Honorine
Parvati y Lux eran muy parecidas a Inez; empecé a verlas así. Ese par sería una conveniente sustitución italiana de mi mejor amiga; ya saben, «amistades de repuesto» creadas en vista de que mi otra mitad rubia apenas contestaba mis mensajes desde que llegué a este jodido internado. Esas dos estaban llenas al tope de esa energía alegre que era molestamente infecciosa y, claro, algo que considero importante en una amistad —más que el gusto por Chanel—: que me mantuvieran convenientemente distraída del contenido de mi propia cabeza.
Supongo que ahora era parte de un trío; me gustara o no.
Yo soy la clase de chica a la cual todos aspiran tener de amiga; disfruto de ser una Paris Hilton wannabe. Sin embargo, si bien ser una figura inalcanzable de aura dosmilera es lo mío, al estar en un internado, acoplarse era más una necesidad que un lujo; muchas palabras para decir que al menos así no termino comiendo sola en la cafetería.
—Ese conjunto me encanta —anuncia Parvati, ajustando sus gafas de aviador; es obvio que su madre trabaja en Vogue.
En las tardes, Parvati venía a pasar el rato mirando viejas repeticiones de La Niñera en la laptop de Lux; era una rutina a la cual me había anexado sin ningún problema, claro, más allá de ver cómo esas dos agotaban mis productos de skincare.
—Es un Moschino original —jugueteo con mi celular, viendo la serie entre parpadeos.
Estaba en mi cama con los pies en la pared, que seguía cómodamente blanca; a mis espaldas, Lux y Parvati experimentaban con algunos de mis artículos. Claro, ellas no tenían el rostro con el aspecto de una galleta de chispas de chocolate.
—Tienes un montón de productos —celebró Lux, aplicándose algún hidratante en el rostro— Cosas caras, cosas obscenamente caras. ¿Está bien que tomemos un poco? ¿De verdad?
—Sí, puedo comprar más. Madonna pensó que era divertido darme acné; tardé un año entero en quitármelo y terminé con una rutina de treinta pasos para, aun así, tener estas manchas.
—Tu piel está... Bien.
Reprimí exitosamente el deseo de lanzarle un cojín a Lux. Su piel es de porcelana, mientras que si yo oso beber un maldito Mountain Dew, me salen unas veinte erupciones antes de terminar el refresco. No dicen nada y lo tomo como una reafirmación de que mi piel es un asco.
Abracé mi almohada, aquella que tiene la cara de Luke Hemmings, contra mi vientre.
Mi celular hace un sonidito y tengo que interrumpir mi sesión de TikToks con renuencia.
Al abrir la notificacion, ¡por la Madonna, estoy sonriendo!
Es una linda foto de las flores que sembré. Aún no lo creo: yo, Honorine, sembré flores.
Yo, Honorine Santorini Silvercrest, sembré flores con... Ivanhoe.
Honorine (5:45 p. m.):
Nuestras flores están creciendo muy bien. Debemos iniciarles un fondo universitario; quiero Oxford, pero me conformo con la Ivy League.
Desde hace unos días texteaba con Ivanhoe. Al principio fueron preguntas intrascendentes sobre por qué no iba a las actividades de jardinería a diario —resulta que el chico siempre está ocupado, no hay club en donde Ivanhoe no esté inscrito—; luego se volvió... una conversación, una muy cómoda.
Ivanhoe (5:46 p. m.):
Lo sé, te dije que no se secarían. ¿Quién tenía razón?... Y yo directamente solo aceptaré que vayan a Harvard o Yale.
Honorine (5:47 p. m.):
Bien, tú; tú tenías razón, tú, Ivanhoe Bennett... No tienes que ser tan molesto. Si nos divorciamos, pediré la custodia completa de las flores.
Ivanhoe (5:48 p. m.):
¿Estamos casados? ¿Porque las flores son nuestros hijos?
Honorine (5:48 p. m.):
No seguiremos casados mucho si insistes en tener razón siempre, Ivanhoe. No te preocupes, tendrás a las flores en Navidad y yo en Año Nuevo.
Ivanhoe (5:48 p. m.):
Tú ni siquiera sabes qué tipo de flores son.
Posdata: son tulipanes.
Honorine (5:49 p. m.):
Alguien quiere el divorcio y ver a los niños solo un día a la semana. Alguien que tiene el nombre de un caballero de la mesa redonda.
Ivanhoe (5:49 p. m.):
Honorine, Ivanhoe no era un caballero de la mesa redonda.
Honorine (5:49 p. m.):
Alguien definitivamente tendrá el divorcio.
Ivanhoe (5:50 p. m.):
Lo siento, Honorine. No me alejes de mis hijos.
Me desenganché con sonoras carcajadas, la vista en mi pantalla y un dolor placentero en mi estómago. Si bien me agradaban Parvati y Lux, Ivanhoe era diferente.