Ivanhoe
Toc, toc.
Golpeé el cristal con la mano urdida en un puño. Un estremecimiento de exaltada celeridad irrumpía en mi pecho; presentía que el músculo que bombeaba sangre en mi interior iba a romperse por el trabajo a marcha forzada. Mi presión arterial, a ciencia cierta, estaba sobre los 140/90 —o al menos así se sentía—; los latidos afanosos, más que un sonido, eran una sacudida corporal: un sismo que hacía retemblar mis cimientos.
ELLA ESTABA LLORANDO.
Honorine estaba llorando, maldita sea... ¡Estaba llorando! Eso bastó para que, apenas colgué, saltara por mi ventana repitiendo el modus operandi de Edme que tantas veces vi al escabullirse en el dormitorio femenino. Ni siquiera di importancia a la ropa que llevaba puesta; antes de reparar en ello, algo primario me rigió. Corrí por «el jardín secreto» —así lo llamaba ese rubio— que separaba los dormitorios femeninos y masculinos, en pantalones de pijama y sudadera de Harry Potter.
«¡Honorine estaba llorando!» Mi mente coreaba que cualquier cosa, omitiendo ese lamento, era insustancial; en ese segundo ni siquiera podían turbarme los castigos, las reglas, mi estúpido atuendo o los raspones de los arbustos en mis tobillos. Nada del millón de ponderaciones que asolan mi cabeza diariamente sobre mantener una conducta impecable estaba allí; en cambio, divagué por los peores escenarios.
«¿Qué podría haberla hecho llorar?»
TOC, TOC.
Toqué con más impulso en el cristal. Sinceramente, si no veía esas cortinas rosas correrse pronto, destrozaría el vidrio.
—Honorine —alcé un poco la voz, no lo suficiente para que alguien llamara a la coordinadora de dormitorios, solo tan alto que delataba mi urgencia.
Pude ver la sedosa tela rosácea desplazarse, causando mi alivio. Ahí estaba ella, en una gran sudadera beige, con los ojos rojos, tan inflamados que me sorprendía que pudiera siquiera ver. Su maquillaje estaba corrido, forjando senderos líquidos oscurecidos a lo largo de sus mejillas; conservaba la mitad del cabello alisado y la otra hecha una completa catástrofe.
No sabía qué sucedía; difícilmente sería algo bueno si ella se veía así.
Abrió la ventana con temblores torpes, limpiándose la nariz goteante con la manga. En un solo movimiento rápido, entré a su habitación colocando los pies en su escritorio con cuidado de no tirar nada al suelo.
—Viniste —sus palabras, con corta diferencia, eran las de un cuestionamiento; era como si no creyera que yo fuera real.
—Me lo pediste.
Mi frase fue un hechizo penetrante y difuso. Sus brazos se abrieron inmediatamente, cercando mi cuello con algo que era infantil y humano; el abrazo era un torniquete, solo que la hemorragia parecía ser emocional. Su agarre estaba haciéndome tambalear; este abrazo fue presuroso, necesitado y sentimental; no era nada romántico, era... biológico, había una debilidad dolorosa en ese estremecimiento que la acompañaba a cada respiración. Una de mis palmas cubrió su espalda y la otra alcanzó su nuca, acercándola a mí.
—Honorine, cálmate. ¿Qué sucede?
Su rostro encontró una guarida en el hueco que existía entre mi hombro y mi cuello. Una helada y salada humedad estaba contra mi piel: eran sus lágrimas.
—Yo... yo...
Explotaba en llanto, uno excesivamente quebrado, con la columna tornándose más y más débil, dejándome sostenerla hasta que sentía que, si mis brazos no la estrecharán así, terminaría en el suelo. Las lágrimas no cesaban; al contrario, eran cada vez más violentas, un diluvio adolorido que descendía sobre mí.
Construiría los Jardines Colgantes de Babilonia mil veces si con eso ella dejara de llorar.
—¿Qué pasó? —Cada nota de mi voz conservaba la sombra de la aprehensión irradiada en un temblor.
—Todos me mienten —lamentó, enterrada en mi pecho igual que si fuese una niña pequeña a la espera del príncipe azul. Supongo que en este caso soy yo.
Solo conseguí rodear su torso; sentí una a una de sus costillas protuberantes mientras subía una de mis palmas a sus hombros y la otra a su costado, prácticamente levantándola.
«Mentir».
Esa palabra provocó que cada nervio de mi cuerpo ondulara en tensión, cual la cuerda de un violín.
—¿De qué hablas? —No la entendía, solo sabía que ella empapaba mi sudadera con su llanto.
—Ivanhoe... —Esa voz, habitualmente dichosa, se quebrantaba en un hilillo atormentado, causando que mi corazón se encogiera y expandiera al afligido compás; estoy seguro de que así debe de sentirse un infarto—. Inez... estaba besando a Darmont.
Yo no tenía respuestas; distinguía cómo las piernas le temblaban, sus jadeos, su respiración pesada... Ella tenía un corazón roto.
—¿Qué?
—Subieron una foto... juntos, besándose en mi playa. Yo... yo...
Honorine se alejó de mis extremidades protectoras. Cuando la solté, genuinamente, por algunos segundos olvidé cómo respirar. Acabó cayendo en su cama sobre un muñeco de felpa de un caballito de mar, con las rodillas contra el pecho y sollozos ahogados por sus cojines.
—¿Qué es lo malo conmigo?
Tomé asiento a su lado, el colchón sumiéndose bajo nuestro peso compartido. No quería invadir su espacio, aunque sabía que esta situación requería contenerla, así que opté por el punto medio de acariciar su cabeza, revolviendo los arroyos que eran sus mechones azules.