Ivanhoe
El día se plateaba en la apacibilidad del mediodía; nuestro entorno de hoy se ilustraba en un tinte que, cada vez que lo presenció, soy colmado de un consuelo supremamente raro en mi vida estudiantil. El paisaje es un lienzo en variables tonos verdes: el césped, los árboles e incluso los tallos de mis "hijos" con Honorine, que diariamente aparentan volverse más coloridos; sin duda, podrán llegar a Harvard.
Ojeé la hora en mi reloj de muñeca. Suspirando audiblemente, era hora del almuerzo y yo... me estaba escondiendo. Déjenme elaborar: desde aquella noche en el ala de música, esa diana fantasmal había crecido, pintada en grande y en un centelleante color rojo. Las flechas que impactaban contra mí eran más que burlas sucias por mi situación económica, si tenía liendres o no, mi olor o mis zapatos viejos; desearía que fuesen sobre esas cosas, pero en realidad eran... sobre ella.
Suministré agua a las sedientas plantas con la corroída regadera metálica, deseando una distracción a todo esto.
Yo no era tan imaginativo como Honorine; a pesar de mi falta de creatividad, era entretenido imaginar que ellas daban réplica al favor con una sonrisa de retribución. Extrañamente, eso me sirvió para apaciguar la torpe aceleración de mi mente, porque posterior a ese «Me casaría con Honorine Santorini», era una necesidad fundamental desviar la mente hacia algo, cualquier cosa, hacía colores verdes o tulipanes; porque, de no hacerlo, pensaba en ese... azul.
—¡Ivanhoe! —Un clamor jubiloso hace palpitar mi pecho.
Siento un peso caer contra mi espalda, con los brazos envolviendo mí cuello. Está de puntillas y debe ser una imagen sumamente graciosa a lo lejos; ella se ríe básicamente montada en mi espalda, soy la tortuga y ella mi colorido caparazón.
—¿Te estabas escondiendo de mí?
—No.
Por alguna razón, me reí.
—Hola, Honorine —sus palabras vienen amparadas por una amplia sonrisa radiante que, en este lugar, es más que inusual; es un gesto que roza lo mítico.
—Buenos días, señorita Santorini.
Estoy seguro de que cuando actúo todo ceremonioso Honorine se impacienta y, de algún modo, la hipótesis resulta atinada, pues corresponde el saludo virando los ojos hasta que únicamente veo su esclerótica.
Bufa, aunque siento que se prensa de mi cuello con más fuerza. Es muy divertido.
Honorine es algo pegajosa; a otros podría parecerles molesto, yo me acostumbré a sus "demostraciones" rápidamente, más rápido de lo que me gustaría conceder.
—¿Te saltaste el almuerzo? Te mandé un millón de mensajes... quería almorzar contigo.
—Lo lamento... Tenía labores del club de jardinería —soy vago y no mencionó que las supuestas tareas son autoimpuestas, por lo cual, técnicamente, no es mentira; no quiero mentirle... no otra vez— ¿Ya almorzaste?
Estaba bastante preocupado de que comiera apropiadamente; engullir Buldak robado y barras de granola solo la conducirá a un intestino obstruido. De niño especulaba que los niños ricos comían caviar y langosta; la chica frente a mí refuta esa fantasía, pues estoy seguro de que podría vivir de sodas y dulces de máquinas expendedoras el resto de su vida.
—Sí, comida humana de verdad, así que deja de mandarme TikToks sobre gente a la que le sale sangre del trasero por comer ramen.
—Eso es bueno; el ramen te podría provocar gastroparesia o algo similar.
—Ivanhoe, no me hables sucio, sabes que adoro cuando recitas la enciclopedia médica. È super sexy, dai! (¡Eso es muy sexy!) —ironiza con un matiz histriónico en la voz. Ella interpreta un ademán juguetón, se abanica con la mano a la vez que sus carcajadas se vuelven más escandalosas; por ende, yo termino riendo igual.
He descubierto que siempre soy fácilmente contagiado por su risa.
—¡Por cierto! Hoy, ¡por la Madonna!, te perdiste a Lux derramando por accidente jugo de naranja encima de Parvati —sus dedos se pliegan en comillas al aire y arranca su acribillamiento verbal con los rumores matutinos —Resulta que Parvati ha estado escribiéndole a Edme en secreto sin decirle a Lux. Sabes que Lux dice que el príncipe Carlos y ella son solo amigos, pero yo no le creo. ¿Tú les crees? Es obvio que entre ellos dos hay algo; la amistad es solo un romance sin los besos... bueno, a veces, no siempre. Y Parvati... ¡por la Madonna!, hay unos cien chicos en esta escuela y tenía que escoger al mejor amigo de Lux. Mi amiga Inez, la de Los Ángeles, te hablé de ella, la rubia; ella solía decirme que eso va contra las reglas de las chicas y estoy en completo acuerdo con ella; es como esa película vieja, Rich and Famous. Parvati no dijo nada, creo que pensó que solo fue un accidente; bueno, espero que Edme valga que le arruinen esos Jil Sander... eran lindos, me compraré unos, pero en otro color...
Hay algo onírico en verla hablar y hablar; sin embargo, esta vez mi mente comenzó a divagar lejos de sus palabras. No quería decirle la verdad —parece que se me está volviendo una dolorosa costumbre— ni sobre lo que dije ese día, ni de los susurros, los insultos y las bromas malintencionadas. El desayuno era simple: caminar del meñique en pasillos vacíos después de verla hundiéndose en el agua grisácea del lago, parlotear de tonterías con avena y muffins de por medio —avena de la primera tanda, ¡la mejor avena del día!—. En el desayuno nadie nos observa; solo somos ella y yo en un plano dimensional diferente y privado.