono.
El teléfono de su madre.
Marín se acercó lentamente.
—Ella nunca saldría sin esto.
Adrián recogió el aparato.
—Está apagado.
Marín sintió un escalofrío.
Entonces vio algo debajo del teléfono.
Un sobre blanco.
Tenía su nombre escrito.
MARÍN.
Lo abrió con manos temblorosas.
Dentro había una sola hoja.
“Si estás leyendo esto, significa que ya no puedo protegerte desde casa.
No confíes en lo que parece evidente.
Tu padre está vivo.
Pero no es el único que sobrevivió aquella noche.”
Marín levantó la mirada.
—¿Qué significa esto?
Adrián tomó la carta.
Continuó leyendo.
“Busca el lugar donde comenzó tu primer recuerdo.”
Marín frunció el ceño.
—Mi primer recuerdo…
Cerró los ojos.
Durante unos segundos intentó recordar.
Hielo.
Luces.
Música.
La mano de su padre.
Y una voz.
Una voz femenina.
—No…
Adrián se acercó.
—¿Qué recordaste?
Marín abrió los ojos.
—Una habitación.
—¿Cuál?
—No lo sé.
Marín se llevó una mano a la cabeza.
Un dolor intenso apareció de repente.
Imágenes comenzaron a cruzar por su mente.
Ella tenía seis años.
Estaba llorando.
Su padre la sostenía entre sus brazos.
Alguien discutía detrás de ellos.
Y después…
un golpe.
Marín abrió los ojos bruscamente.
—La vieja sala de entrenamiento.
Adrián comprendió.
—La antigua pista.
—No.
Marín negó.
—Hay una habitación detrás de las gradas.
Adrián la miró sorprendido.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo recuerdo.
Minutos después, regresaron al centro deportivo.
La antigua sala de entrenamiento estaba al fondo del edificio.
La puerta tenía una cerradura oxidada.
Adrián utilizó una herramienta para abrirla.
Dentro había cajas, equipos viejos y fotografías cubiertas de polvo.
Marín caminó lentamente.
Algo allí le resultaba familiar.
—Aquí estuve.
Adrián la observó.
—¿Segura?
Marín asintió.
—Sí.
Se acercó a una pared.
Había una pequeña marca.
Una estrella dibujada con tinta.
Marín tocó la pared.
De repente, recordó.
Una niña.
Una mujer.
Su madre.
Y una conversación.
—No puedes dejar que ella se quede aquí.
La voz de su madre.
Marín retrocedió.
—Ella estaba aquí.
Adrián se acercó.
—¿Qué viste?
—A mi madre.
—¿Con quién?
Marín cerró los ojos.
La imagen volvió a aparecer.
Su madre estaba frente a un hombre.
Pero esta vez podía ver su rostro.
Marín abrió los ojos.
—Ya sé quién es.
—¿Quién?
Marín respiró profundamente.
—Gabriel.
Adrián quedó paralizado.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Pero eso significa…
—Que Gabriel no estaba trabajando solo.
Marín comenzó a revisar las cajas.
Encontró una carpeta.
En la portada decía:
PROYECTO ESTRELLA — 2016
La abrió.
Había nombres.
Fechas.
Fotografías.
Informes.
Y una lista de niños que participaban en las competencias.
Marín pasó varias páginas.
Entonces encontró su nombre.
MARÍN HERRERA — 6 AÑOS.
Debajo había una anotación:
“Observación especial.”
Marín sintió que la respiración se le cortaba.
—¿Qué significa esto?
Adrián tomó la carpeta.
—No lo sé.
Marín siguió leyendo.
Había otra frase escrita a mano.
“Ella recuerda demasiado.”
El silencio llenó la habitación.
—¿Qué podía recordar una niña de seis años? —preguntó Adrián.
Marín lo miró.
—El accidente.
De repente, escucharon un ruido.
Una puerta cerrándose.
Adrián se giró.
—¿Hay alguien aquí?
Nadie respondió.
Marín apretó la carpeta contra su pecho.
—No estamos solos.
Ambos salieron al pasillo.
Una sombra desapareció al doblar la esquina.
—¡Espera!
Adrián corrió detrás de ella.
Marín lo siguió.
Llegaron hasta una puerta lateral.
Estaba abierta.
En el suelo había algo.
Un pequeño dije en forma de estrella.
Marín lo recogió.
Lo reconoció inmediatamente.
Era idéntico al que aparecía en la fotografía.
—Esto era de mi madre.
Adrián miró hacia el pasillo.
—Entonces ella estuvo aquí recientemente.
Marín apretó el dije.
—O alguien quiere que pensemos que estuvo aquí.
En otro lugar de la ciudad, una mujer permanecía sentada frente a una ventana.
Tenía las manos temblorosas.
Su teléfono sonó.
—¿Sí?
—La encontraron.
La mujer cerró los ojos.
—¿Quién?
—Marín.
Silencio.
—¿Descubrió la sala?
—Sí.
La mujer respiró profundamente.
—Entonces ya comenzó a recordar.
—¿Qué hacemos?
La mujer miró una fotografía sobre la mesa.
Era una imagen de diez años atrás.
En ella aparecían Julián, Elena, Clara…
y ella.
—No podemos detenerla ahora.
—¿Por qué?
La mujer tomó la fotografía.
—Porque Marín no es el peligro.
Hizo una pausa.
—Ella es la única que puede llevarnos hasta la persona que realmente provocó el accidente.
La voz al otro lado guardó silencio.
—¿Y quién es esa persona?
La mujer bajó la mirada.
—Alguien que Marín conoce muy bien.
Mientras tanto, Marín seguía en la antigua sala.
Había encontrado otra fotografía.
La tomó.
Esta vez no había dudas.
Reconoció a todas las personas.
Su padre.
Su madre.
Elena.
Clara.
Gabriel.
Adrián.
Y una última persona.
Marín sintió que el mundo se detenía.
—Adrián…
Él se acercó.
—¿Qué pasa?
Marín señaló la fotografía.
—Mira quién está aquí.
Adrián observó la imagen.
Su rostro cambió.
—No puede ser.
—¿La conoces?
Adrián tardó unos segundos en responder.
—Sí.
—¿Quién es?
Adrián levantó lentamente la mirada.
—Tu madre.
Marín negó.
—Ella ya estaba en la fotografía.
—No hablo de ella.
Adrián señaló a la otra mujer.
—La mujer que está junto a Gabriel.
Marín sintió un escalofrío.
—¿Quién es?
Adrián tragó saliva.
—La madre de Elena.
Marín quedó completamente inmóvil.
Entonces comprendió algo.
El accidente no había comenzado aquella noche.
Había comenzado mucho antes.
Y todos los adultos que había creído conocer formaban parte de una historia que llevaba diez años escondida.
Pero había algo peor.
En la parte posterior de la fotografía había una última frase:
“El accidente fue planeado para que Marín recordara.”
Marín levantó lentamente la cabeza.
—Adrián…
—¿Qué?
—Creo que mi memoria no se perdió.
Adrián la miró.
—¿Entonces?
Marín apretó la fotografía entre sus dedos.
—Creo que alguien la escondió.
Y en ese instante, su teléfono vibró.
Un mensaje de un número desconocido.
Solo decía:
“Ahora recuerda quién te sostuvo la mano cuando caíste.”
Marín quedó paralizada.
Porque, por primera vez, una imagen apareció claramente en su memoria.
Una mano.
No era la de su padre.
No era la de su madre.
No era la de Adrián.
Era la mano de alguien que ella jamás había imaginado.
Y esa persona seguía viva.