Marry, Kiss or Kill me?

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Honorine

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Era viernes.

Viernes por la tarde.

Mi cuerpo ya no resistía este maldito sitio; entre los mensajes sin respuesta y la piel de Edward Cullen, necesitaba recordar que, aun fuera de las líneas territoriales de California, yo era HONORINE SANTORINI. No una chica anémica llorando porque alguien no le contesta los mensajes.

Psss.

La plancha aplanando mi cabello hacía un ruidito de chispoteo que era bastante relajante. Meto un dedo en la Nutella de Lux, aprovechando que ella y Parvati han ido a buscar alguna tontería —probablemente un chico— antes de bajar al pueblo.

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Luxie (4:24 pm):

¿Ya vas a terminar?

Solo puse los ojos en blanco. La puntualidad no es lo mío: o voy bonita o voy a tiempo.

Hoy sería la primera vez que bajaría al pueblo, así que puse un extra de esfuerzo. Llevaba un vestido de palmeritas, algo vintage, de una vieja colección de 2004 que se vería increíble cuando fuéramos a bailar y tomar limoncello. Batallaba con el cierre, estirando uno de mis brazos hacia mi espalda mientras con la otra mano alisaba mi cabello, intentando que no se viera tan alborotado.

—Mierda —gruñí cuando en mi estúpido Spotify comenzó a reproducirse una canción de Drake.

De un brinco fui hacia la silla, girando en ella hasta que quedé frente a mi MacBook amarilla.

Next. Un ritmo melódico me hace sacudir la cabeza; el pitido de una notificación hizo que cambiara de pestaña a mi Instagram. No lo había revisado en un tiempo; sin embargo, cuando leí: «Inez_vlc ha publicado una foto», desplacé la mano por inercia en el trackpad, víctima de ese masoquismo femenino de querer ver a tu mejor amiga divirtiéndose sin ti.

Click.

La imagen estaba llenando la pantalla de mi laptop de esquina a esquina, junto con una canción de Ella Red que creo que no podré volver a escuchar.

—No... —balbuceé, dejando que la plancha de pelo cayera al suelo. Casi me quemo el pie, no me importó.

Yo no podía apartar la vista de la foto.

«Finalmente».

El aire de mi dormitorio se volvió difícil de respirar; la alfombra rosada olía a plástico quemado, generándome náuseas. Mis dedos temblaban. Mi pecho subía y bajaba en un vestido que, repentinamente, estaba muy apretado. La tela quemaba encima de mi piel. Tenía miedo de levantarme de la silla porque sabía que mis piernas no me iban a sostener.

«Finalmente».

—No... no —murmuraba como si fuera un mantra que me pudiera abrazar. Era igual que cuando me sumergía en el lago, pero sin el alivio de la superficie: me estaba ahogando.

Se veía ese sol diurno de California que tanto amaba, en esa hora mágica en la playa donde yo adoraba ir a surfear con Inez. Ahí estaban sus rizos de caramelo, en ese vestido rojo que le presté cuando fuimos a la feria hace unos meses. Era... MI VESTIDO. Unos labios que iban a juego y, enfrente de ella, Darmont con los ojos cerrados, sumergido en un beso; no uno robado, no uno de broma: era un beso real, UN JODIDO BESO REAL. Con las manos en la cintura, la otra enredada en su cabello... tenían esas estúpidas sonrisas que ya conocía.

Esas sonrisas que antes teníamos los tres en selfies y videos.

Las piernas me temblaban y los ojos comenzaron a lagrimearme incontrolablemente. Mis oídos pitaban tanto que pensé que iba a vomitar. Ahí estaba mi mejor amiga besando a MI novio, en MI vestido, en MI playa. Era como si Inez se estuviera probando mi vida para ver si le quedaba bien. Lo peor: le quedaba bien.

Bajo esa imagen estaba esa descripción, esa asquerosa palabra... «Finalmente».

Necesitaba salir. No de la habitación, no de fiesta, sino de mi propia piel.

Cierro la laptop con la tentación de querer arrojarla contra la maldita pared para borrar lo que vi. Mis ojos están tan llenos de lágrimas que no logro ver nada, bajo de la silla desconectando la plancha de pelo de un jalón y comienzo a arrancarme el vestido mientras mi cuerpo se hace un ovillo en el suelo.

Ya no soy yo, no soy Honorine, ya no soy una chica de California.

No sé quién mierda soy.

Lo necesito.

Tomé mi celular, incapaz de dejar de llorar. El sonido de espera es eterno y, a la vez, inquieto, porque solo oigo mi propio moqueo, asfixiándome entre llantos y lloriqueos.

—Hol...

No lo dejo terminar, reventando en un llanto intenso que me impide hablar bien. Extraño mi verborrea; muchas palabras son mejores que ninguna.




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