Liam se quedó paralizado frente a la voz resonante que surgía de las paredes de la pirámide —profunda, como si viniera del centro de la Tierra, con un eco que vibraba en cada fibra de su cuerpo. Cada palabra del acertijo le golpeaba la mente con la fuerza de una piedra, obligándolo a revolver todos los detalles de su vida: los días de infancia con su abuelo, los susurros del viento en su pueblo natal, y lo que realmente significaba su misión de llegar a Letizia. Su corazón latía tan fuerte que lo sentía en la garganta, como si quisiera salir volando. La tensión era tan palpable que podía cortarla con un cuchillo; sentía que cualquier paso en falso, cualquier duda mínima, podría desvanecer la oportunidad que había buscado durante meses.
—Principio y fin… sombra y luz… algo de mi familia… —murmuró, con la mirada fija en las inscripciones brillantes que parecían bailar ante sus ojos. En ese instante, su mente voló a un recuerdo: el día en que lo conocía a ella, Letizia, en el mercado de su pueblo. “Te toco alguien”, le había dicho su amigo en ese momento, pero él solo pudo mirar y pensar “esa chica” —y en ese mismo segundo, cuando sus manos se encontraron por casualidad, sintió en todo mi brazo esa sensación de una pluma ligera, suave como el viento de la mañana, que lo hizo temblar por dentro. Ese recuerdo encendió una luz en su mente. ¡Es… es yo! —exclamó finalmente, con una mezcla de alivio que le hizo soltar el aire que no sabía haber retenido, y orgullo que le llenó el pecho de calor.
Una luz cálida, dorada y suave, emergió de la inscripción, iluminando todo el pasadizo hasta los rincones más oscuros. La voz resonó nuevamente, ahora más suave pero igual de firme:
—Correcto, valiente viajero. Solo aquel que conoce su propósito, que ve en sí mismo el nexo entre su pasado y su futuro, puede avanzar.
De pronto, un pasadizo secreto se abrió ante Liam con un crujido suave de piedras antiguas. El aire que salió de ahí olía a antigüedad —polvo de siglos, tierra húmeda— y a magia pura, como si llevaran el aroma de estrellas y sueños cumplidos. Un resplandor dorado se deslizaba por el suelo, como una serpiente amigable, lo invitaba a seguir adelante. Liam respiró hondo, ajustó con cuidado el cuadro con el poema que su abuelo le había dado bajo el brazo, y dio su primer paso hacia lo desconocido —un paso que sentía como si cambiara su vida para siempre.
El corredor era estrecho, tan estrecho que sus hombros rozaban las paredes, talladas con jeroglíficos que parecían contar historias de héroes y magos antiguos. Las luces y sombras que proyectaban no eran quietas: parecían moverse, girar, observarlo con ojos invisibles. Liam sentía que la pirámide lo estaba poniendo a prueba en cada centímetro, comprobando si su determinación era suficiente para resistir el peso de lo que venía. Avanzó con cuidado, paso a paso, escuchando cómo sus propios pasos mezclarse con un eco misterioso que parecía repetir sus pensamientos más profundos: “No falles… Letizia te espera… esa chica que te hizo sentir la pluma en el brazo…”.
Después de caminar varios minutos —que le parecieron horas—, llegó a una cámara iluminada por cristales flotantes que emitían un brillo tenue y constante, como luciérnagas mágicas. En el centro, sobre un pedestal de piedra negra pulida, reposaba un mapa antiguo, hecho de un papel tan fino que parecía desvanecerse. Pero al acercarse, el mapa se desplegó solo, como si supiera que era para él.
—Esto… debe ser el camino hacia la torre de Retuntus —susurró Liam, tocando el papel antiguo con el dorso de su dedo. En ese instante, sintió cómo un flujo de energía mágica recorría sus dedos, su brazo, todo su cuerpo —igual que esa vez en el mercado, esa sensación de pluma ligera pero poderosa. El mago Retuntus me espera.
Liam emergió de la pirámide y se encontró con un bosque extraño, tan diferente a cualquier cosa que hubiera visto. Los árboles eran altísimos, tan altos que sus copas se perdían en la bruma, y sus hojas parecían moverse por voluntad propia —como si bailaran con el viento o le dieran señales. Susurrando mensajes que él apenas podía entender, como palabras en un idioma olvidado. El sol se filtraba con dificultad a través de la copa, creando sombras que parecían moverse por su cuenta, arrastrándose por el suelo como criaturas pequeñas. Cada paso debía ser calculado, cada pisada ligera, para no alertar a las criaturas que habitaban allí —criaturas que sentía mirándolo desde entre los árboles.
