Mariposa Monarca

CAPÍTULO 18

No sé si han escuchado la frase de “De niños vivimos muchas cosas sin comprenderlas; solo al crecer adquirimos la conciencia para entender lo que realmente ocurre…”

De mi primer año hasta el quinto me era muy difícil entender por qué tenía esta vida o si todos la teníamos, nada más que jugábamos a ser otra persona ante el ojo público.

Los recuerdos de esos cinco años son casi nulos o los pocos que recuerdo son flashbacks de instantes terroríficos, que solo desearía olvidar como algunos que se encuentran en lo más profundo de mi cerebro.

Están allí, guardados… encarcelados tras unas rejas, esperando su cadena perpetua (porque para mí jamás saldrán de esas rejas que los atan a la libertad, y si algún día lo hacen será porque yo se lo permita, mas no por su voluntad).

De allí a mis seis años es el mayor de todos y el que más recuerdos a la perfección… momento e instante… segundo tras minuto… guion tras estrofa… absolutamente todo.

Sé que mi cerebro tiene guardado cada instante a la perfección, porque fue allí, por primera vez, cuando entendí la realidad de la vida, de mi vida. Y a pesar de que tuve que pasar por algo que me terminó de quebrar en mil pedazos, entendí y dejé ese mundo lleno de fantasías atrás para ser más consciente.

Porque mientras muchos niños vivían de fantasías, leyendas que erizaban su piel y raspones al momento de correr o jugar en la arena, yo vivía la realidad… lamentablemente tuve que ver la verdad de la vida a tan poca edad.

Y aunque por muchos años eso me carcomió haciendo que me ponga la armadura, escondiéndome tras de ella creyéndome fuerte y estable (estuve muy equivocada).

Fui yo la culpable de no haber disfrutado mi niñez como una niña normal, porque nadie me impide hacerlo. Sí, había muchos problemas en casa, pero nunca debí dejar que eso me consumiera y mis pensamientos solo estarán allí, más bien debí dejar el rencor, los recuerdos y los problemas en casa para poner mi felicidad en primer lugar.

Más bien, deje que el pasado reinara en mi presente, las tinieblas me impidieran ver con claridad y los problemas consumieran mi cerebro y corazón, haciendo que mi único enfoque se llevara a protegerme y acelerar las cosas.

Tengo entendido que todo no fue mi culpa, porque casi la mayoría es de quienes permanecen y permanecieron en mi vida. Pero también en esta historia tengo un grado de culpa, jamás debí dejar que todo esto me destrozara...

No sé cómo sería si nada de eso hubiera pasado y hubiera vivido en un ambiente sano, lleno de risas y constante amor. O si no hubiera permitido que la oscuridad me consumiera por completo (no lo sé por qué en fin todo ya pasó y no soy Dios para cambiar el pasado a como yo quisiera).

Creo que todo fue necesario que sucediera… el instante y el momento fueron perfectos. Si no fuera así tal vez ni me encontraría aquí hablando de temas que ni sé o se me complica entender el sentimiento en ese momento de angustia… pero aquí me tienen, dispuesta a enfocar mi tiempo en esto porque más que nadie no quiero que una persona más pase por este sentimiento sola/o o de alguna manera frenar la oscuridad de su vida.

No digo que soy luz porque podría ser hasta tinieblas en la vida de algunas personas… es difícil explicar, pero solo diré que las palabras fluyen en mí y eso es lo que plasmo aquí.

A mis siete años fue la etapa en la que las aguas se comenzaron a calmar, pero, como dice el dicho: “Aunque las aguas se calmaron, los problemas jamás desaparecieron, y fueron ellos quienes terminaron por consumirme”.

Y es que existían problemas (hasta podría decir muchos), pero me hacía de la vista gorda y huía. Huía a sitios lejanos, donde el silencio reinaba y las ráfagas de viento las opacaban; el campo de plantas e insectos era tus únicos acompañantes. Podía estar horas allí, de no ser porque teníamos que regresar a casa o la noche caía sobre mí.

Recuerdo que ese era mi único lugar de salida ante mis problemas, aunque fuera por unas horas, pero lo era.

Allí respirar era libertad…

Correr por todo ese campo era felicidad…

Allí podía hablar por horas con insectos a los que ni siquiera les importaban mis problemas.

Podía sentarme en el suelo o en las rocas y ver por horas los paisajes, carros y agua que se desbordaba hasta seguir un camino desconocido (muchas veces deseé ser esa agua… huir e ir a donde el destino me deparé).

Definitivamente esos fueron los mejores años de mi vida, quitando mi presente, al que, a mi parecer, jamás renunciaría. Lástima que aquellos paisajes que me encantaban deslumbraran por las mañanas hasta el anochecer, desaparecieron en cuanto sucedió el último acontecimiento que terminó por estallar los problemas en uno solo.

Si soy sincera, aquel día no fue nada comparado a lo que siempre vivíamos en casa, pero agradezco que Dios iluminara la mente de mi madre haciéndonos escapar de ese tormento, de no ser así, hasta ahora viviría esa tortuosa realidad.

Digo último porque lo fue… solamente que a las tinieblas jamás le agrada verte vivir una vida de felicidad o tranquilidad porque en cuanto todo paró, llegó con cosas nuevas haciendo que la depresión me consumiera por completo.

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CAMILA

La brisa de media tarde golpea contra mi cuerpo inerte al frío; mis mejillas y nariz están heladas. Hace un par de horas llegamos toda mi familia y en cuanto lo hicimos corrí a mi lugar donde puedo encontrar paz (mi escondite) que no es tan secreto ya que mi hermana a veces viene aquí.

Al llegar aquí descubrí que el silencio es lo que más me gusta, ya que el sonido de los animales y las plantas moverse por el viento es lo único que permanece en bulla y lo que, por supuesto, permite sonido, de allí absolutamente nada puede hacer ruido.




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