Mariposa Monarca

CAPÍTULO 16

Y EL ERROR MÁS GRANDE QUE COMETÍ… FUE NO DETENERME

Si hay algo de lo cual no estoy orgullosa, es de lo que pasó después…

Se podría decir que hasta ahora se me complica un poco el hecho de expresar de mi boca mi pasado a personas cercanas. Porque, aunque muchos no sepan lo que sucedió en mi vida, basta con solo oír partes de ella para no preguntar.

Y para los que sí lo saben, simplemente me da vergüenza el relatar algo que, si me preguntaran ahora, lo evitaría a toda costa. Porque gracias a eso, varias veces estuve a punto de morir.

Y no me refiero a inyecciones… droga o alcohol (aunque se los digo como dato porque esto no le veo tanto interés. De no ser porque en aquel tiempo llegó la pandemia, me hubiera hecho adicta al hacoc… por ello digo que las personas que se hacen llamarse amigas no lo son, pero bueno esto solo es dato ya que nunca habrá capítulo de esto).

Me refiero a esa parte en la cual, al no encontrar escapatoria a tu dolor, buscas la alternativa más rápida y certera. Que, sí, en ese momento te hacen sentir libre… como si todos esos problemas se desaparecieran y se convertirían en roces de aire, al rozar con tu piel herida y compactar con la sangre que emana desenfrenadamente de tu brazo.

Porque sé cómo se siente. A lo mejor, muchas veces llegué a utilizarlo como alternativa ante problemas sin sentido… y es que, déjame decirte, cuando llegas a ese punto ya es demasiado.

Demasiado, porque te conviertes en una persona que mientras no sienta dolor, no está bien. Que sí o sí, necesitas algún conflicto para hacerte daño. Que, en vez de liberarte de esa carga… nada más lo haces por sentir esa sensación cruda al tocar el objeto cortopunzante en tu piel y abrir cada tejido de tu piel, sin pudor alguno.

No voy a negar que se siente extraño, reconfortante y doloroso. Porque carago lo es, sentir el metal ingresar a la piel… en cómo invade un lugar del cual no es bienvenido, es: extraño, reconfortante y doloroso a la vez.

Pero no vengo a decirte la clásica frase de “te lo digo para que no lo hagas” porque vamos, no me mientas, sabemos que mientras sea más peligroso, más curiosidad da.

Dejemos esas palabras de lado y concéntrate en lo que pasa luego de sentir esos tres ámbitos fundamentales, ya que continúan el: cargo de conciencia, el ardor al compactarse con la ropa ajustada que tienes que utilizar para esconderlo y por supuesto llega esa parte que te dice “es por tu bien”.

En mi caso eso era el pan de cada día, el deporte diario que mínimo lo hacía cinco o seis veces por semana. Pero déjame decirte que eso es un completo error.

Muchas veces llegué a pensar que, si no sentía esos cortes en mi piel, jamás podría conllevar mi vida.

No te lo tomes muy a pecho, pero piensas que, si de eso requiere la vida, Dios diría que es incorrecto. Él es nuestro padre y como tal quiere nuestro bien.

Y si no crees en él por razones personales, cree en mí, no como el ser supremo que es, sino como tu guía.

Si estás pasando por algo así, no te voy a hablar como alguien que no entiende… porque yo también estuve ahí. Te hablaré de quien lo vivió por carne propia. Sé lo fácil que es perderte en esa voz que te hace creer que no eres suficiente, que te empuja a hacerte daño como si fuera la única forma de soltar lo que llevas dentro, buscando de alguna manera aliviar ese dolor que nada más te consume poco a poco.

Pero con el tiempo entendí algo: eso que sientes no define quién eres, sino de quién se está forjando de sus errores. No eres tus momentos más oscuros, ni las decisiones que tomas cuando estás rota, ni formas de llamar la atención. Hay una parte de ti… esa más pura, más tranquila… que sigue ahí, aunque a veces no la escuches.

Y aunque a veces se complique verla o saber quién es. Es ese niño interior que aún perdura desde que llegaste a tener un corazón que bombea.

Y no solo lo veamos por el ámbito psicológico, sino también por el espiritual. Ya que ese niño que llevas dentro también es y será Dios. Imagínate que él perdure dentro de ti. No crees que le lastime verte haciéndote heridas a ti misma por ver una forma de “tranquilidad” a tu pánico desenfrenado.

A mí me ayudó pensar que, incluso en mis peores días, Dios no se alejaba… solo esperaba a que yo volviera a mirarlo, aunque fuera en silencio. Sin presión, sin culpa, solo… volver poco a poco.

Y reconozco que puede ser difícil porque con qué cara voy a pedirle, perdón sabiendo que está mal, ninguna, pero debemos entender que nuestro padre “es Dios de amor”. Un Dios, el cual está dispuesto a perdonarte y sanar tus heridas para caminar junto a ti.

No tienes que cambiar todo de golpe. Nadie puede. Pero sí puedes empezar con algo pequeño: tratarte con un poco más de paciencia, cuestionar esa voz que te lastima y recordar que tu valor no viene de lo que el mundo dice ni de lo que piensas en tus peores momentos.

Porque muchos te querrán ver, más bien vale de ti entenderlos.

Las heridas no son lo que te define, porque no es necesario sentir una pisca de dolor cuando tienes un padre dispuesto a escucharte. Y aunque ahora no lo sientas del todo, hay algo en ti que todavía quiere sanar… y eso ya significa mucho.

-------------

CAMILA:

Corro. Corro con el último aliento que tengo, con el último nivel de supervivencia que me queda después de huir a un lugar más seguro y de que él nunca me encontrara, y, por supuesto, ella peor.

Tropiezo con todo lo que se me atraviesa y qué más da; en algunos momentos corro el riesgo de rodar por las gradas, pero eso es lo menos que me importa en este momento. Justo ahora, solo busco sobrevivir en esta extraña familia a la que dé un momento a otro “pertenezco”.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.