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Liam respiró hondo mientras se adentraba en el pasadizo que los jeroglíficos acababan de revelar. El aire estaba cargado de siglos de historia y polvo antiguo, y cada inhalación le hacía cosquillas en la nariz, recordándole que estaba solo… pero no del todo. Algo vibraba en las paredes, un zumbido suave que parecía latir con su corazón. Su corazón, que ya latía acelerado por la emoción y el miedo, parecía marcar el ritmo de la propia cámara.
El pasadizo era estrecho y sinuoso. Las paredes, cubiertas de símbolos brillantes, reflejaban una luz que cambiaba de color con cada paso que daba. Algunos jeroglíficos parecían moverse bajo su mirada, dibujando figuras de animales y personas que desaparecían al instante. Liam se detuvo, maravillado y atemorizado al mismo tiempo. Tocó los símbolos con la punta de los dedos y sintió un calor que recorría su mano, como si la piedra misma estuviera viva.
"Esto… esto es real," pensó. "No es un sueño… estoy a punto de conocer al mago que puede ayudarme a cruzar la frontera."
Mientras avanzaba, recordó las palabras de su abuelo:
—Amar a alguien no es solo querer verla. Es saber lo que estás dispuesto a enfrentar por ella.
Suspiró. Cada sacrificio, cada momento de peligro en su viaje hasta aquí, cobraba sentido. Y aún faltaba lo más importante: demostrar que su corazón estaba listo.
Finalmente, llegó a la cámara central. La luz que emanaba de los cristales iluminaba todo con tonos azules y dorados que cambiaban según la posición del sol que se filtraba por una grieta en la pirámide. En el centro, sobre un trono tallado en piedra, estaba un hombre de barba blanca, túnica azul con detalles dorados y un sombrero puntiagudo que parecía tocar el techo. Su presencia era imponente, pero había algo en su mirada que le hacía sentir confianza, como si supiera todo lo que Liam había hecho para llegar hasta allí.
—Ah… Liam —dijo el mago con voz profunda, resonando por toda la cámara—. Te estaba esperando.
Liam tragó saliva y avanzó con cuidado, sosteniendo el cuadro con su poema como un amuleto de valor.
—¿Tú… eres el mago que puede ayudarme a cruzar la frontera? —preguntó, con la voz temblorosa pero decidida.
El mago sonrió y dio un paso adelante, extendiendo la mano. De ella surgieron pequeñas chispas doradas que danzaban en el aire, iluminando los jeroglíficos que ahora parecían observar a Liam.
—Sí, pero antes de ayudarte, debes demostrar que tu mente y tu corazón están preparados —dijo—. No basta con querer cruzar; debes entender el verdadero propósito de tu viaje.
Liam asintió, ajustando el cuadro en sus manos. Su respiración era profunda y lenta, intentando calmar los nervios.
—Estoy listo —dijo—. Haré lo que sea necesario para proteger a Letizia y cumplir mi destino.
El mago levantó la mano y la luz de los cristales se intensificó, proyectando en las paredes imágenes del pasado y del futuro: Liam corriendo por el bosque, enfrentando tiburones, la sirena Ariel hipnotizando a las criaturas marinas, el mono travieso robándole la comida… todo se reproducía frente a él, como si la pirámide misma recordara cada uno de sus pasos.
—Cada decisión que tomaste, cada sacrificio que enfrentaste, te ha traído aquí —dijo el mago—. Pero ahora viene la prueba final.
De repente, un holograma mágico apareció frente a Liam, mostrando una puerta cubierta de runas que brillaban con intensidad. Una voz profunda y resonante llenó la cámara:
—Para desvelar los secretos que aquí yacen, deberás responder a mi enigma. Si tu ingenio es digno, la puerta se abrirá. Si fallas, quedarás atrapado en este lugar por toda la eternidad.
Liam tragó saliva, sintiendo el peso de las palabras como si fueran piedras sobre su pecho. La luz azul y dorada reflejaba sombras danzantes en su rostro.
—Estoy listo —susurró—. Haré lo que tenga que hacer.
La voz continuó, más intensa aún:
—Soy el principio y el fin, el alfa y el omega. Soy el silencio antes del trueno y la calma después de la tormenta. Soy la sombra que te persigue y la luz que te guía. Soy el eco de tus pasos y el destino de tu viaje. Pero también soy algo más cercano… algo que compartes con aquellos que llevan tu sangre. Soy de tu primo, la nieta de tu abuela, la hija de tu mamá. ¿Quién soy?
Liam respiró hondo y cerró los ojos. Recordó cada instante del viaje: la risa de Letizia cuando cruzó la frontera por primera vez, el consejo del abuelo, los peligros del bosque, del tiburón, del mono travieso… Todo apuntaba hacia algo que siempre había estado frente a él. Su corazón latía con fuerza, y de repente, supo la respuesta.
—Eres… yo —dijo, con voz firme y clara.
Un estruendo llenó la cámara, y los cristales explotaron en un arco iris de luces. La puerta se abrió lentamente, revelando un sendero iluminado que conducía hacia la salida de la pirámide. Liam sintió cómo su corazón se llenaba de una mezcla de alivio y alegría. Había superado la prueba.
El mago sonrió y asintió.
—Has demostrado valor, ingenio y un corazón verdadero. Ahora, puedo otorgarte el poder para cruzar la frontera y llegar a Auradia.
Liam apretó el cuadro con su poema, los ojos brillando de emoción.
—Gracias… gracias de verdad —dijo, con una sonrisa que no podía contener.
El mago levantó la mano, y un haz de luz envolvió a Liam, llenándolo de energía mágica. Sabía que estaba listo. Sabía que podía cumplir su destino y proteger a Letizia.
Y así, con el corazón latiendo fuerte y la determinación más firme que nunca, Liam se preparó para cruzar la frontera y enfrentarse al siguiente capítulo de su aventura, donde el amor, la magia y los desafíos lo esperaban.