Marry, Kiss or Kill me?

9

Ivanhoe

El oxígeno desertaba de mis pulmones a un ritmo acelerado; mi diafragma caía y subía, era una montaña rusa

El oxígeno desertaba de mis pulmones a un ritmo acelerado; mi diafragma caía y subía, era una montaña rusa. Las palmas me sudaban, mi cabeza pesaba y aquel músculo rojo en el interior de mi pecho explosionó en un pulso furioso. Llevaba mis manos al cabello y luego al rostro, al cuello, a cualquier atisbo de piel exhibida, pues mi dermis estaba encendida, acalorada por una furia que, por primera vez, no lograba constreñir en mi interior. Mis inhalaciones y exhalaciones rítmicas eran ineficaces para apisonar mis tumultuosos sentimientos en una bolita como siempre; en cambio, mi respiración era víctima de una gran alteración. Estaba resollando al igual que una locomotora desatando un hervidero de vapor; era ardoroso, retumbante e irascible. Un sentimiento borrascoso subyugó mi pecho, oprimiendo cualquier cosa bajo mis costillas.

Me obligué a mirar nuevamente; una parte de mí, precisamente ubicada en algún lugar de mi lóbulo frontal, se negaba a creer que fuera real.

Los tulipanes estaban destruidos. Esas diminutas flores en ciernes estaban pisoteadas, arrancadas, completamente deshechas. La tierra alrededor estaba húmeda y revuelta; tiene un olor intenso, penetrante, símil al amoníaco e increíblemente vetusto. No es agua, no es cola... solo... hay gente que se esfuerza demasiado en ser cruel.

hay gente que se esfuerza demasiado en ser cruel

Inhala. Exhala.

Camino a la caseta del jardín en busca de la manguera; cada paso va acompañado de un estiramiento para amansar mis manos trémulas. No quiero pensar demasiado en esto; es un asunto trivial. «Son flores, son flores», repito a manera de consigna; sin embargo, la opresión no se eclipsa.

Un solo rostro viene a mi mente en este momento.

Ella va a estar destrozada.

Tomo un poco de aire antes de sujetar la boa verde plástica. Se siente... de la manera más tonta e infantil posible, como una pérdida real. El sonido de mi corazón amenaza con hacer estallar mis oídos; aunque no quiero admitirlo, mis ojos se empiezan a humedecer. «Lo que faltaba: el becado llorón», pienso con un sarcasmo que burbujea autodesprecio.

Cuando estoy frente a esos pétalos mutilados, ese lodo de hedor pútrido y el pasto arrancado en el gélido aire matutino, siento algo... algo que hace mucho tiempo no sentía. Estoy enojado y, por primera vez, no importa cuántas veces inhale o exhale, no desaparece.

Sé que es una idiotez, la lógica martillea en mis oídos: «Son flores, son flores»; pero ese desasosiego impetuoso en mi pecho continúa allí, no cede ante ningún argumento lógico. Refriego mis ojos, ahuecando mi propio rostro con mis palmas enteras. Finalmente, repasó cada momento en el que me han fastidiado: las risas, las palabras con marcador, mis objetos rotos, la ropa en el lago... Todo lo que he atenazado en mi interior se torna en flashes que revientan en mi cabeza; las importunas remembranzas subsisten impresas tras mis párpados a manera de un fantasmal negativo.

No logró limpiar el desastre de las flores pisoteadas; conservó la mano firme en la manguera, permitiendo que el chorro de agua se despilfarre, creando un fangal a mis pies. Solo puedo observar los coloridos pétalos, anhelando que regresen a su estado original ante el ímpetu de mi mirada.

—Sabía que estarías aquí.

Unos adelgazados brazos se cierran a mi alrededor por detrás, mientras la esencia del agua del río colma mis pulmones. Es Honorine; de una misteriosa manera, ella siempre sabe cómo encontrarme.

—Hola, esposo —retoza. Su voz es infinitamente suave y, aunque estoy de espaldas, soy completamente capaz de colorear en mi mente su expresión, esa donairosa mueca en que arruga la nariz; siempre lo hace cuando, en broma, me llama «esposo»— ¿Estás alimentando a los niños? Yo fui a nadar. Odio este horario, aún no me acostumbro del todo, sigo despertando a las cinco de la mañana. Lo único bueno es que...

Afloja su abrazo, dejándome a la deriva. Finalmente doy la vuelta, hallando sus ojos verduscos, agrandados, perfeccionando su feliz expresión hay una sonrisa de marfil y aquel pequeño espacio que, supongo, ya no le avergüenza tanto mostrarme.

—¡Mira! Estaban rellenando la máquina y... ¡traje tu favorita! —Desembolsa enérgicamente una Pepsi y un Mountain Dew—Nuestros favoritos —reforma velozmente, dándome una lata de color azul eléctrico—Supongo que lo bueno de no tener a Dolores cerca es que puedo beber soda antes del desayuno; si ella estuviera aquí, diría algo como: «Honorine, deja eso en el refrigerador», con su acento portugués. ¿Por qué en Brasil hablan portugués?

—Honorine —doy conclusión a su «verborrea» antes de que comience; la retengo por los hombros creyendo que ya soy un doctor dando malas noticias a un paciente.

—¿Qué pasa? —Inclina la cara con una curva curiosa en los ojos.




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