El teléfono seguía en su mano.
El mensaje parecía quemarle los ojos.
«Ahora recuerda quién te sostuvo la mano cuando caíste.»
No podía apartar la mirada de aquellas palabras.
—Marín… —dijo Adrián.
Ella no respondió.
Su respiración comenzó a acelerarse.
De repente, una imagen apareció en su mente.
Una pista.
Luces blancas.
Música.
Gritos.
El sonido de unos patines deslizándose sobre el hielo.
Y ella.
Una niña de seis años.
Marín estaba llorando.
Tenía miedo.
Entonces alguien se acercaba.
Una mano tomaba la suya.
Una voz femenina susurraba:
—No tengas miedo. Estoy aquí.
Marín abrió los ojos.
—Ya lo recuerdo…
Adrián se acercó.
—¿Qué recuerdas?
—La mano.
—¿De quién era?
Marín cerró los ojos nuevamente.
La imagen volvió.
Pero esta vez pudo distinguir algo más.
Una pulsera.
Una pulsera con un pequeño dije de estrella.
Marín abrió los ojos de golpe.
—La misma pulsera de mi madre.
Adrián frunció el ceño.
—¿Tu madre te sostuvo la mano?
—No.
Marín negó lentamente.
—La mano no era de mi madre.
—Entonces, ¿de quién?
Marín intentó recordar el rostro.
Pero estaba borroso.
Solo podía distinguir los ojos.
Una mujer.
Una mujer que parecía estar llorando.
—No puedo verla.
—No te fuerces.
—Tengo que hacerlo.
Marín se llevó las manos a la cabeza.
Otra imagen apareció.
Su padre discutía con alguien.
Elena gritaba.
Clara corría hacia la pista.
Gabriel observaba desde las gradas.
Y aquella mujer permanecía junto a Marín.
—¡Saca a la niña de aquí! —gritaba alguien.
Después…
un ruido.
Un golpe.
Marín cayó.
La mujer la sostuvo.
Y antes de que todo se volviera oscuro, escuchó una frase:
—Cuando despiertes, no recordarás nada.
Marín abrió los ojos.
Las lágrimas comenzaron a recorrer sus mejillas.
—Alguien hizo que olvidara.
Adrián se quedó en silencio.
—¿Quién?
Marín negó.
—No lo sé.
Entonces escucharon un ruido detrás de ellos.
Ambos se giraron.
La puerta de la antigua sala se cerró lentamente.
Clac.
Adrián corrió hacia ella.
Intentó abrirla.
—Está bloqueada.
Marín retrocedió.
—Otra vez no…
Una luz roja comenzó a parpadear sobre la pared.
Después, un pequeño altavoz se encendió.
Una voz habló.
—Muy bien, Marín.
Ella reconoció inmediatamente aquella voz.
Era la misma persona que había hablado con ella en la pista abandonada.
—¿Quién eres? —preguntó.
—Alguien que sabe lo que recuerdas.
Adrián golpeó la puerta.
—¡Déjanos salir!
La voz soltó una pequeña risa.
—Tú también deberías recordar, Adrián.
Él se quedó inmóvil.
Marín lo miró.
—¿Qué significa eso?
Adrián bajó la mirada.
—No lo sé.
—¡Me estás mintiendo otra vez!
—No.
—Entonces mírame y dime que no recuerdas nada.
Adrián levantó los ojos.
Por primera vez, Marín vio miedo en su rostro.
—Recuerdo algunas cosas.
Ella se quedó completamente quieta.
—¿Qué cosas?
Adrián respiró profundamente.
—La noche del accidente.
—¿Qué recuerdas?
—Te vi caer.
—Eso ya lo sé.
—No.
Adrián negó.
—Te vi caer y después alguien te levantó.
Marín sintió un escalofrío.
—¿Quién?
Adrián cerró los ojos.
—Una mujer.
—¿Mi madre?
—No.
Marín dio un paso hacia él.
—Entonces dime quién era.
Adrián abrió la boca.
Pero antes de responder, la puerta se abrió.
Ambos se quedaron sorprendidos.
No había nadie detrás.
Solo un sobre en el suelo.
Marín se acercó lentamente.
En la parte frontal estaba escrito:
PARA MARÍN.
Lo abrió.
Dentro había una fotografía.
Marín la observó.
Era una imagen de la noche del accidente.
Ella estaba en el hielo.
Su padre aparecía al fondo.
Elena estaba junto a las gradas.
Y una mujer sostenía a la pequeña Marín entre sus brazos.
Esta vez el rostro se veía claramente.
Marín dejó caer la fotografía.
—No…
Adrián la recogió.
Su expresión cambió.
—¿Quién es?
Marín comenzó a llorar.
—La conozco.
—¿Quién?
Ella señaló la fotografía.
—Es alguien que estuvo conmigo durante toda mi infancia.
Adrián observó nuevamente la imagen.
—¿Quién?
Marín respondió con voz temblorosa:
—La madre de Elena.
Adrián quedó paralizado.
—Pero ella murió hace años.
Marín negó lentamente.
—No.
—¿Cómo que no?
Marín señaló la fotografía.
—Ella estaba viva diez años después del accidente.
El silencio se apoderó de la habitación.
Entonces Marín recordó otra cosa.
La mujer le había dicho:
“No tengas miedo. Estoy aquí.”
Pero había una segunda frase.
Una frase que había olvidado por completo.
“Tu padre no puede saber que te encontré.”
Marín levantó la mirada.
—Mi padre sabía que ella estaba allí.
Adrián frunció el ceño.
—¿Entonces por qué nunca habló de ella?
—Porque probablemente estaba protegiendo a alguien.
—¿A quién?
Marín miró la fotografía.
—A mí.
En ese momento, el teléfono de Marín volvió a vibrar.
Otro mensaje.
«Si quieres encontrar a tu padre, deja de buscar a los muertos.»
Marín leyó el mensaje.
Después llegó otro.
«Busca a quien sigue vivo.»
Y finalmente:
«Tu madre sabe dónde está.»
Marín sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—Tenemos que volver a casa.
Adrián asintió.
—Sí.
Pero cuando salieron de la sala, encontraron algo en el pasillo.