Honorine
—¡Baja! —gruñía Ivanhoe, tomándome de la mano —¡Dame el teléfono!
—¡No! —Lo alejé con mis brazos en alto. Di un giro digno de Simone Biles o, mínimo, de alguien sobrio; estaba de puntitas en el borde de la fuente, alejando el celular de Ivanhoe—. Solo quiero mandar un mensaje. ¿No crees que Inez y Darmont necesitan que los mande a la...?
¡Merde!
El pie se me resbala del borde que, voy a decir, ya estaba baboso; voy a demandar a los propietarios de: fuentes italianas S.A de C.V.
—¡Ten cuidado!
Un brazo cruza por debajo de una de mis piernas del modo más incómodo posible; tengo el vientre en su hombro, sus palmas abrazándome los muslos. No es justo que me haga sentir así, como una princesa, aunque rápido reí al pensar que Ivanhoe era más Cenicienta que yo.
—¡Qué caballero! —Moví los brazos en el aire, no podía dejar de estallar de risa.
—Eres pesada.
—¡Mentira! —Soy una suave gelatina en sus brazos.
—Sí lo eres.
—No es cierto. —No sé qué es tan gracioso, pero me estoy muriendo de la risa— Eres divertido.
—Todo es divertido si estás ebria.
Ivanhoe se las arregla para alzarme con una mano en mi espalda y otra en mis piernas; lleva la bici también y espero que mis zapatos, porque si no los tiene, ni idea de dónde están mis Rene Caovilla originales.
Eructé sin timidez. Si mi abuela estuviera aquí, bueno, recibiría un poco de «educación católica» con el cinturón. Limpie mi boca, solo para decir: —El piso se mueve.
—El piso no se mueve, estás borracha —se le está agotando la paciencia, lo noto en sus resoplidos.
Con delicadeza me pone en el suelo. Ivanhoe acaricia mis mejillas con sus pulgares, despegándome el cabello de la cara. Me gusta; él siempre es así... una cobija calientita en invierno.
—Falta una hora para el toque de queda.
Se agacha para ponerme las plataformas.
«¡Ahí estaban!». Punto para el chico de gafas.
Nota que tirito; en un movimiento, se quitó su suéter ofreciéndolo. Mis dedos no sé si están entumecidos porque la prenda se resbala en mi intento de ponérmela; tengo el jersey al revés, atorado en el pelo.
—Ayuda, no puedo sacar mis manos.
Ivanhoe suspira; si bien está impaciente, lo arregla con mucha delicadeza. Un príncipe de Disney no sería tan bueno.
Otro punto para el chico de gafas.
—Serás un esposo maravillo... —por el amor de la madonna, no puedo ni terminar la frase.
—Ya no hablemos de eso, tenemos que pensar cómo regresar.
—No te preocupes.
Quise aliviarlo un poco canturreando algo de One Direction. No lo logré porque su mueca de enojo seguía allí; me tiré al borde de la fuente de nuevo, cantando esta vez algo en italiano.
—Tú puedes darte el lujo de tener castigos o deméritos; yo no.
Él acercó su cuerpo quedando sobre mí, en la misma pose de Spider-Man. Era guapo incluso de cabeza, igual que Dustin Hoffman en El Graduado. Terminé estirando las manos; un clap fuerte contra su piel y él retrocedió mientras yo reía.
—Le cœur n'a pas de conséquences (El corazón no entiende de consecuencias).
—¿Qué significa eso?
—Es algo que mi madre solía decir.
—Honorine... —Quito mis dedos de su cara, colocándolas en mi pecho —. De verdad debemos pensar cómo volver, el último bus ya pasó.
Deje caer la mano; esta entra al agua fría. Con la vista al cielo, comienzo a moverla sin mucha atención hasta que tome un par de monedas. Eso llamó la atención de mi chico de los duraznos.
—Deseo que Ivanhoe y yo lleguemos a tiempo —arrojé uno de los euros que saqué, o quizá es una vieja lira; no estoy segura de nada en este momento.
—Tiene que ser una moneda tuya.
—No tengo monedas, solo una American Express. ¿La lanzo?
—Qué presumida —sentí felicidad por verlo molesto; es tan lindo con esa cara de enojado—. ¿Y la otra moneda?
—Esta —mantuve el circulito metálico en alto. Quería verlo bien, mas no lo lograba ni aunque entrecerrara los ojos. —Deseo que nadie más me vuelva a mentir.
La palma fría de Ivanhoe cae en mi rodilla. La está apretando... con algo de fuerza —¿Sigues pensando en lo de Inez y Darmont? Sé que es reciente, solo creo que no vale la pena...
—¡No es solo eso! Es que ya te dije que todos me mienten. Puedo soportar todo, pero las mentiras... Las mentiras no son errores, son decisiones; son cosas que dices con toda la intención.
—¿Eres tan firme con las mentiras?
Iba a darle, ya saben, un poco de mi «verborrea», solo que al observarlo, veo que ese chico tiene la vista firme al frente.
Yo, en cambio, lo veo a él.
La noche es bonita, con un montón de estrellas, más de las que se verían en California, en Boston o en cualquiera de los elegantes sitios donde he vivido.
—Si me mientes, ¿cómo podría creerte después?
—¿De verdad crees que sería un buen esposo?
Ese cambio en la conversación no fue muy elegante, levante la ceja algo sospechosa, decidí continuar hablando: —Sí lo serías. Eres básicamente un tipo de comedia romántica —de verdad estar ebria te hace más honesta y estúpida.
—Eso no basta.