Las luces de la antigua pista permanecieron encendidas.
Marín no podía apartar los ojos de Elena.
—Fue alguien que todavía está dentro de esta familia.
Las palabras parecían repetirse dentro de su cabeza.
Dentro de esta familia.
Julián apretó la fotografía entre sus manos.
—Elena…
—Ya no podemos seguir ocultándolo —respondió ella.
Su madre comenzó a llorar.
—No aquí.
Elena la miró.
—¿Cuánto tiempo más quieres esperar?
Marín dio un paso hacia ellas.
—¿Esperar qué?
Nadie respondió.
—¡Quiero saber la verdad!
Su voz resonó por toda la pista.
Adrián permanecía inmóvil.
Elena lo miró.
—Tú también tienes que hablar.
Adrián bajó la mirada.
Marín sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué sabes?
Él respiró profundamente.
—Recuerdo aquella noche.
—Ya lo dijiste.
—Pero no te conté todo.
Marín se acercó.
—Entonces cuéntamelo.
Adrián miró la fotografía.
—Yo tenía nueve años.
—¿Qué hacías allí?
—Mi padre trabajaba en el centro deportivo. Me llevó porque tenía que ayudarlo con algunas cosas.
Marín frunció el ceño.
—¿Y qué viste?
Adrián cerró los ojos.
Durante unos segundos no dijo nada.
Entonces comenzó a recordar.
Una pista llena de luces.
Niños patinando.
Adultos discutiendo.
Una puerta cerrándose.
Y una niña pequeña sentada junto a las gradas.
Marín.
—Te vi aquella noche —dijo Adrián.
Marín sintió un escalofrío.
—¿Antes del accidente?
—Sí.
—¿Hablamos?
Adrián asintió.
—Me preguntaste si quería patinar contigo.
Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Marín.
—No recuerdo eso.
—Lo sé.
Adrián bajó la mirada.
—Después escuché una discusión.
—¿Entre quiénes?
Adrián miró a Julián.
—Tu padre y otra persona.
Julián cerró los ojos.
—Adrián…
—Ya no podemos ocultarlo.
Marín miró a su padre.
—¿Con quién discutías?
Julián permaneció en silencio.
Elena respondió:
—Con la persona que estaba detrás del Proyecto Estrella.
Marín apretó los puños.
—¿Quién?
Elena miró hacia la entrada.
—Tu abuelo.
Marín quedó inmóvil.
—Pero dijiste que había muerto.
—Eso fue lo que todos creíamos.
Julián negó lentamente.
—Tu abuelo desapareció antes del accidente.
—¿Desapareció?
—Sí.
Marta intervino.
—Nunca encontramos su cuerpo.
Marín sintió que la historia se volvía todavía más confusa.
—Entonces pudo haber estado allí.
Elena asintió.
—Sí.
—¿Y qué quería de mí?
Elena tardó unos segundos en responder.
—Tu memoria.
Marín sintió un escalofrío.
—¿Por qué?
Elena se acercó lentamente.
—Porque tú viste algo que podía destruirlo.
—¿Qué vi?
Elena respiró profundamente.
—Una reunión.
—¿Qué reunión?
—La reunión donde se decidió provocar el accidente.
El silencio fue absoluto.
Marín miró a todos.
—Entonces el accidente fue planeado.
Julián asintió.
—Sí.
—¿Y ustedes lo sabían?
—Intentamos detenerlo.
—Pero no pudieron.
Julián bajó la mirada.
—No.
Marín sintió que las lágrimas comenzaban a caer.
—¿Y Adrián?
Elena miró al muchacho.
—Adrián también vio algo.
Marín giró hacia él.
—¿Qué viste?
Adrián tragó saliva.
—Vi quién puso el dispositivo debajo de la pista.
Marín abrió los ojos.
—¿El dispositivo que provocó el accidente?
—Sí.
—¿Quién lo colocó?
Adrián no respondió.
—¡Adrián!
Él cerró los ojos.
—No vi su rostro.
Marín frunció el ceño.
—Entonces, ¿cómo sabes quién fue?
Adrián señaló la fotografía.
—Por esa persona.
Marín observó la imagen.
El segundo niño aparecía junto a ella.
—¿Qué tiene que ver conmigo?
Adrián señaló el fondo.
—Mira detrás de nosotros.
Marín acercó la fotografía.
Había una puerta.
Y junto a ella, una figura adulta.
Marín amplió la imagen.
Su corazón comenzó a acelerarse.
—No…
Julián tomó la fotografía.
—¿Qué ocurre?
Marín señaló la figura.
—Esa persona estaba conmigo después de la caída.
Su madre palideció.
—Marín…
—¿Quién es?
Elena respondió en voz baja:
—La persona que te sostuvo la mano.
Marín sintió que el mundo se detenía.
—¿Entonces ella provocó el accidente?
—No —dijo Elena—. Ella intentó detenerlo.
Marín frunció el ceño.
—¿Entonces quién lo provocó?
Elena miró a Adrián.
—Él sabe una parte.
Después miró a Julián.
—Y tú sabes la otra.
Marín dio un paso atrás.
—¿Por qué nadie puede decirme una sola cosa sin esconder otra?
Julián se acercó.
—Porque la verdad puede ser peligrosa.
—¡Ya no me importa!
De repente, un ruido metálico se escuchó detrás de ellos.
CLANG.
Todos se giraron.
La puerta de la pista estaba abierta.
El hombre que había escapado minutos antes apareció nuevamente.
Pero esta vez no estaba solo.
Había tres personas detrás de él.
Gabriel levantó la grabadora.
—Tenemos que irnos.
Julián negó.
—No.
—Julián…
—Esta vez no voy a correr.
El hombre sonrió.
—Siempre fuiste demasiado orgulloso.
Marín se colocó junto a su padre.
—¿Qué quieres?
—La grabación.
Gabriel levantó el dispositivo.
—Nunca la tendrás.
—Entonces alguien tendrá que pagar por ella.
El hombre hizo una señal.
Uno de los hombres avanzó.
Adrián se colocó delante de Marín.
—No te acerques.
El hombre soltó una risa.
—¿Tú vas a protegerla?
Adrián no respondió.