Ivanhoe
Un mensaje invadía la pantalla de mi maltrecho iPhone. Los píxeles iluminados en mi display revolvieron mi estómago; cada letra provocó un tenue anhelo nostálgico que, por la sensación, terminé por comparar con el malestar estomacal. Solo que esa garganta seca y el movimiento abrupto hospedado en mis intestinos poco o nada tenían que ver con los huevos con salchichas que Honorine y yo comimos hace unas horas.
Fons 11:35 am:
¿Estás en tu dormitorio? Tengo una duda de la tarea de Biología.
Mi pulgar flotaba arriba del teclado, deliberando exageradamente qué responder. Unos brazos estilizados envolvieron mis hombros, manchando sin querer mi mejilla de un dulce lechoso.
—¿Qué veías?
Introduje mi celular al bolsillo, procurando que no pudiera verlo —Doy tutorías de vez en cuando; alguien me preguntaba sobre las tareas, nada importante —tranquilizando mi conciencia, repensé que no era del todo una falsedad.
—Eres presidente del Modelo de la ONU, estás en el club de debate, jardinería, el Key Club, das tutorías, hablas alemán... ¿Hay algo que no hagas bien? —No sonó a burla; de hecho, era un cumplido genuino.
—Ich bin laktoseintolerant (Soy intolerante a la lactosa) —el acento notablemente amateur que no lograba eliminar la hizo estallar de risa.
Limpié la mancha de gelato en mi barbilla con los dedos. Antes de conseguir eliminar plenamente la golosina, Honorine lo lamió directamente de mi pulgar. La humedad de su lengua bañó mi piel. Pasé saliva con tal fuerza que, inclusive, mis tímpanos trepidaron.
—Genial, ambos son míos.
Sujeté el manubrio de la bicicleta, batallando en mis adentros por no revelar ninguna afectación. Honorine seguía mi caminar, dando una lamida a uno de los conos y luego al otro, dosificando sus cuidados entre un barquillo de bola café y uno blanco. Los sabores se fusionan dentro de su boca en lo que, para mí, era una completa afrenta al legado italiano del gelato.
—¿No estabas también en el club de atletismo? La profesora casi siempre está hablando contigo sobre eso en clase.
—No. Estás confundida; tal vez es porque te saltas Educación Física.
Honorine abultó las mejillas y, a continuación, expelió un soplo lánguido —Lo decía porque te gusta correr.
—Sí, me gusta.
—¿Por qué no te unes al club de atletismo? ¿No me darás un discurso sobre perseguir mis sueños y eso?
Los ligamentos debajo de mi rostro se atiesaron, delineando un ceño fruncido —Los sueños no dan becas y, a la larga, tampoco pagan las cuentas.
Las notas, los clubes, los logros, los números uno... Eso es concreto, definido; lo que realmente importa al escribir una solicitud universitaria.
Honorine andaba con calma comiendo su postre, aparentando que el ambiente no era enredoso entre los dos después de mi declaración.
Sus plataformas creaban un clic divertido al pisar —¿Te gusta el gelato? —conversaba sin molestia alguna, sacándome de mis meditaciones deprimentes—. ¡Ah! Que eres intolerante a la lactosa... Yo amo el gelato.
—Se nota —desternillé, señalando sus manos llenas.
—Viví en Milán un tiempo cuando mi mamá y mi hermana, ya sabes... —su lucha por decir «murieron» era obvia—. Mi padre, Leonardo, no era muy bueno conmigo después de eso, así que me mandaron con mis abuelos.
De un solo salto escaló a una barda, dando un paso infantil y elegante en la piedra serena. Inmediatamente fui inmolado por un ardiente rubor al notar que, con un meneo del cuello, tenía una vista inigualable de sus piernas.
—Vivir con ellos fue toda una experiencia; mi abuela odia vivir en Italia y mi abuelo odia vivir en México. Gran problema, porque el señor Santorini es italiano a mucha honra y la señora Santorini es mexicana; entonces brincaban cada seis meses entre Ciudad de México y Milán. Pasé dos años de mi vida entre Europa y América; a veces era complicado.
De alguna manera, sentía que aquel arreglo tenía cierto romanticismo.
—Suena interesante.
—Lo que más me gustaba era cuando mi abuelo me llevaba a sus juntas de negocios y me compraba siempre gelato. Creo que era lo único bueno de esa época; él siempre decía que probara un sabor nuevo... De niña, de verdad pensaba que algún día podría probar todos los sabores.
—Un día probarás todos los sabores, estoy seguro —bufó ella, exhalando por la nariz; estaba seguro de que lo volvería su nueva meta—. ¿Dónde te gustaba más estar?
—En ningún lado —esa honestidad era... dolorosa— Después mi abuela se enfermó; nada grave, solo necesitaban enfocarse en ellos. Viví una época con mi tía Fleur, la hermana de mi madre. Mis abuelos la odian, creo que ya te he hablado de ella —lanzó una risilla afable—Ama la ropa, las películas viejas, hablar mucho y... el maquillaje.
—Ya veo de dónde sacaste tu personalidad —jugueteé, atendiendo los escaparates; en algunos ya se vislumbraban árboles de Navidad a medio decorar.