Podía escuchar las voces de todos a mi alrededor, el bullicio, los pasos apresurados de un lado a otro.
Mi reflejo en el gran espejo, la cámara totalmente blanca con lirios regados por doquier, intentando aparentar algo que no soy.
El vestido, con encaje transparente que llegaba hasta mi cuello, pegado, pero sin ninguna parte de piel que no tuviera tela. Hermoso, sí, pero Dios mío. No había ni una sola parte que diera esa libertad del siglo XXI.
Terminaron de retocar el maquillaje, que ya me quería lavar.
Y, al igual que llegaron todos, así se fueron.
Rápidos, sin voltear a ver al novio una vez más, como si se dieran cuenta de que las lágrimas que luchaba por contener necesitaban soledad.
Estar solo en este cuarto me hacía sentir como si estuviera en un manicomio.
《¿Por qué rayos todo era blanco?》
En cuanto me despertaron y me separaron de Ciro, en serio recapacité sobre todo esto.
Tal vez mi hermana y yo no éramos tan
diferentes, pues la ventana de mi cuarto se veía tan hermosa. Se veía como una libertad que se me estaba escapando.
El velo me daba una máscara para poder ocultar mi infelicidad y, probablemente, las lágrimas que caerían cuando diera mis votos.
Me iba a hundir más en mi miseria si no fuera por el azote que dio la puerta, dejando ver a mi padre entrando.
—Vengo a recogerte. Párate y ven conmigo.
—Qué felicidad que mi padre me deje en los brazos de mi amado.
La fuerte cachetada que sentí casi me hizo, en serio, huir de este maldito lugar.
—Compórtate de una vez, Layl. No quiero que me humilles enfrente de tanta multitud.
—No te preocupes, yo no soy el que siempre te humilla. Ya tienes una esposa para eso.
Mi mano paró en mi mejilla, pero no el tiempo suficiente para que él se diera cuenta.
Sus manos acomodaron su saco lentamente.
Hacía eso siempre para poder controlar el enojo que ya estaba sintiendo.
—Sabes por qué estás en esto, Layl. No te hagas el fuerte ahora. Solo haz lo que siempre has sabido hacer: obedecer.
—Claro, te encanta cuando lo hago.
—Solo recuerda que siempre tendré tu correa.
Sus manos se apoyaron en mis hombros mientras veía nuestro reflejo en el espejo.
—Te crié para algo mejor que esto, pero me decepcionaste tanto cuando me desobedeciste por una inútil carrera que no te llevará a ningún lado.
Intenté apartarme sin mucho éxito.
—Recuerda siempre, Layl, que desde ese momento tú me perteneciste completamente, y no sabes lo mucho que eso me alegra. Ahora tengo tu vida en mis manos y eso nunca cambiará, mi querido hijo.
Sin más que decir, agarró mi brazo fuertemente y me jaló hacia la salida.
Él tenía razón. Por creer que estaba obteniendo mi libertad con ese trato, solo sellé mi jaula con una bonita firma.
Pero ya no importaba. Le mostraría que, aunque no tuviera mi vida, siempre tendría mi voz.
La música empezó a sonar. Las cámaras se giraron en cuanto entré junto con mi padre por ese gran pasillo adornado de hermosas flores e incluso joyas.
Todo el salón irradiaba una inmensa riqueza. Por donde vieras, podrías darte cuenta de los diamantes incrustados por doquier. Como si eso afirmara el poder de la familia, como si afirmara a los medios el amor que no teníamos.
Mi sonrisa, aunque oculta por el fino velo de mi cara, estaba ahí. En cuanto puse un pie en toda esta farsa, me metí en mi papel.
Mis ojos vislumbraron a Ciro en primera fila. Su celular seguramente apuntaba a mi cara. Ya podía escuchar sus burlas cuando todo esto terminara.
Eso me hizo poder seguir.
Cuando mi padre soltó mi brazo, me di cuenta de que ya estaba parado a pocos centímetros de Esyor.
Su mirada fría, dirigida al frente; su cabello rubio brillaba por todas las luces, su piel pintada por el sol y ese traje blanco con toques rojos, como sus ojos, me hicieron darme cuenta de lo opuestos que éramos.
Los votos fueron rápidos. Mientras recitaba palabras memorizadas con poco tiempo, los flashes iluminaban todo, intentando inmortalizar un recuerdo que no querría volver a ver.
—Acepto.
Una sola atadura en mi garganta, una sola llave lejos de mis cadenas.
Cuando terminamos de aceptar un amor eterno, llegó lo más esperado para todos y lo que menos quería hacer.
El beso.
Su mirada, tan helada, al fin me miró y, como si fuera una responsabilidad del trabajo, sus manos tocaron mi cuello.
Mi respiración se cortó por un momento.
Solo es un beso… solo eso.
Sus labios, sus finos labios, tocaron los míos. Un beso que creí rápido se transformó en una muestra de poder.
Pude escuchar los suspiros de asombro y yo pude escuchar mi corazón latir.
Sus labios no paraban de buscar algo. Los míos, en cambio, estaban inmóviles. No profundicé el beso como él parecía querer, pero, de alguna manera, intenté sobrellevarlo. Cerré los ojos e imaginé un universo en donde esto era todo lo que quería, todo lo que soñaba.
Y funcionó.
Su boca en la mía dejó de disgustarme. La fantasía se estaba haciendo realidad cuando sus labios se separaron, haciéndome recordar la falta de oxígeno que empezaba a tener.
Las risas y aplausos me devolvieron a la realidad y, con ello, el rubor de saber que, de alguna forma, lo disfruté.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por no dejarme como un idiota al besarte—hubo una ligera pausa—. Tus labios saben a fresa…
Quise contestar, pero no sabía qué decir.
—Tu cambio de ropa te espera. Me adelantaré a la fiesta.
Nuestras manos se soltaron y pude sentir el frío sin ellas.
Caminé, o mejor dicho, corrí lo más que pude al camerino. Al fin me podría quitar este vestido y ponerme algo más cómodo.
Después iría a esa estúpida fiesta y tomaría todo el alcohol posible. Algo tenía que salir bien de todo esto.
Entré al vestidor y vislumbré una blusa blanca con pequeños incrustados de oro en las mangas, con los pantalones a juego.
Editado: 10.09.2026