De repente, un pequeño zorro de ojos brillantes como gemas negros apareció en el sendero frente a él. Liam lo miró curioso, sin moverse, y el animal, con un leve movimiento de su cola peluda, indicó un sendero más angosto pero seguro, que se perdía entre los árboles.
—Gracias… creo que eres un buen amigo —dijo Liam, mientras seguía al zorro con pasos cuidadosos. Nunca imaginé que la naturaleza podría ayudarme así —pensó, recordando nuevamente a Letizia: esa chica que le había enseñado a ver la belleza en las cosas pequeñas, como el vuelo de un pájaro o la sensación de pluma ligera en el brazo.
Tras horas de caminata, Liam llegó a un río que parecía estar hecho de cristal líquido. La superficie era tan transparente que se veían las piedras doradas y las plantas acuáticas en el fondo. El reflejo del sol hacía que brillara como oro y plata mezclados, creando destellos que cegaban. Pero había algo extraño en él: sentía un poder escondido bajo el agua, una energía vibrante, como si la corriente tuviera voluntad propia y supiera quién era.
—Debo cruzarlo —dijo, ajustando su capa de lana para que no se mojara demasiado. Mi misión no puede esperar. Letizia no puede esperar.
Al pisar el agua, las corrientes se agitaron de inmediato, intentando arrastrarlo hacia abajo, hacia el centro del río. Pero Liam se mantuvo firme, plantando los pies en las piedras, concentrando su fuerza y su equilibrio —y en su mente, solo estaba esa chica, el toque de su mano, esa sensación de pluma ligera que le daba fuerzas. En ese momento, una criatura acuática surgió del río con un chapoteo suave: un dragón de agua diminuto, tan pequeño como su mano, con escamas brillantes como joyas de colores —azules, verdes y dorados. La criatura lo observó con ojos grandes y claros, y al percibir la pureza de su corazón y su determinación sin límites, nadó hacia él y lo guió con pequeños movimientos de su cola hasta la otra orilla.
—Gracias por tu ayuda, pequeño dragón —dijo Liam, acariciando su escama suave con el dedo. Nunca olvidaré tu valentía.
Del otro lado del río se alzaba una torre antigua, tan alta que parecía tocar las nubes, como si fuera un puente entre la Tierra y el cielo. Cada piedra de sus muros brillaba con runas que emitían luz cambiante —roja, azul, verde—, y cada paso que Liam daba sobre las escaleras de entrada resonaba como un eco interminable, que se repetía en todo el entorno. Las risas y susurros parecían provenir de todas partes —de las runas, de las sombras, del aire— como si la torre jugara con él, probando su cordura.
Al llegar a la entrada principal, un anciano vestido con una túnica violeta que brillaba con luz tenue lo esperaba. Sus cabellos y barba eran blancos como la nieve, y sus ojos brillaban con un conocimiento profundo, como si hubiera visto todos los siglos pasar.
—Bienvenido, viajero. Solo quien enfrenta sus miedos más profundos, quien no huye de lo que teme, puede llegar hasta el mago —dijo el anciano con una voz suave pero autoritaria. ¿Estás listo?
Liam asintió con la cabeza, con los puños apretados hasta que los nudillos estaban blancos. Su corazón latía con fuerza, pero su determinación era inquebrantable —alimentada por el recuerdo de esa chica, de cuando te toco y sintió en todo el brazo esa sensación de pluma ligera. Comenzó a subir la escalera en espiral que parecía no tener fin, escuchando cada crujido de la madera como un reto que debía superar, cada paso un recordatorio de lo que había venido a hacer.
En lo alto de la torre, Liam llegó a una sala llena de espejos —docenas de ellos, de todos los tamaños y formas, que cubrían las paredes y el techo. Cada uno reflejaba un posible futuro: en algunos, fallaba en su misión, volvía a su pueblo con la cabeza baja; en otros, regresaba sin lograr cruzar la frontera, nunca volviendo a ver a Letizia; y en uno, se veía junto a ella, en los jardines del castillo, con esa chica sonriéndole y su mano en la suya, sintiendo nuevamente esa sensación de pluma ligera en el brazo, feliz y completo.
La tentación de elegir el espejo cómodo, de quedarse en ese futuro feliz sin tener que luchar más, casi lo hace dudar. Pero en ese instante, recordó las palabras de su abuelo, que le había dicho la mañana que se fue: “No basta con querer, debes tener claridad y perseverancia. El camino fácil no es siempre el camino correcto”.
—No puedo rendirme ahora —dijo en voz baja, con la voz firme a pesar de los nervios. Mi objetivo es proteger a Letizia, no buscar un camino fácil. Ella me espera.
