Marry, Kiss or Kill me?

19

Ivanhoe

El entorno general de la escuela reposaba embebido por la sensación de anticipación navideña

El entorno general de la escuela reposaba embebido por la sensación de anticipación navideña. La mayoría de los alumnos, apenas aceptaron sus calificaciones, emigraron en montones hacia la salida con maletas a medio hacer, henchidos de deseos de regresar a la civilización fuera de estas paredes de piedra, así que ; St. John Freinademetz era un lugar medianamente vacío durante estas navidades.

Yo —por primera vez— no estaba deprimido por la terrible soledad; egoístamente, era feliz porque esta ocasión tendría a alguien a mi lado.

—No duermas en mi cama porque lo sabré —acusó Edme, embutiendo desordenadamente algunas camisetas en su maleta. Según Honorine, él y Lux viajarían juntos; lo hacían cada año, iban de Inglaterra a España pasando las fechas con sus padres.

Mi hipótesis es que esa era la razón del rostro tan cansado de Edme.

—Nunca lo hago.

Edme permanecía menos comunicativo estos días, lo cual era... inusual. Este chico existía con el objetivo de dar oídos y repetir cada rumor del internado; en este momento al contrario, parecía morderse la lengua cada vez que me miraba. Nunca fuimos amigos propiamente dichos; sin embargo, últimamente su mirada ostentaba un aire adusto y de cierto secretismo.

—Hablé con Daiki, está celoso. Pensó que quizá Honorine volvería a California en vacaciones y podrían verse porque él va a viajar allí, ya sabes, una cosa de navidad... él te odia muchísimo.

¡Ah! Daiki.

Francamente lo había olvidado.

Era ese chico de las máquinas expendedoras que, por alguna razón, continuamente flotaba en torno a Honorine con un aire deseoso bastante incómodo.

No me agradaba. Era...IRRITANTE.

Dichosamente, me consolaba que Honorine nunca le prestaba atención más allá de un monosílabo incómodo; aun así, al recordar que a él le gustaba Honorine, experimentaba en el estómago un nudo castigador similar a la sacudida intestinal de beber leche que no fuera deslactosada.

—Qué mal por él... supongo —hablé sin ánimos porque, sinceramente, ¿por qué me importarían los sentimientos de ese tipo?

Edme se sentó sobre la valija, pidiéndome con un cabeceo que lo ayudara a cerrarla. Al acercarme, sus ojos verdosos buscaban algo por mi cara.

—¿Qué sucede?

—¿Puedo darte un consejo sincero?

Raro.

Retrocedí con curiosidad genuina, igual que un gato viendo un insecto volar frente a él.

—Creo.

—No soy mucho de meterme en problemas de otros —casi quise reír porque, como ya dije, este rubio es básicamente Regina George—. Quizá me estoy pasando de la raya, pero siento que somos tipo amigos últimamente.

—Bien —caí sobre mi cama sin dejar de verlo, con una sonrisa ladeada ante esta situación tan fuera del status quo.

—Hermano... no te enamores de tu mejor amiga.

Abrí la boca sin emitir un sonido.

Luego otra vez.

Era un pez arrojado a la costa, jadeando por la falta de oxígeno.

No entendía de dónde venía esto.

¿Él hablaba de Honorine? Espera... ¿hablaba de Honorine y de mí?

—No te entiendo —emergió junto con una risa chocante desde el fondo de mi garganta—. Honorine y yo somos solo amigos, mejores amigos por siempre.

Edme forjó un gesto anormal. Sus ojos verdes tocaron un extremo de su esclerótica; de inmediato giraron al centro. Arriba, las cejas eran una curva que hablaba por sí misma; casi oí a ese vello decir «voy a fingir que te creó» a gritos.

—Es como una hermana para mí —insistí, sintiéndome patético por tener que defender mi amistad. Mi estómago se revolvía extrañamente con algo que revoloteaba en su interior.

—Los hermanos no se miran así. Todos nos damos cuenta, quizá solo ustedes no.

—¿Qué estás diciendo?

—Que los ojos nunca mienten. —Sus dedos índice y medio abiertos apuntaron al centro de su rostro, luego al mío.

Fue una flecha; similar a ese encaje de las palabras groseras o las burlas, solo que esta vez la diana era el centro de mi pecho, resultando mucho más doloroso. No podía ocultarme, no lograba encogerme para fingir que las palabras no impactaban sobre mí.

—Estás terriblemente confundido —recogí toda la solidez en mi ser y no fue suficiente pues, al final, el temblor, el maldito temblor en mi voz, fue imposible de suprimir.

—Solo es un consejo que puedes tomar o no —agarró su equipaje partiendo mientras mi mundo era un poco más caótico que hace diez minutos—. Nada bueno sale de enamorarse de tu mejor amigo... créeme.

No me atreví a decir nada; sabía que se refería a una cabellera rubia de mejillas rosadas que viajaría con él estas vacaciones.

Repetí en mi mente: «Eso no es así» más veces de las que hubiera querido.

—Feliz Navidad, Edme —farfullé, di por finalizado el tema deseando que se hubiera guardado sus palabras en el fondo de su ser.

—Feliz Navidad, Ivanhoe —se despidió, dejándome en una habitación vacía que, paradójicamente, se sentía llena de algo...

Algo...

Algo...

Algo




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