Marry, Kiss or Kill me?

20

Ivanhoe

Había un deteriorado calendario de Adviento en la sala de descanso

Había un deteriorado calendario de Adviento en la sala de descanso. Alguno de los pocos "abandonados"así Honorine aludía a los que nos quedamos en el internado en vacaciones— tuvo la gentileza de agujerear el compartimiento del día veinticuatro; no obstante, claro, la sorpresa estaba ausente. Posteriormente a aquel fiasco, nos dirigimos a mi habitación. La coordinadora Yeon estaba desaparecida, por lo cual no hacía falta ir a hurtadillas; acto seguido de mirar algunas películas en la laptop, claudicamos al tedio navideño.

—¿Podemos pedir comida?

Estoy apoltronado en el pequeño espacio que tiene lugar entre sus piernas, si bien desde hace un largo rato ella las ha enredado en mi cadera; mi espalda está recargada contra su pecho, conteniéndola entre mi cuerpo y el cabecero, hechos un nudo sobre la cama individual. Hacía mucho tiempo me había habituado a lo afectiva que llegaba a ser; de hecho, su contacto físico se tornó en algo reconfortante.

—¿Quién nos traería comida a un internado en la cima de una montaña?

—No lo sé —no le simpatizó mi ironía, ya que en sus labios se imprimió la curva rosada de un puchero.

Un rayo de sol se filtraba por la separación de las cortinas, permitiendo advertir un resplandor naranja mientras en la pantalla corría Historia de una monja. No nos gustaba mucho la idea de ver películas navideñas, igual que perdedores nostálgicos, así que zanjamos el tema con la resolución de ver todas las películas de Harry Potter interpoladas con un filme de Audrey Hepburn. No era el maratón cinéfilo más ortodoxo, pero, después de Sabrina y El cáliz de fuego, ya no me quedaban verdaderos argumentos en contra.

—Estoy aburrida —clamó, soltándome tras agitarme los hombros. Mi piel notó la separación de su calidez inmediatamente.

Se movió de un rebote impulsivo fuera de la cama; su cuerpo poco ágil se tambaleó levemente antes de asentar ambos pies en el suelo. Dejó salir su lengüita rosa; carcajeé ante la mueca infantil, e inclusive la copié. Honorine intentó acomodarse ese extravagante top tejido que permitía vislumbrar sus clavículas y vientre; era una prenda que, en definitiva, me hacía más consciente de ella. Recobré el hálito al momento que cerró la cremallera de la capucha.

Aparté la mirada —Lo sé.

—Entonces hagamos algo divertido —ejecutó algunos saltitos imitando a un niño descontento.

—¿Cómo qué?

—No lo sé, piénsalo tú —no solicitó, demandó, componiendo el tonto gorro que utilizaba con el objetivo de ocultar sus raíces.

Cerré los ojos, dejando caer la cabeza en la almohada.

—¡Oye! No te duermas.

—Estoy pensando qué hacer.

No sé si eso la apaciguó; por unos minutos dimitió a sus intenciones de fastidiarme, aunque su presencia habitaba allí, demasiado abrumadora —en el mejor de los sentidos—, seguida del aroma de su perfume cítrico y azucarado.

La sentía andando por mi lado de la habitación con llaneza, tocando mis Legos, mis libros... Era familiar. Con Fontine tenía el impulso imperecedero de contener cosas que me gustaban por miedo a que las juzgara como algo de pobre; en cambio, Honorine tentaba cada objeto con cortesía sacra y algo muy próximo a la curiosidad infantil.

«No las debo comparar», conservé el recato de recordarme a mí mismo. A este punto era un objetivo inalcanzable; además, en esa cruzada imaginaria, Honorine casi siempre vencía.

Súbitamente, de mi anticuada grabadora —la que aún reproducía CD— salió un sonido: era "No Control" de One Direction.

Abrí los párpados de golpe, incorporándome en una sola flexión para hallar su bella imagen en un mohín travieso.

—Quita eso.

Únicamente obtuve una risotada burlona—. Es tu culpa por tener algo tan vergonzoso por ahí. ¡Por la Madonna!, ¡¿en serio?! ¡Todos los discos de One Direction!

—Pensé que habíamos superado esto. Me gusta One Direction, ¿y qué?

No paró la canción; de hecho, aumentó el volumen al máximo.

—Vas a conseguir que alguien nos acuse.

—¿Con quién? Estamos básicamente solos —desestimó mis protestas, empezando a aplaudir al ritmo de la música, moviendo sus pies desnudos a la vez que canturreaba la canción con torpeza.

—Yo te bailé una de sus canciones y te burlaste de mí por semanas.

—Sí, pero yo sí soy genial —revoloteaba dando saltos.

Tenía una sonrisa hermosísima; aún no entiendo por qué no le gusta.

Alcanzó mi mano, jalando de mi muñeca, incluso utilizándola de micrófono y entonando el estribillo con exageración.

En el momento que se escuchaba la voz de Harry, empleó toda su fuerza para sacarme de la cama. Reproduje sus mismos movimientos, tarareando con ella. Reuní todo mi coraje, la tomé del antebrazo haciéndola girar y contonearse, solo para luego regresarla a mi pecho; con la mano en su cintura, la hice caer en un movimiento que parodiaba al tango de la forma más burda posible.

No era un baile sensual para nada; aun así, era... íntimo. Parecía que el mundo fuera tan pequeño como las cuatro paredes de mi dormitorio, rotando para nosotros dos.

La tumbé en la cama de Edme sin importarme demasiado su advertencia. Llevé mis manos temblorosas desde debajo de ella a sus costillas, empleando una para estabilizarme e instalándola junto a su cabeza.




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