Honorine
—Despierta —Ivanhoe sopló en mi oído despacito.
Estaba básicamente derritiéndome en el asiento del aburrimiento por la clase de alemán, hasta su "intervención" ; entonces terminé rascándome, igual al beagle de mi abuela, cosa que solo le dio risa a «lentecitos».
Tironeé un poco de su manga: —Con ese suéter, no te deberías burlar de nadie; solo el abrigo seguro pesa unos diez kilos.
Suspiré; no recordaba cuánto tiempo llevaba aquí. En un parpadeo estaríamos en vacaciones de invierno; ese era mi único consuelo, eso y el timbre vibrando.
—Cada semana somos los últimos porque tardas demasiado en recoger tus cosas —se quejó sin auténtica molestia en su voz, colocando las cosas dentro de la mochila. Yo lo dejé hacerlo, más interesada en estar acariciando su cabello.
Le había crecido mucho, ahora tenía un peinado moderno que YO elegí. Casi estaba enojada conmigo misma: se veía guapísimo.
—¿Alex te ha contestado?
Aparté los dedos de sus mechones, rascando el cuero cabelludo bajo mi feo gorro de invierno; las raíces picaban un montón.
—No, nada de nada.
Contra mi orgullo lo admito, puse demasiado en ese trozo de papel... Merde, hice el esfuerzo de conseguir una tonta estampilla, incluso de ir al correo, ¡al real!, ¡con carteros reales! Tengo una foto con uno para probarlo.
—Probablemente... Alex necesita tiempo.
—O la carta se perdió; está en el mar junto con el pedido de internet de alguien traído de China, ya sabes, una muñeca inflable o una playera con una imagen graciosa maquilada por niños.
—Siempre tan dramática —apretujaba una risa entre sus dientes blancos.
—No hablemos más de eso... mejor, ¿me ayudas a estudiar en un rato? No quiero reprobar la prueba de alemán; necesito aprobar todo, no necesito que me castiguen. Moriré si no como pizza con Daisy viendo el desfile de Navidad.
—¿La pizza es un alimento navideño?
—Seguro más que el pavo.
—Claro —tan caballeroso, alcanzó mi mano ayudándome a levantarme con extrema delicadeza. —¿Estás emocionada?
Lo estaba, merde... ¡más que emocionada! Iba a orinarme de solo pensar en volver a estar en horas del Pacífico.
Extrañaba a Dolores y a Daisy; no solíamos celebrar más allá de pedir comida china a domicilio, mirando alguna horrible película navideña, casi siempre Scrooged. Aunque lo que más me emocionaba era ir a un estilista.
—Algo —contuve la emoción, no quería dejar de ser cool frente a Ivanhoe—. No suelo hacer mucho en Navidad; eso no me importa, es que... extraño muchísimo a Dolores y a Daisy. Ya quiero ver qué regalos pidió este año; solemos tener un árbol lleno, casi todo es para ella. Me deja ayudarla a abrir sus regalos, es muy consentida.
—¿Igual que tú?
—¡Ja, ja! —actué una risa dándole un golpecito con el hombro; estos días él había tenido un pequeño estirón, entonces le di en el bíceps—. No soy consentida.
—¿No tienes un yate?
—Okey, okey, soy consentida —llené mis mejillas de aire, irritada de darle la razón—. ¿Y tú? ¿Volverás con la señora Bennet?
Alzó la ceja, estaba confundido por la pregunta, creo:
—Nunca vuelvo a casa en vacaciones, siempre paso las fiestas en el internado; te lo dije.
No recordaba que lo hubiera hecho; si lo hizo, fue tan ridículo que seguro lo descarté.
¡Era Navidad! ¿Quién no regresa a casa en Navidad? Hasta el Grinch visita a sus madres las swingers.
—¿En serio?
—Es divertido, hay otros que se quedan. El chef nos deja comer lo que queramos de la despensa, incluso Froot Loops.
—Ivanhoe...
—Honorine —tuvo un leve matiz de «no es tan importante».
—Ivanhoe —recalqué, siendo un poquito insistente.
—No te sientas mal, son solo unos días, no es tan importante —tomé nota de la manera en que encogía los hombros. Ya lo conocía muy bien; esa es su forma de frenar los ataques de «dramatismo adolescente», un «Honorine, deja esto por la paz».
No soy un elfo feliz ni nada parecido, únicamente opino que nadie debería pasar la Navidad solo. Gracias, película de los Muppets de Navidad, ahora tengo expectativas falsas sobre la unión familiar.
Sabía que, aunque me ofreciera a pagar los vuelos o lo invitara a mi casa, él era muy orgulloso para aceptar. Ojalá Ivanhoe fuese un poco más interesado, pero si lo fuera no sería mi Ivanhoe; acepté con un poquito de frustración.
—Solo iba a decir que eso me da mucha envidia, robaría todo el queso parmesano —rodeé su brazo con el mío, caminando con pasitos de niños de kínder—. Quiero unos Froot Loops ahora mismo.
—Si le ruego al chef, quizá nos dé algunos a la hora del almuerzo.
—Merde... está helando —incrusté mi cuerpo en su abrazo, soy un parásito del calor e Ivanhoe era muy, muy calientito—. ¡¿Por qué Italia es tan malditamente fría?!
—Me gusta el frío, es mejor que sudar.
—Eres un raro —yo carcajeaba mientras él seguía caminando con la vista al frente, su mano firme frotando la tela de mi chamarra morada.
Alcé un poco la vista, aprovechando la diferencia de altura para que su barbilla cubriera mi curiosidad.
Ivanhoe no sabe que lo miro cuando no me ve. Y eso me hace querer quedarme junto a él.