Marrón

Tercero

​"Mamá, si me amas de verdad, por favor nunca olvides lo que me has hecho"

​Madre ha contado tantas cosas de la vida; la narra como si fuera un laberinto sin fin, uno donde las paredes se estrechan cada vez más. Solo aquellos que de verdad conocen la verdadera pobreza de la vida, esa que te cala hasta los huesos, sabrán lo que se siente respirar este aire.

​Este hogar fue habitado por otras personas antes que nosotros. Los dueños originales caminaron por estos mismos pasillos antes de morir.

No suelo creer en el karma, pero esta vez fue satisfactorio. Quizá por eso amo este lugar, porque ahora estoy habitando la misma casa donde el daño permaneció por años, viendo cómo sus fantasmas se desvanecen mientras nosotros, los "inservibles", seguimos aquí.

​Los psicólogos dicen que es mejor enfrentar las cosas para olvidarlas para siempre. Dicen que es una estrategia de vida. Yo creo que es una forma de no volverse loca.

Hace unos años...

​Madre limpiaba esta misma casa, pero en aquel entonces ella era solo la sirvienta. Tenía que lavar la ropa ajena hasta que sus manos se agrietaban, tender camas que no eran suyas, trapear el piso que otros ensuciaban. Su jornada empezaba a las seis de la mañana, pelando papas para el negocio de sus jefes, los dueños de este suelo.

​Pelar ajos. Uno por uno, con el olor penetrando en sus poros hasta las ocho, cuando ellos finalmente se iban. Después, lavar los trastes amontonados, bajar a cocinar a la planta baja, porque todo el esfuerzo se concentraba en la parte media de la casa. Luego de recoger la sala, subía directo a las habitaciones para levantar la ropa que ellos dejaban tirada por el suelo como rastro de su arrogancia. Calzones tirados, manchados de mierda; un recordatorio diario de que, para ellos, ella era una simple sirvienta. Todo por unos cuantos billetes que nunca eran suficientes.

​Pero ese día fue diferente. Uno de los hijos, el del medio, se quedó en casa. Estaba dormido en su habitación, así que Madre decidió no levantarlo, sin imaginar lo que aquel sujeto estaba por hacer.

​Aquel ser humano se levantó como un zorro cazando a su presa. Subió las escaleras exteriores hacia el segundo piso y se quedó allí parado, completamente desnudo, con su miembro masculino colgando al aire sin ninguna pizca de repudia. Llamó a Madre a gritos.

​—¡Por favor! ¡Venga! ¡Señora Hup! —gritaba descabelladamente, mientras jugueteaba con su miembro, frotándolo con descaro.

​Madre apareció poco después, con las manos todavía mojadas por el jabón y el agua de la ropa que estaba lavando. Estaba por dar la vuelta en la esquina de las escaleras negras de metal cuando lo vio. El grito se le escapó de la garganta antes de que pudiera procesar el asco.

​—¡No me diga que no le gusta! —exclamó el tipo, el hijo gordo de los jefes de mi madre—. Venga, venga...

​Madre corrió.

Quiero creer que Madre corrió con todas sus fuerzas.

El sujeto bajó las escaleras para corretearla, como si fuera un animal tras su comida. Justo en el momento en que casi la alcanzaba, el portón principal se abrió de un azote. Era el señor de la casa, el jefe.

​—¡Junior! ¡Ven a ayudar! —gritó el hombre.

​El hijo corrió a su habitación, se puso unos pans y una camiseta en segundos. Fingió que apenas despertaba, frotándose los ojos con una inocencia falsa que me da náuseas. Llegó ante su padre y, antes de que Madre pudiera hablar, él lanzó el primer golpe:

​—La señora Hup no ha hecho de comer, padre —reprochó.

​—¿Esa señora? ¿Qué está haciendo ahora? —preguntó el jefe—. Le bajaré el sueldo. De verdad es una indígena inservible, ¿cómo puede no ajustarse a los horarios?

​El jefe y su hijo le reclamaron a gritos a mi madre después de acomodar sus cosas. Luego se fueron. El hijo se bañó, se quitó el olor a su propia miseria y salió a comer a la calle. El sueldo de mi madre no alcanzaba ni para pagar la renta de aquel cuarto donde teníamos que vivir cinco personas, sin incluir a mi padre y a ella. Siete cuerpos amontonados en la escasez.

​Madre trabajaba más de doce horas diarias. Sufría discriminación no solo por su trabajo, sino por su origen. Madre sufre porque a veces no sabe pronunciar correctamente las palabras en este idioma que los demás hablan con tanta prepotencia. Nadie sabe su pasado, nadie sabe si de verdad quiso tener a todos esos hijos en un pueblo que nadie conoce.

​Madre llegaba cansada.

Madre sufría.

​Aún recuerdo cada detalle de lo que me contó. Mi único sueño era tener una casa linda, y ahora vivo en esta misma casa. Pero ellos ya no están. El mundo les cobró la deuda por habernos hecho tanto daño; se están pudriendo donde siempre debieron estar, mientras yo camino por sus pasillos.

​Limpié a los pájaros como siempre. Esta vez escuché un programa en la radio vieja de la casa. El reloj marcó la una de la tarde. Salí. Caminé hasta llegar a aquel lugar del portón rojo.

​Escuché los ladridos desde el interior.

Me agaché y toqué la puerta de donde provenían los sonidos. Había tomado un trozo de pan antes de salir. Con cuidado, metí el pan por donde asomaba el hocico de uno de los perros, rogando que no me mordieran. Coloqué mis dedos despacio, justo donde ellos comían, sintiendo su calor.

​—Ustedes son como yo... —susurré contra el metal del portón—. Algún día serán libres. No sufrirán hambre ni estarán encerrados en este lugar como si fueran presos. Algún día.



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En el texto hay: mascotas, nostalgia y amor, perdida y dolor

Editado: 09.02.2026

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