La pista permanecía en silencio.
Marín observaba el hielo.
Aquella superficie blanca que durante años había formado parte de sus recuerdos ahora escondía algo que podía cambiarlo todo.
—¿Qué hay exactamente debajo? —preguntó.
Julián respiró profundamente.
—Un compartimiento de mantenimiento.
—¿Y el dispositivo?
—Está dentro.
Adrián miró hacia las gradas.
—Si los hombres que nos perseguían descubren que sabemos esto, regresarán.
Gabriel levantó la grabadora.
—Entonces debemos adelantarnos.
Marín dio un paso hacia el centro de la pista.
—¿Cómo entramos?
Julián señaló una sección del borde.
—Hay una compuerta debajo de una de las plataformas.
Marta negó.
—Julián, no sabes si sigue siendo seguro.
—No tenemos otra opción.
Marín lo miró.
—Sí tenemos.
Todos guardaron silencio.
—Podemos dejar de huir.
Julián la observó durante unos segundos.
Después asintió.
—Te pareces demasiado a tu madre.
Su madre sonrió entre lágrimas.
—Eso no siempre es algo malo.
Gabriel se acercó al borde de la pista y retiró una vieja placa metálica.
Debajo apareció una pequeña cerradura.
Julián sacó la llave que habían encontrado en la caja.
La introdujo.
Clic.
La compuerta se abrió.
Un olor a humedad salió desde el interior.
Adrián encendió la linterna de su teléfono.
—Hay una escalera.
Marín miró hacia abajo.
—Voy primero.
—No —dijo Julián.
—Papá…
—Esta vez no voy a permitir que te pongas en peligro.
Marín lo miró fijamente.
—Durante diez años me protegiste ocultándome la verdad.
Julián bajó la mirada.
—Lo sé.
—Ahora protégeme diciéndome toda la verdad.
Julián permaneció en silencio.
Finalmente se hizo a un lado.
—Está bien.
Marín descendió.
Adrián fue detrás de ella.
Gabriel, Marta y sus padres los siguieron.
La escalera conducía a un pasillo estrecho bajo la pista.
Las paredes estaban cubiertas de cables antiguos.
Marín caminó lentamente.
Cada paso hacía que su memoria despertara un poco más.
Entonces se detuvo.
—Aquí.
Adrián la miró.
—¿Qué?
Marín tocó la pared.
—Recuerdo este lugar.
Julián palideció.
—¿Cómo?
—Estuve aquí aquella noche.
Todos quedaron en silencio.
Marín cerró los ojos.
Una imagen apareció.
Ella tenía seis años.
Estaba escondida detrás de una puerta.
Escuchaba voces.
Una voz era la de su abuelo.
—El proyecto debe continuar.
Otra voz respondió:
—Los niños no son experimentos.
Marín abrió los ojos.
—Escuché una discusión aquí.
Gabriel se acercó.
—¿Entre quiénes?
—Mi abuelo y otra persona.
—¿Puedes recordar quién era?
Marín negó.
—Todavía no.
Continuaron avanzando.
Al final del pasillo encontraron una puerta de metal.
Sobre ella había una estrella.
Julián sacó otra llave.
La puerta se abrió.
Dentro había una pequeña sala.
Una mesa.
Varios monitores antiguos.
Cables.
Y una caja negra conectada a un dispositivo de grabación.
Adrián se acercó.
—¿Es ese?
Julián asintió.
—Sí.
Marín observó el aparato.
—¿Esto grabó la conversación?
—Sí.
Gabriel revisó los cables.
—Pero necesitamos encontrar la memoria.
Marta señaló una caja.
—Ahí.
Gabriel la abrió.
Dentro había varias cintas.
Cada una tenía una fecha.
Y una última cinta sin etiqueta.
Marín la tomó.
—Esta.
Julián se quedó inmóvil.
—¿Dónde la encontraste?
—Aquí.
Julián palideció.
—Esa cinta no debería existir.
Marín lo miró.
—¿Por qué?
—Porque desapareció la noche del accidente.
Gabriel tomó la cinta.
—Entonces alguien la escondió.
Adrián miró a Marín.
—¿Podemos escucharla?
Gabriel colocó la cinta en el reproductor.
Presionó un botón.
Al principio solo se escuchó estática.
Después una voz.
—El Proyecto Estrella no puede continuar.
Marín sintió un escalofrío.
Era la voz de su abuelo.
Otra voz respondió.
—Ya invertimos demasiado.
—No voy a permitir que utilices a mi nieta.
Marín abrió los ojos.
—¿Mi abuelo intentó protegerme?
Julián asintió.
—Al final, sí.
La grabación continuó.
—Ella es la única que puede recordar el procedimiento completo.
La otra persona respondió:
—Entonces debemos asegurarnos de que no recuerde.
Marín apretó los puños.
—¿Quién eres?
La voz permaneció unos segundos en silencio.
Después respondió:
—La persona que continuará tu trabajo cuando desaparezcas.
Marín miró a su padre.
—¿Quién era?
Julián no respondió.
La grabación continuó.
Se escuchó una puerta abrirse.
Después unos pasos.
Y finalmente una voz que Marín reconoció.
Su madre.
—¡No pueden hacerle esto!
Marín quedó paralizada.
—Mamá…
Su madre cerró los ojos.
La grabación siguió.
—Llegaste demasiado tarde —dijo la voz desconocida.
—No voy a permitir que vuelvan a tocar a mi hija.
—Entonces tendrás que elegir.
—¿Qué quieres?
—Que trabajes para nosotros.
La madre de Marín guardó silencio.
—Si aceptas, ella vivirá.
Marín sintió que las lágrimas llenaban sus ojos.
—Por eso…
Su madre comenzó a llorar.
—Sí.
—¿Aceptaste para protegerme?
—Sí.
Marín se acercó lentamente.
—¿Y después?
Su madre bajó la mirada.
—Intenté destruir el proyecto desde dentro.
La grabación continuó.
La voz desconocida habló nuevamente.
—Si intentas traicionarnos, Marín desaparecerá.