Marry, Kiss or Kill me?

14

Ivanhoe

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—¿Estás jugando? Dime que bromeas —debate, originando un sonido duro contra el pasto al dar un pisotón con esas extravagantes y pesadas sandalias de tacón que, francamente, juzgo incómodas—. ¿No podemos tomar un taxi o algo así?

—No, los taxis no suelen venir aquí y el bus hacia el pueblo sale más tarde.

—¿No podíamos levantarnos más tarde y tomar el autobús?

Con honestidad, sé que es temprano; sin embargo, si yo no me quejo después de haberme visto en la necesidad de soportar la noche en vela con el objetivo de huir del dormitorio de Honorine antes de ser descubiertos, no veo por qué ella tiene derecho al reclamo.

—Solo súbete.

—Este atuendo no es para ir en bicicleta —está lloriqueando, guiando mi vista a su ropa.

Es un vestido corto sin tirantes que, por la textura, evoca más a una toalla que a una prenda real; en la parte superior tiene algún detalle en amarillo con una agujeta del tono de su pelo. Además, lo ha acompañado con un enorme collar metálico con forma de flor, del tipo que dibujaría un niño pequeño. Es colorido, coherente con todo lo que yo creo que es ella: una declaración arcoíris, tan poco práctica como inigualable. Presto más atención a mi suéter de rombos cafés con mis jeans —los que obtuve de alguna barata de Gap, ya desgastados por el uso—volviéndome más consciente de mí mismo; envidiaba eso, la explosión que mostraba al mundo mientras yo era poco, aburrido y plano.

Todo en ella era un desborde de palabras, tonos, texturas… emociones; en cambio, yo personifico la carencia de todo eso.

—Vamos, es solo un viaje en bicicleta —sostenía el vehículo, en el cual a veces hago recados para los profesores, agarrado por el manubrio; es vieja, mas no inútil—. Sé que seguro no es lo que acostumbras, pero…

—No es eso.

—¿Entonces?

Honorine muerde sus mejillas internas, apretando sus labios y calcando el rostro de un pez, un pez refunfuñando; balbucea algo que no logro entender.

—¿Qué?

—Yo no… —su voz muere y es enterrada sin que yo consiga oír lo que ha dicho.

—¿Qué?

J'ai jamais monté sur un vélo, ok?! (¡Nunca he montado en bicicleta, ¿vale?!).

Mi francés sigue sin ser el mejor, pero he captado la idea. Sin pensar demasiado, explosione en risotadas estrepitosas, de aquellas en las cuales el aire se te escapa de los pulmones y, si bien sientes un afilado dolor en la boca del estómago, no eres capaz de parar.

—¿No sabes andar en bicicleta?

—No, no sé, gracias por burlarte —más que ironía, demuestra una conducta infantil a la defensiva.

—Yo voy a pedalear, ¿sabes?

La expresión de Honorine sugiere que la he cogido por sorpresa.

«¿De verdad pensó que yo la haría bajar hasta el pueblo?» Sus labios formando una leve “o” causan que me desarme en risas nuevamente.

—¡Deja de reírte!

—Perdón... perdón —al fin sobrepasó la hilaridad de la situación; bien, al menos lo suficiente para hablar coherentemente—. Honorine, no eres como las demás chicas para nada —ni siquiera yo sé a ciencia exacta a qué me refiero con esa frase, aunque es lo que me ha salido decirle.

—Claro que no, soy exactamente igual —acompaña su razonamiento con un puchero en el rostro, los brazos cruzados a la altura del pecho y zapateando con una impaciencia torpe que encuentro divertida; sospecho que solo quiere llevarme la contraria.

—De acuerdo, reformulo: eres diferente para mí.

Sonríe ligeramente, no sin antes liberar un cálido suspiro —Vámonos, no quiero perder mi sábado aquí.

Asentí sentándome. —Señorita Honorine Santorini Silvercrest... —ofrezco mi mano con modales ceremoniosos, esperando su típica reacción de frustración.

Para mi grata sorpresa, la peli azul me sigue el juego sujetando los bordes de la falda de su vestido y haciendo una elegante reverencia. Nos sonreímos mutuamente, encantados de nuestra broma privada.

—Si me caigo, estaré muy molesta, sir Ivanhoe —da réplica a la vez que toma asiento, estirando su brazo sobre mi hombro para lanzar su bolso a la canastilla.

—Solo agárrate fuerte.

Honorine envuelve mi vientre con sus brazos a manera de un cinturón de seguridad, con el rostro en mi espalda. Antes de permitirle el arrepentimiento, pedaleo, arrancando con fuerza.

Es un viaje vertiginoso; logramos advertir cada uno de los diminutos baches en el camino de entrada de la escuela. Salimos por la reja ante la sorprendida vista del encargado, haciéndolo parecer una fuga al estilo de algún libro de John Knowles. Honorine ríe en cada pequeño salto de la bicicleta. Antes de darnos cuenta, ambos nos perdemos en un paisaje de campos verdes que se extienden hasta dónde llega la vista, separando el internado del mundo real. Pronto entramos en estrechas calles de adoquín donde hay puertas y ventanas de madera; la vibración de las ruedas escala hasta nuestros cuerpos. Ese traqueteo se torna un agradable ruido blanco mientras bajamos por pasajes empinados que se pintan bajo la luz matutina, esa que tiene la tendencia a volver a uno más reflexivo de lo que nos gustaría.

Solo puedo pensar en el sinsentido que es el que estemos juntos y, aun así, creo que este momento se ha grabado en cada uno de mis huesos.

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