EL MIEDO SE ALIMENTA DEL AYER
(1/2)
Si tuviera que definir lo que continúa de mi vida, no elegiría una sola palabra.
Diría que es una convivencia forzada entre la “oscuridad y la luz”.
Dos opuestos que, aunque no deberían tocarse, en mí aprendieron a coexistir. No al mismo tiempo, no en armonía, sino turnándose, como si uno vigilara al otro.
No escribo para exponer horrores ni para señalar culpables. Tampoco para poner a nadie en contra de nadie.
Es solo que, cuando intento recordar momentos felices junto a ciertas personas, mi mente se queda en blanco.
No porque no hayan existido, sino porque el dolor ocupó más espacio que la alegría.
Quienes han pasado por algo parecido saben lo que cuesta encontrar lo positivo en medio de la desgracia. Saben que no se trata de “querer estar bien”, sino de poder.
Hoy, mi presente no es oscuro como mi pasado, pero tampoco es claro.
Es “gris”.
Un gris cansado…
Un gris que mejora, sí, pero que aún se quiebra…
Hay días en los que funciono, sonrío, cumplo. Y otros en los que mi estado emocional cae tan bajo que me convenzo de ser una carga, un estorbo, una responsabilidad más que otros deben soportar.
Tal vez no lo soy para ellos. Pero para mí, esa sensación es real.
Mi corazón levantó una barrera hace años. No para alejar a los demás, sino para sobrevivir.
Esa barrera me protege y, al mismo tiempo, me aísla. Con los años aprendí a vivir con ella, a integrarla en mi rutina.
Pero hay momentos en los que flaqueo, y entonces la oscuridad entra sin pedir permiso y se apodera de todo.
Pocas personas han visto esa parte mía. La parte que detesto. No porque sea falsa, sino porque representa una vulnerabilidad que no todos merecen.
Ellos saben que cuando ocurre no es un simple desahogo: es una explosión de todo lo que guardé durante demasiado tiempo.
Detesto llorar frente a otros. No por orgullo, sino porque algo dentro de mí se niega a pedir auxilio.
Incluso cuando me estoy hundiendo, mi propio corazón prefiere callar. Y no es fortaleza mental.
Es esa niña que aprendió demasiado pronto que pedir ayuda no siempre significa ser escuchada.
Tal vez algunos piensen que exagero. Pero deben entender esto:
Las primeras emociones de un niño no se borran…
Los primeros miedos no se debilitan…
El pasado no se queda atrás: se instala...
Lo mío empezó incluso antes de tener conciencia plena. Y desde los cinco años en adelante, mi mente se negó a olvidar.
A veces basta ver un objeto, un gesto, un lugar para que algo se active.
La vista se nubla, los colores se vuelven intensos, y por un instante el pasado deja de ser recuerdo y se convierte en presente.
No lo hago para llamar la atención. Jamás lo hice. Pero cuando quienes deberían comprenderlo lo minimizan, empiezo a creer que todos los demás también lo harán.
Es esa niña de cinco años la que aún grita en silencio…
La que no recurre a nadie más que a mí misma…
Porque ella fue la que sufrió lo que yo ya no tuve que vivir… y aun así cargó con sus heridas.
Me duele saber que sigue ahí…
Lastimada…
Cansada...
Intentando protegerme…
No quiere que mi presente se derrumbe ni que mi futuro se convierta en una repetición del dolor.
Porque para ella, volver a caer no sería solo triste… sería devastador.
Y tal vez por eso sigo aquí.
No por fuerza.
No por valentía.
Sino porque esa niña ya soportó demasiado como para permitir que todo vuelva a romperse…
-------------
CAMILA: 6 AÑOS
Se podría decir que mi vida ha pasado como una ráfaga de aire.
El cual así lo deseo.
No me lo tomen a mal, es solo que como una niña normal “deseo ya ser adulta”, poder valerme por mí misma y salir de esta cárcel que estoy encadenada mentalmente.
Casi la mayoría del tiempo pienso y deduzco mi futuro. Sé que soy muy pequeña para ya tener mi futuro trasado, pero las ansias de algún día poder marcar mi punto de despegue como una mariposa y no tener final me resultan increíbles.
Apenas tengo 6 años como para pensar como un adulto, pero, en fin, así soy. Amo y abecés, me pongo muy ansiosa en saber qué puede pasar la mañana siguiente…
Y es que ya no soy esa simple niñita tierna y sumisa, que no hacía más que abrir sus parpados y dejar que las horas traspasen como un meteorito.
Ahora mis rutinas de despertar y dormir han cambiado, bueno, mejor dicho, todo.
“Es algo oficial: ya me encuentro en la escuela”
Desde que mi madre me dio cierta noticia no pude dejar de sonreír como tonta y pensar en: cómo iría, mis profesores serían gentiles conmigo, haría amigos o seguiría siendo la niña solitaria y escurridiza de siempre…
Pues… mis dudas superaron las expectativas.
Amo ir a clases, despertar y saber que las horas en mi hogar disminuyen. Estar junto a mis compañeros y la profesora me ha ayudado demasiado.
Debido a la escuela me he hecho tan parlanchina que no dejo ni siquiera de hablar por los codos. Obviamente solo a personas que valen la pena, hay otros como mis hermanas que ni siquiera valen una mirada mía.
Mi felicidad ha ido creciendo con los años y consigo no me refiero a que soy libre, lo que quiero decir es que por fin la mariposa puede salir de su encontró que la protege de cualquier depredador.
#2954 en Otros
#222 en No ficción
#1309 en Thriller
#596 en Misterio
miedo perdida autoestima soledad, ansiedad y depresión, miedo rencor
Editado: 14.02.2026