Honorine
El sol entraba directo en mis malditos ojos. Las tontas cortinas rosas hacían poco o nada para evitar que la luz me dejara ciega, y no hablemos del desagradable olor del vómito rancio de Lux asaltando mi nariz apenas despierto.
—Madonna, s'il te plaît, fais-moi le plaisir de me tuer. (Madonna, por favor, hazme el favor de matarme).
Salí de la cama con ese dolor en los músculos, el que dice que pasaste toda la noche girando y no durmiendo, con la cerecita de una fuerte jaqueca con nombre y apellido: Ivanhoe Bennet.
Comprobé que Lux seguía viva; la vi respirar y rápidamente dejó de interesarme.
Todo lo que no eran esas cinco palabras que se habían introducido en mis sueños —que para bien o mal estaban tatuadas en alguna arruga de mi cerebro— no existía.
Esas cinco palabras que se estrellaban una y otra vez contra mis sesos:
«Me casaría con Honorine Santorini».
No quería pensar en nada; no en eso, no en Ivanhoe y claro que no en los Cheetos Flamin' Hot. Antes de notarlo, estaba fuera de mi cama a una hora en la que nunca en mi vida me había levantado, caminando en piloto automático al único lugar donde podía despejarme.
Mi lago... nuestro lago.
El agua estaba tranquila, limpia, reflejando esos tonos grisáceos aperlados de un amanecer incompleto, con nubes esponjosas que yo veía parecidas a ovejitas... «ovejitas».
Agité la cabeza y disfruté de la vista un minuto antes de que, claro, mi estúpida mente volviera a... eso:
«Me casaría con Honorine Santorini».
—¡Contrólate, Nori! —golpeé mi cabeza contra un árbol cercano; tal vez con violencia lo podría expulsar de mi cerebro.
«No... sigue allí»
Yo estaba atrapada en cada cosa: desde la sensación de las teclas bajo mis dedos hasta el olor de los Cheetos Flamin' Hot. Simplemente no dejaba de pensar en todo lo de anoche; no solo por el hecho de que vi el contenido estomacal de mi amiga expuesto, es que ayer fue... ¡NO LO SÉ! Ayer fue algo diferente.
«Me casaría con Honorine Santorini».
Después de esas cinco armoniosas palabras, el universo se puso borroso; ni siquiera recuerdo cómo llegué a mi dormitorio.
«Me casaría con Honorine Santorini».
—¡MERDE! Debo dejar de pensar en eso —me regañé a mí misma; no surtió mucho efecto.
Rasqué mi cara con toda mi fuerza, posiblemente me tiré algunas pestañas. Sentía que el interior de mi cráneo era un cuadro hecho con acuarelas al que le lanzaron una cubeta de agua, dejando solo senderos de color sin forma, revueltos y mezclándose en un feo color marrón.
—¡¿Por qué, Madonna?! ¡¿Cristo?!
No sé por qué sigo insistiendo con esos dos, ya han dejado claro que no les agrado mucho; no parece importarles demasiado que soy doblemente católica.
—¿Quién va después de Dios? —Rasqué mi cabeza intentando encontrar una respuesta— Segunda opción: ¿qué haría Blair Waldorf si su amigo se le declara enfrente de todos? ¡Eso no sirve! No puedo preguntarle a Dolores o a Inez, ellas no están aquí, no están en ningún lado.
—Mamá sabría —suspiré con pesadez. No puedo creer que eso se me ha salido en voz alta— No —murmuré dándome un tirón de pelo.
Lancé mis sandalias fuera con una patada; básicamente hice lo mismo con el chándal, quedando en traje de baño. Salté al agua, hundiéndome un poco en el lago, dejando que ese frío calmara mis músculos que no paraban de quejarse. Abrí los ojos; la visión extraña de estar dentro del agua creó en mí una breve relajación —mucho mejor que la de mis clases de pilates en California—. Casi no quería salir a flote, así que no empecé a nadar inmediatamente; me quedé quieta un instante, flotando en algo muy parecido a la paz.
Si bien mi cuerpo ya no se quejaba, el órgano en el interior del pecho latía igual que el motor del Mustang clásico de mi abuelo.
«Me casaría con Honorine Santorini».
Arranqué volviéndome Gertrude Ederle. No quería recordar nada, no quería sentir nada, solo... nadar.
Cosquilleaba de pies a cabeza por la locura de esa frase, la profundidad; estaban estancadas en mi cabeza, en mi estómago, en mi pecho, en cada parte de mí. Nadé hasta tocar el otro extremo del lago, nadé hasta sentir que me estallan los pulmones, nadé hasta sentir que la vida se me iba en cada respiración.
«Me casaría con Honorine Santorini».
—¡DEJA DE PENSAR EN ESO!
No sé cuánto tiempo estuve en el lago, solo sé que he nadado hasta jadear, hasta que mis piernas no dieron más y mi cabeza martilleó. Lastimosamente, ni así se calmó; estaba girando en duraznos, cuentos de princesas, sensaciones maravillosas, llamadas nocturnas e ideas de matrimonio que se sienten muy grandes para alguien de catorce años.
—Mierda —no sé cuántas veces lo he dicho ya, solo sé que no son suficientes.
Recuerdo sus ojos verdosos en el exterior y con el centro dorado, fijos sobre mí, esperando... ¿Qué estaban esperando?
«No lo sé»
Quería entenderlo y a la vez no; dudaba de todo, de mí, de él, de lo extra, de lo necesario, de lo de adentro, de lo de afuera.
—Honorine, tú no eres una chica de "para siempre" —decidí darme autoterapia— Yo tenía... ¡No! ¡Tengo! Yo tengo novio, yo no quiero estar aquí, somos amigos, no quiero complicaciones ni sentimientos pesados. Sí, eso, solo tengo que decirle que seamos solo amigos. Ser amigos es lo máximo, es bueno... es seguro... Tú... quieres ser una chica buena; las chicas buenas no salen con otros teniendo novio en casa. Además, Ivanhoe no es tu tipo, él es... fan de Harry Potter, ve comedias románticas y es... dulce... tan dulce —lo último se volvió un susurro perdido volando hacia el cielo, que comenzaba a verse un poquito más azul.