Con paso firme, tocó el espejo que no reflejaba el futuro feliz, sino su propio rostro con determinación en los ojos. En ese momento, un portal se abrió en el centro de la sala, brillando con una luz cálida y amigable, invitándolo a pasar.
Al otro lado, Liam se encontró en un valle oculto, tan hermoso que le hizo quedarse boquiabierto. Estaba lleno de árboles dorados cuyas hojas brillaban como sol, y ríos de luz que fluían sin ruido, como corrientes de estrellas. La bruma mágica flotaba a ras del suelo, haciendo que cada paso fuera como caminar sobre nubes, ligero y suave —igual que esa sensación de pluma ligera que le recordaba a Letizia. En el centro, sobre una roca flotante que giraba lentamente, estaba Retuntus Cualirus Sahursito, el mago. Su túnica azul era tan oscura como el cielo nocturno, pero parecía absorber la luz y volverla a emitir con un brillo suave, y su barba plateada brillaba como si tuviera vida propia, moviéndose con el viento mágico del valle.
—Ah… el joven que busca cruzar la frontera para llegar a la princesa Letizia —dijo el mago con una voz que sonaba como música. Solo los de corazón puro y objetivo verdadero pueden llegar hasta mí.
Liam se arrodilló respetuosamente, sin levantar la mirada de inmediato:
—He venido para proteger a la princesa Letizia y demostrar que mi amor y mi determinación son reales. Desde el día en que la conocí, cuando te toco alguien y me di cuenta de que era esa chica, he sentido en todo mi brazo esa sensación de pluma ligera que me ha guiado hasta aquí.
Retuntus sonrió y levantó su bastón de madera negra, adornado con una gema azul brillante:
—Antes de ayudarte, debes enfrentar tu miedo más grande. El miedo que está en el fondo de tu corazón, el que te hace dudar de ti mismo.
De la bruma surgió una sombra gigantesca, negra como la noche sin estrellas, que tomó forma de todo lo que Liam temía: fallar a Letizia, perderla para siempre, ser rechazado por ella y por su pueblo. La sombra era tan grande que cubría el sol de las árboles dorados, envolviéndolo en oscuridad. Liam respiró hondo, cerró los ojos y recordó cada sacrificio, cada paso peligroso de su travesía —y sobre todo, el toque de Letizia, esa chica que le había dado fuerzas, esa sensación de pluma ligera que nunca se le había ido.
—¡No me rendiré! —gritó, abriendo los ojos con una luz en ellos. ¡Enfrentaré todo para cumplir mi objetivo! Para ella, para mí, para nuestro futuro!
La sombra intentó engullirlo, pero Liam se mantuvo firme, caminando hacia ella con paso seguro. Con cada paso, la luz de su determinación crecía en su pecho, emitiendo un resplandor que iba disolviendo la oscuridad. Finalmente, la sombra se desvaneció en pura luz, igual que la bruma del valle.
—Muy bien —dijo Retuntus, aplaudiendo suavemente. Has demostrado valor, perseverancia y claridad. Tu corazón es verdadero, y tu amor es lo que te guía. Ahora puedo ayudarte a cruzar la frontera.
El mago levantó el bastón y realizó un conjuro, moviéndolo en círculos en el aire. Un portal mágico se abrió frente a Liam, brillando con una luz intensa pero cálida, como un arco iris de luz que conectaba dos mundos. La energía que emanaba de él era poderosa, pero suave —igual que la sensación de pluma ligera en su brazo.
—Gracias, mago Retuntus —dijo Liam, con los ojos llenos de emoción. Nunca olvidaré tu ayuda.
El portal brillaba más y más, invitándolo a entrar. Liam respiró hondo, sintiendo miedo, emoción y esperanza a la vez. Dio un paso adelante, recordando las palabras de su abuelo: “El objetivo verdadero guía a los valientes”.
—Allá voy, Letizia —susurró, atravesando el portal y sintiendo cómo la energía lo envolvía por completo, llevándolo hacia ella.
Al otro lado del portal, Liam estaba cerca de Auradia, el reino de Letizia. Desde la distancia, vio el castillo blanco como la nieve, con sus torres altas y sus jardines llenos de flores. Y en esos jardines, vio a Letizia —esa chica que le había dado sentido a su vida— esperando, con la mirada hacia el horizonte. Su corazón latía con fuerza y emoción, tan fuerte que lo sentía en toda su cuerpo. La travesía había sido larga y peligrosa, pero finalmente estaba listo para demostrar que su determinación y amor eran más fuertes que cualquier obstáculo.
—Aquí estoy —murmuró, con una sonrisa decidida, caminando hacia ella con la certeza de que cuando volvieran a tocarse las manos, sentiría nuevamente esa sensación de pluma ligera que lo había guiado hasta el final.