—Al fin despiertas, Layl —se acercó lentamente—. Pensé que dormirías todo el día.
—Esyor… ¿qué, qué pasó?
—Veo que te fue muy fácil olvidar todo.
—Esyor —mis labios se curvaron en un intento de ocultar mi risa—. ¿Por qué cojeas?
—¿En serio no recuerdas nada?
—Bueno, si lo hiciera, no te estaría preguntando.
No supe en qué momento se había sentado al lado mío hasta que sentí el hundimiento en la cama.
Su rostro quedó a pocos centímetros del mío y, muy en el fondo, muuuy en el fondo, sentí un pequeño latido.
—Bueno, al parecer el joven Blamier y usted hicieron su gran venganza en contra mía —sus manos se alzaron, imitándonos torpemente.
—Dios mío…
—La verdad, me sorprendió cómo ustedes, en cuanto puse un pie en nuestra casa, se abalanzaron hacia mí y me contaron todo su maquiavélico plan —soltó un gran suspiro—. Después solo me agarraron y me empujaron a lo que llamaron el piso del pecado.
Cubrí mi cara con ambas manos. Demonios, esto era muy vergonzoso.
—El piso estaba lleno de agua con jabón y, bueno, no pude sostenerme de nada. Esa es la razón por la que cojeo, Layl.
—Lo siento… pero bueno, te lo merecías. Fuiste un completo imbécil ayer.
—¿Y también merecía que me bañaran en miel y luego me tiraran su magnífico, ¿cómo lo dijeron? —en serio parecía pensarlo—. Ah, sí, su “karmpolpica”, que se adhirió a mi piel y me causó un gran sarpullido en el cuello.
—¿Qué rayos es “karmpolpica”?
—Karma con polvo pica pica.
No lo aguanté. Solté una gran carcajada.
《Layl, eres increíble》, me felicité a mí mismo.
—Bueno, por lo menos estás vivo. Cuando me emborracho, ideo unos planes que hasta yo llego a preguntarme qué pasa con mi cerebro.
Antes de continuar, escuché una pequeña risa saliendo de él y fue la risa más hermosa que he escuchado en toda mi vida.
—Tienes razón, debo estar agradecido porque me hayas castigado tan amablemente.
—Sí… deberías.
Sus dedos rozaron los míos, pidiendo permiso para tomar mi mano.
No la aparté.
Al darse cuenta de mi aceptación, su rostro se iluminó y su sonrisa no se apagó.
—Me tomé la semana, ya sabes… vacaciones por luna de miel. Tal vez podríamos hacer algo.
Lo miré unos segundos y casi, casi acepté por sus malditos ojos de cachorro, pero eso me hizo despertar y me hizo acordar.
Hijo. De. Puta.
—Tú… —mi mano se apartó de la suya y lo empujé.
—¿Layl?
—Casi logras que se me olvide por qué te hice todo eso —me levanté de la cama—. Eres un… ni siquiera se me viene nada a la cabeza.
—No entiendo —respondió, consternado.
—Tú me humillaste. Dios, tú… tú dejaste que tu maldita cucaracha me aventara agua. Tú me sacaste a mí de mi propia fiesta por él —mi voz se elevó cada vez más.
—Layl, cálmate —se paró lentamente de la cama—. Entendiste mal. Yo no elegí a Diam.
—Oh, claro que lo hiciste. Tus estúpidos guardias me noquearon por pura basura.
—¿Qué?
—Lo que te hice anoche, Esyor, es nada a lo que será este matrimonio para ti.
Sin querer escuchar todas las tonterías que soltaría, huí de la habitación. Mis pasos, aunque desequilibrados, eran rápidos y pude alejarme de él sin que me atrapara.
Me estaba doliendo la cabeza.
Bajé a toda prisa los escalones.
Eran demasiados, y eso me dio tiempo de pensar y observar lo que ahora era mi nuevo hogar.
Demonios, era grande
Toques dorados decoraban el barandal de madera. 《Que no sea oro, por favor.》 Los grandes ventanales iluminaban todo sin necesidad de luz artificial, pero aun así había un enorme candelabro en medio de lo que parecía ser el recibidor.
Ese recibidor era del tamaño del primer apartamento que logré rentar yo solo antes de mudarme a la universidad.
La casa de mi familia no era nada con esta.
《¿Quién compra algo así para una farsa?》
Salté los últimos escalones, pues podía escuchar las pisadas de Esyor tras de mí.
Era rápido… muy rápido.
—Joven amo, ¿ocupa algo?
Lo que parecía ser un mayordomo estorbó mi gran salida.
—No, gracias. Sí me disculpa.
Lo aparté ligeramente y me dispuse a salir de ahí, pero no lo logré. Esyor me abrazó por la espalda, apretando todo mi cuerpo con el suyo.
—Escúchame, Layl. No huyas como un niño inmaduro.
—Su. El. Ta. Me.
—No lo haré hasta que me escuches.
Mi paciencia se estaba acabando, pero algo dentro de mí me hizo parar y escucharlo.
《¿Acaso ya me estaba volviendo un anciano?》
—Bien, suelta lo que tengas y veré si me convence o no.
Sus ojos brillaron cuando volteé a verlo. Pude ver el momento exacto en el que ordenaba todo lo que estaba a punto de decirme.
Tocaba rezar para que no me manipulara con su cara bonita.
Mi mayor debilidad estaba frente a mí.
—Él no… —su voz fue interrumpida por el sonido de la puerta abriéndose.
—Esyor, ya llegué. Te traje tu café.
Y ahí, enfrente de nosotros, estaba la persona por la cual empezó esta discusión.
Se detuvo en cuanto entró, viéndonos; más bien, viendo las manos de Esyor en mi cintura.
Algo hizo un cortocircuito en mí. Él pasaba como si esta fuera su casa, tan tranquilo. Eso no fue todo. Pude ver algo brillante en su mano.
—Tiene llave.
Fue todo lo que dije.
Recordé lo que pensé antes: ¿quién compraría una casa así para una farsa? A no ser que no fuera solo para salvar las apariencias y, en realidad, fuera para disfrutar junto a su amante.
Pude sentir las manos de Esyor temblar.
《Lo voy a matar.》
Editado: 10.09.2026