El silencio se apoderó del edificio.
Frente a ella estaban su madre, Marta y Gabriel.
Pero lo que más la aterrorizaba era aquella voz que había escuchado desde el pasillo.
Una voz conocida.
Una voz que había escuchado durante toda su vida.
—¿Quién está ahí? —preguntó Marín.
Nadie respondió.
Gabriel se acercó lentamente.
—Marín, tienes que escucharme antes de sacar conclusiones.
—¡Ya estoy cansada de escuchar explicaciones!
Su voz se quebró.
—Diez años… ¡Diez años de mentiras!
Su madre bajó la mirada.
—Lo sé.
—¡No! —gritó Marín—. ¡No sabes lo que siento!
Adrián se colocó a su lado.
—Marín, cálmate.
—¿Cómo quieres que me calme?
Ella señaló a Gabriel.
—Todos decían que estaba muerto.
Después señaló a Marta.
—Ella supuestamente también había muerto.
Finalmente miró a su madre.
—Y ahora descubro que todos estaban aquí aquella noche.
Marta dio un paso hacia ella.
—Porque intentábamos protegerte.
Marín retrocedió.
—No vuelvas a decirme eso.
Marta se detuvo.
—¿Por qué?
—Porque todos utilizan la misma excusa.
Gabriel respiró profundamente.
—Tu madre no tuvo elección.
Marín lo miró.
—¿Qué significa eso?
Gabriel permaneció en silencio unos segundos.
Después dijo:
—Tu madre recibió una amenaza la noche del accidente.
Marín sintió un escalofrío.
—¿De quién?
—De la misma persona que provocó todo.
—¿Y quién es?
Gabriel miró hacia la puerta.
—Está aquí.
Adrián levantó la cabeza.
—¿Aquí?
Gabriel asintió.
—Nunca se fue.
De repente, se escucharon pasos.
Lentos.
Seguros.
Cada vez más cerca.
Marín sintió que el corazón comenzaba a acelerarse.
La sombra apareció al final del pasillo.
Una persona caminaba hacia ellos.
Marín reconoció primero la silueta.
Después la ropa.
Finalmente el rostro.
Sus ojos se abrieron completamente.
—No…
Adrián la miró.
—¿Quién es?
Marín no pudo responder.
Su madre comenzó a llorar.
Marta cerró los ojos.
Gabriel apretó los puños.
La persona se detuvo frente a ellos.
—Hola, Marín.
Ella dio un paso atrás.
—Tú…
La persona sonrió.
—Han pasado diez años.
Marín sintió que todo a su alrededor comenzaba a dar vueltas.
Era alguien en quien había confiado.
Alguien que había estado presente durante momentos importantes de su vida.
Alguien que jamás había imaginado que pudiera estar relacionado con aquella noche.
—¿Por qué? —preguntó Marín con lágrimas en los ojos.
La persona no respondió.
—¿Por qué hiciste todo esto?
Gabriel intervino.
—Porque sabía que Marín recordaría algún día.
La persona lo miró.
—Y por eso intentaste desaparecer.
—No.
Gabriel negó.
—Intenté mantenerla con vida.
Marín miró a su madre.
—Mamá…
Su madre levantó los ojos.
—Perdóname.
—¿Tú sabías quién era?
Ella asintió lentamente.
—Sí.
Marín sintió que algo se rompía dentro de ella.
—¿Desde cuándo?
—Desde aquella noche.
—¿Y nunca me lo dijiste?
—No podía.
—¡Podías decirme la verdad!
Su madre lloró.
—Si lo hacía, te ponía en peligro.
Marín respiró profundamente.
—Entonces dime qué pasó.
Gabriel tomó la carpeta que estaba sobre la mesa.
—Todo comenzó mucho antes del accidente.
La abrió.
—El Proyecto Estrella no era solamente un programa de entrenamiento.
Marín observó los documentos.
—¿Entonces qué era?
—Una investigación.
Adrián frunció el ceño.
—¿Sobre niños?
Gabriel asintió.
—Sobre sus capacidades de memoria, concentración y reacción bajo presión.
Marín sintió un escalofrío.
—¿Y yo?
Gabriel la miró.
—Tú eras la niña que más destacaba.
—¿Por qué?
—Porque recordabas cosas que los demás olvidaban.
Marta intervino.
—Y alguien quiso aprovecharse de eso.
Marín miró nuevamente los documentos.
—¿Para qué?
Gabriel señaló una página.
—Para utilizarte como testigo.
—¿Testigo de qué?
Gabriel guardó silencio.
Después sacó una fotografía.
La colocó sobre la mesa.
Era la pista de aquella noche.
Pero esta vez la imagen mostraba algo diferente.
Un hombre estaba junto al panel de control.
Marín lo reconoció.
—Él estaba allí…
Adrián se acercó.
—¿Qué estaba haciendo?
Gabriel respondió:
—Alterando las instalaciones.
Marín observó la fotografía.
—¿Él provocó el accidente?
Gabriel negó.
—No exactamente.
Marín frunció el ceño.
—¿Entonces?
—El accidente fue provocado para destruir una prueba.
—¿Qué prueba?
Gabriel sacó una pequeña grabadora.
Marín la reconoció inmediatamente.
—La grabación original…
—Sí.
Marín se acercó.
—¿La tienes?
Gabriel asintió.
—La he protegido durante diez años.
La persona que estaba al fondo del pasillo dio un paso adelante.
—Dámela.
Gabriel apretó la grabadora.
—Nunca.
Marín miró a aquella persona.
—¿Qué hay en esa grabación?
Gabriel respondió:
—La verdad sobre quién ordenó el accidente.
Silencio.
La persona sonrió.
—Marín, no le creas.
Ella negó con la cabeza.
—Ya no sé en quién creer.
Adrián tomó su mano.
—En mí.
Marín lo miró.
—¿Tú también me ocultaste cosas?
Adrián bajó la mirada.
—Sí.
Marín soltó lentamente su mano.
—Entonces no sé si puedo confiar en ti.
Adrián pareció herido.
Pero no respondió.
Gabriel conectó la grabadora al viejo reproductor.
—Es hora de que escuches todo.