—Es extraño, Xiao Ba. ¿Por qué alguien escondería un libro como este? —pregunté mientras sostenía el antiguo tomo entre mis manos—. Xiao me contó que tuvo que registrar la cabaña del anciano durante dos días enteros para encontrarlo... y que ese hombre gritó como un loco con tal de que no se lo llevaran.
—Lo sé, es de locos —respondió Xiao Ba, recostándose en la silla junto a mi cama—. ¿Qué más dijo ese viejo?
—Bueno... —intenté recordar—. Dijo que por nada del mundo los libros debían llegar a manos de las Portadoras.
Hice una pausa, intrigada.
—¿Por qué usó esa palabra? ¿Portadoras de qué?
Xiao Ba se puso serio. Se incorporó en la silla y clavó la vista en el libro con preocupación. Entonces, como si una alarma se hubiera activado en su interior, dijo con firmeza:
—Yin, tienes que destruir ese libro ahora.
—¿Qué?
—Lo que escuchaste. Ese libro no puede quedarse aquí ni un minuto más. Debes destruirlo.
Se levantó de golpe, me lo arrebató de las manos y caminó hacia la puerta.
—¡Xiao Ba! ¿Qué estás haciendo?
—Haciendo lo correcto —dijo, sin detenerse.
—¡Ese libro es importante! ¡Devuélvemelo!
Corrí detrás de él. Cuando llegamos al jardín central, impulsé mi energía, di un giro en el aire y aterricé frente a él, bloqueándole el paso.
Xiao Ba se detuvo, desconcertado.
—Yin, hazte a un lado —pidió, dejando el libro a un costado.
—No lo entiendo, Xiao Ba. Hace unas semanas tú mismo me decías que debía averiguar la verdad, descubrir quién soy. Me dijiste que buscara respuestas, que enfrentara lo que fuera necesario. ¡Y ahora que tengo el libro en mis manos, me lo quitas y me dices que lo destruya! ¿Por qué?
—Porque quiero protegerte, Yin. Como tu hermano mayor, es mi deber.
—¿Protegerme? —respondí con una amarga sonrisa—. Xiao Ba, nunca necesité tu protección, ni siquiera cuando era una niña.
—Yin, por favor. Solo hazme caso y déjame pasar.
—No. No sin el libro.
Xiao Ba intentó impulsarse por el aire para saltarme, pero no se lo permití. Lo detuve a mitad del salto, bloqueando su movimiento con mi energía. Cayó con fuerza al suelo, y el impacto lo dejó sin aliento.
La discusión se transformó en combate.
Ambos desatamos nuestras habilidades, usando nuestro Ki esencial. Cada golpe, cada impulso, era una prueba de fuerza y orgullo. Por un momento, olvidamos el libro. Lo único que importaba era ganar. Ninguno de los dos iba a ceder.
Entonces, una voz infantil quebró el aire.
—¡Yin! ¡Xiao Ba! ¡Por favor, dejen de pelear! —gritó Xyn entre lágrimas, corriendo hacia nosotros.
Su llanto era desgarrador.
Al escucharla, mi concentración se rompió. Xiao Ba cayó al suelo, exhausto. Yo me mantuve en pie, aún con la respiración agitada.
Xyn llegó hasta mí y se lanzó a mis brazos, abrazándome con fuerza, como si el mundo estuviera por desmoronarse. En ese instante, algo extraño ocurrió.
Por primera vez... sentí. Sentí su dolor como si fuera mío.
—¿Xyn? ¿Qué te pasa? —pregunté con voz suave, intentando imitar la empatía que no me era natural.
Le devolví el abrazo. Fue torpe, frío... pero lo intenté. Y entonces, sucedió. Una lágrima espesa rodó por mi mejilla. Abrí los ojos, sorprendida. Nunca antes había llorado.
Pude leer su pensamiento con claridad. Lo que sentía, lo que temía... me invadió como una tormenta.
Xiao Ba me miraba en estado de shock, sin entender qué pasaba. Sabía que algo había cambiado. Nunca antes me había visto llorar.
—¿Qué está pasando? —murmuró, preocupado.
Me alejé apenas de Xyn y grité:
—¡Xiao Ba! ¡Corre! ¡Ve a la habitación de mamá!
—¿Qué? ¿Por qué? ¿Qué ocurre?
—¡Solo corre!
Xiao Ba se levantó rápidamente y desapareció dentro de la mansión.
Xyn, que aún lloraba en mis brazos, perdió las fuerzas. Sus piernas se rindieron y la sostuve para que no cayera. Podía sentir los latidos acelerados de su corazón.
Los segundos se volvieron eternos. Las esclavas corrían de un lado a otro dentro de la casa. Médicos entraban y salían con los rostros llenos de tensión. Chanzu, mi otro hermano, salió tambaleando de su habitación, desaliñado, como si acabara de despertarse de una pesadilla.
—¡Si mi madre muere, juro por los dioses que todos ustedes lo pagarán! —vociferaba Xiao Ba, fuera de sí.
Xyn se tapó los oídos para no escuchar el caos. Todos estaban en shock. Incluso yo. Algo dentro de mí ardía. Sentía como si un cuchillo se clavara en mi pecho, como si mis nervios fueran arrancados de raíz. No entendía qué era este dolor, este... sentimiento.
Apreté a Xyn con fuerza, oculté mi rostro sobre su cabeza y respiré profundo.
—Tranquila, pequeña. No va a pasar nada. Solo debemos tener fe...
Poco después, Xiao Ba salió de la habitación. Bajó los escalones arrastrando los pies, como si llevara el peso del mundo sobre los hombros. Tenía los ojos rojos, hinchados. Se dejó caer junto a Chanzu, incapaz de mantenerse en pie.
Y entonces lo sentí.
Voces ajenas invadieron mi mente, emociones intensas me obligaron a contenerme. Me separé de Xyn y me arrodillé en el suelo, presionando mis sienes con ambas manos. No podía detenerlas. No podía escapar de ellas.
Me quedé inmóvil. El jardín parecía un mundo ajeno.
Entre los pensamientos dispersos, uno se alzó con claridad.
"Mamá... por favor, no nos dejes..."
Era la voz de Xiao Ba. Su pensamiento, crudo y sincero, me golpeó con fuerza. Lo miré. Él también me estaba mirando. Pero sus ojos estaban vacíos.
Ya no pude resistir más.
Me levanté y caminé hacia la habitación, dejando atrás a mis hermanos en los escalones. Lo que vi dentro me confirmó lo que temía.
Las esclavas lloraban, arrodilladas. Su llanto hacía imposible entender sus palabras. Los médicos recogían sus instrumentos. Uno de ellos cubría a mi madre con una manta blanca.