Marry, Kiss or Kill me?

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Ivanhoe

Dormir en el lago fue

Dormir en el lago fue... un acontecimiento impar, en el sentido de la palabra más particular e incómodo. Toda esa noche perduré en liviana vigilia, palpando sus delgados dedos, espirando el perfume pulcro y de nota mentolada de su cabello —bueno, el que se escapaba de la sudadera—, puramente concediéndome la delectación de apreciar su existencia, gozando toda la coincidencia de estar juntos.

Mis dedos se extraviaron a lo largo de los mechones ligeramente pajosos; no soy experto en el cabello de las chicas, más me siento en capacidad de decir que me cautivó que no fuese completamente liso o suave; era diferente, lindo, mostraba carácter, tintado de ese azul que en mi mente sería poseído por ella eternamente.

De solo rememorar, el corazón me aleteaba con apresuramiento inesperado; estaba asaltado por la emoción de que esa Navidad fue algo clandestino, de naturaleza furtiva, repleta de conectada ternura. Era un incidente en demasía profundo para ser compartido por un par de adolescentes que imaginaban que el amor era una calca de las letras de boy bands del 2010. Posteriormente a un rato de no quitar ojo sobre su endeble respiración, en cierto momento de la noche me otorgué el diminuto indulto de delirar que esta era una realidad sólida: que no teníamos quince y catorce, que éramos un matrimonio a mediados de los cuarenta (pues me parece una edad elegante), despertando diariamente juntos, entonados en la ideal costumbre del otro que no era rutinaria, era devotamente cómoda.

Lo acepto, me permití imaginar demasiado.

Si debo dar una explicación, diría que: me enseñaron a no pedir, a no molestar, a no necesitar; pero ella me hace querer todo. Era un talento de Honorine: ella no camina, ella irrumpe. Aun así, cuando se sienta a mi lado, el mundo parece más quieto. Yo anhelaba esa quietud.

Por la Madonna —Honorine me lo ha pegado—, no debería pensar en esto.

«¡Honorine era mi amiga, no una novia; eso no pasará!»

Estos sentimientos tórridos y ácidos eran sinuosos... seguían ahí.

Los reprimí, pero no funcionaba igual.

La contención, en una síntesis metafórica, era lava resbalando por mi garganta encaminándose a mi pecho, siendo bombeada a cada órgano dentro de mí, asediando mi cuerpo con ardoroso escozor, salvaguardándome en el estado de víctima de un mariposeo impreciso, bizarro y un tanto lioso en la base del estómago.

En estos días, tras nuestra Navidad tan excepcional, ese estremecimiento solo se acrecentó con gigantescas progresiones. Toda nuestra "amistad" era un tema con límite indefinido en estos momentos; los jugueteos castos finalizaban con cosquillas, manos en el muslo, jadeos y suspiros. Existíamos dentro de los débiles cercos de lapsos innombrables e imprecisos que, sinceramente, me trastornan.

Mi deseo de Año Nuevo del día de hoy sería poder disipar el agito estomacal; en el peor de los casos, darme cuenta que solo fuera el preludio a un caso grave de indigestión.

¡TOC, TOC!

Esas eran las maneras de Honorine de tocar.

Abrí la ventana posteriormente a sostener el aire en los pulmones, quizá un segundo más de lo necesario; corrí la cortina y ella se arrojó dentro de la habitación con más destreza que al principio, supongo que por hacerlo con frecuencia.

—¿Quieres proponerme robar un banco en Año Nuevo? —Pretendí sonar burlón, incluso algo simpático, pero solo terminé aparentando un agotamiento incómodo.

Engullí saliva y, bajó mis agradables pantuflas, retorcí los dedos, apreciando cada músculo de mi cuerpo desmedidamente tenso, advirtiendo que mi piel me quedaba pequeña.

—No, algo más vergonzoso —estaba haciendo una torcedura en el asa de una bolsa plástica de compras que mantenía en la mano.

«Se abochornó... Era preciosa».

Esta es la primera vez que tengo delante a una Honorine ruborizada; es una efigie tan insólita que deseo que Klimt, Picasso, Monet, Kahlo, Pollocko cualquier estúpido pintor que ella conoce y yo no— estuvieran en la habitación para así poderla plasmar, crear un monumento perpetuo a su piel colmada de lunares y pecas, ahora dulcemente sonrosada, semejante a los tulipanes rosados.

—¿Te hiciste del dos encima? —De nuevo intenté hacer un chiste, obteniendo como triunfo únicamente que ella me torciera el gesto.

—¡Estoy hablando en serio!

Cabrioleaba mudando el peso de un pie a otro, fregando la tela de sus pantalones de cuadros azules, de esos de elástico que supongo eran un pijama. Llevaba puesta una camiseta corta amarilla que dejaba ver unos tirantes azules por debajo; como abrigo usaba una sudadera abierta con desidia y, como siempre, se cubría el cabello con la capucha de esta.

«¿Por qué tiene que ser tan malditamente bonita?».

Cada día que pasábamos juntos, concibiendo este lugar menos como un internado y más como un castillo en nuestro juego privado, yo fracasaba de manera más patética al observarla con un detenimiento no tan amistoso; incluso en la ropa más humilde, ella era la chica más hermosa y glamorosa que he visto: la princesa para la que yo conseguiría duraznos.

—Entonces dilo ya o pensaré que te orinarás en mi alfombra.

—Divertido como siempre —abultó las mejillas en ese mohín infantil.

Tenía el deseo de reírme de ella; cesé, ya que temí que ella no tendría la misericordia de tolerar mi respiración mucho tiempo después de la primera carcajada.




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