Honorine
—¡Ya tengo su pierna! —grita Lux.
Su cabello rubio desordenado se le pega a la cara por el sudor; intenta arrastrarme al dormitorio sin tirar todo lo que hay en el escritorio. Por las hojas y marcadores en el suelo, es obvio que está fallando.
—¡Luxie! —comienzo a darle besitos por toda la cara, es tan suavecita—. J'aime trop ma copine, tu sais! (¡Amo tanto a mi amiga, sabes!).
Ivanhoe me sostiene en sus brazos sujetándome de una forma ridícula; sigue tratando de que encaje en la ventana como un cuadrito de Tetris.
Lux meneaba los brazos hasta que logró sujetar mis muñecas para evitar mis cariños —Nori, no es tiempo de esto.
—Ella te cargó ebria la última vez, así que se lo debes —murmura Parvati que, por cualquier razón, también está en nuestra habitación. A diferencia de los demás, hace poco o nada, limitándose a sostener mi bolso y mis zapatos.
—Chicas, se me cansan los brazos.
El tono de voz tan profundo provoca que mi atención regrese a donde debería estar siempre: en el chico que me sostiene. Uno de mis brazos recorría su espalda con la palma en su hombro; quité la otra mano del marco de la ventana y la dejé justo en su pulso. Su piel no era del todo tersa, tenía vellos de lo que algún día sería una barba.
—Honorine, solo entra, por favor...
Con los dedos capturé su barbilla, moviendo su perfil a mi voluntad.
Era guapo, de esa forma extraña que tienen los chicos intelectuales de ser guapos.
—¿Satisfecha?
—No... nunca —sonrío apenas un poquito. Esa bonita imagen se detuvo pronto porque estaba forcejeando conmigo de nuevo —. Ivanhoe... me gustan tus ojos.
Deslicé mi trasero en el escritorio. Estoy sujetando sus hombros, si no, ya me hubiera caído en ese matorral feo que está debajo de mí. Él, en cambio, agarra mi pierna y la dobla igual que ropa en una maleta para que al fin entré por la ventana.
Merde, tuve la vuelta de Magic Mountain en mi estómago.
Aprovecharon que yo estaba más tranquila para arrojarme al dormitorio; aún no me separaba de Ivanhoe del todo. Merde...
Vomité fuera de la ventana de mi habitación y, bueno, en el pecho de Ivanhoe.
Lección aprendida: nunca volver a beber.
¿Por qué el sol brilla tanto?
Retorcí mi cuerpo en la cama chocando con un mar de extremidades; vivo el sueño de Gunter Sachs. La mano de Parvati estaba en mi abdomen, los rizos negros me hacían cosquillitas en la nariz; las piernas de Lux están entrelazadas conmigo, todas apiladas en la pequeña cama individual.
Alcé mis mantas. Por la Madonna... ¿shorts de perritos? Definitivamente no eran míos, pero la playera de «If found return to: Luke Hemmings», esa sí es mía.
—¿Te sientes bien?
—No —restregué mis ojos. Quedó suciedad de rímel en mis dedos; asqueroso— ¿Por qué la gente bebe? Siento el cerebro hecho malteada.
—No solo el cerebro, también el estómago. Vomitaste afuera de la ventana... encima de Ivanhoe... y en mis pies.
—Merde... ¿de verdad? —Me cubrí la cara con las manos moviéndolas de arriba a abajo violentamente— Oh là là, la honte, je suis trop débile! (¡Oh, qué vergüenza, soy una tonta!).
—Tu vestido terminó en el cesto; ninguna iba a tocarlo con pedazos de... —Ella hizo cara de asco—. ¿Camarón?
—No recuerdo qué comí ayer.
—No te preocupes, creo. Todas hemos pasado por eso —lo dijo con diversión, demasiado alegre para alguien que vomitó Cheetos Flamin' Hot por toda la sala de música— Somos niños en un internado, empezamos a beber en cuanto podemos. Recuerdo mi primera borrachera: bebí vino de caja que alguien consiguió sobornando a un ayudante de la cafetería. Vomité en la fuente, ¡hubieras visto a la coordinadora de dormitorios, estaba roja, roja! Me castigaron un mes. Mi mamá me gritó; luego mi papá me llamó para contarme cuando mi mamá se emborrachó en el internado cuando ellos eran jóvenes. Fue tan divertido... Yo estaba con... Edme.
No tengo ganas de preguntar; he perdido mucho del hilo de Parvati-Lux-Edme.
—Habla por ti, yo nunca voy a volver a beber —acomodé mi cabeza en el puño, girando hacia Lux—. ¿En qué parte terminamos haciendo pijamada?
—Nos daba miedo que te ahogaras con tu propio vómito.
—¿Por eso estamos jugando a Laura y Mary Ingalls? —Dejo salir una tos rara, de esas de risa reprimida— Por cierto, ¿dónde está mi teléfono?
Señala el bolso de lentejuelas que está en el buró, detrás de nosotras.
Quiero llamar a Ivanhoe, ofrecerle... una nueva camisa.
Estiré el brazo encima de Parvati; ojalá no se despierte. Revuelvo las cosas en mi bolso —me cuesta mucho trabajo— hasta que encuentro mi iPhone naranja.
Mi vista va de inmediato a los nuevos mensajes por un globito de notificación que demanda mi atención.
Un mensaje sin abrir de Inez.
Merde... ¡MERDE!
Entre todo lo que pasó, olvidé bloquearla. Me odié, me odié mucho porque... quería saber qué tenía que decirme. Recordaba las tardes de surf, las fiestas, los días de compras, broncearnos juntas... Digo...¿Cómo aprendes a odiar a tu mejor amiga?