Tras la fusión con el alma de la Portadora de la Gema del Invierno, Yin cayó en un sueño profundo, no eterno, pero necesario. Aunque su alma verdadera ya había despertado, sus poderes seguían dormidos, apagados por siglos de letargo. La única forma de restaurarlos por completo era reuniendo los tres libros y a las tres portadoras. Solo entonces, su poder volvería a su plenitud.
El maestro Xu la llevó de vuelta a su cabaña. Yin no podía descansar por sí sola, necesitaba ser asistida. Esa noche, el viejo maestro la cuidó como si de su propia nieta se tratase, sabiendo que lo que estaba naciendo en ella era más grande de lo que el mundo aún podía comprender.
A la mañana siguiente, unos golpes insistentes despertaron al viejo Xu. Se incorporó de un salto, recordando de inmediato lo ocurrido la noche anterior. Corrió hacia la habitación donde había dejado a Yin, pero al entrar, la cama estaba vacía. Alarmado, salió al patio trasero... y allí la encontró.
Yin, serena, sostenía una taza de té bajo su árbol favorito, disfrutando del amanecer como si nada hubiera ocurrido.
Aliviado, el maestro Xu suspiró, se giró y caminó hacia la puerta principal para atender al visitante tan madrugador. Al abrir, se encontró con Xiao Ba y Wong Chuye, ambos con expresiones serias y decididas.
—¿Xiao Ba? ¿Wong Chuye? ¿Qué hacen aquí tan temprano?
Los jóvenes entraron sin responder. Se notaba que no estaban de humor para bromas. Xiao Ba fue directo a revisar las habitaciones.
—¿Dónde está Yin? —preguntó al regresar, sin encontrarla.
El maestro Xu levantó una ceja, cruzándose de brazos con una mueca irónica.
—¿Y por qué piensan que la tengo escondida aquí? ¿Acaso parezco el líder de un clan que oculta criminales?
Xiao Ba y Wong Chuye intercambiaron miradas confundidas.
—¿Por qué dice eso? Yin no es una criminal —respondió Xiao.
—No que nosotros sepamos —añadió Wong.
En ese momento, la puerta que conectaba al patio trasero se abrió completamente. Los tres se giraron de inmediato, y tanto Xiao Ba como Wong Chuye desenfundaron sus espadas por instinto... pero se relajaron al ver que era Yin.
—¿Yin? ¿Estás bien? —Xiao Ba corrió hacia ella, examinándola de arriba abajo.
Apenas la vio, Yin pudo leer los pensamientos de su hermano. Vio el dolor que sintió al no encontrarla, cómo lloró junto a su hermana menor, la angustia de no saber si ella estaba viva o muerta.
—Yin, ¿cómo pudiste irte así sin decir nada? ¡Sabías lo que había pasado y aun así te fuiste! Xyn te buscó toda la noche.
—Es cierto —intervino Wong Chuye—. Anoche tu hermano vino a buscarnos, pensó que te habían atacado.
Mientras ambos le hablaban, Yin vio más allá de sus palabras. En la mente de Wong, vio la imagen de su padre muerto, su funeral, el entierro. En la de Xiao Ba, recordó escenas de infancia: los juegos, las peleas usando Ki, las lecciones de su padre.
Todo eso ocurrió en segundos. Para Yin, era asombroso. Como inmortal, jamás había experimentado así la humanidad: percibir cinco emociones simultáneas en un solo corazón... tener recuerdos tan frágiles y vívidos a la vez. Aquellos cuerpos humanos eran tan bien diseñados, pero tan vulnerables. Fascinante.
El maestro Xu se dio cuenta del estado de Yin, de cómo se perdía en la lectura de mentes, y rápidamente interrumpió para evitar que los chicos notaran algo extraño.
—Eh... ¿chicos? ¿No desean una taza de té? Han venido tan temprano... Déjenme prepararles algo de comer, pan fresco, ¿sí?
Xiao Ba negó con cortesía.
—No podemos. Hoy la familia real vendrá a la casa de los Mein junto a otras familias para ofrecer sus condolencias. Mi madre también irá, así que debemos regresar antes de que lleguen.
En ese instante, Yin tuvo una visión fugaz: el carruaje del emperador y la emperatriz saliendo del palacio.
—Wong Chuye tiene razón. Ya vienen. Debemos irnos de inmediato.
Sin más, Yin se apresuró y salió primero, dejando a su hermano y a Wong con expresiones de sorpresa. Ambos miraron al maestro Xu, que la seguía con una sonrisa de orgullo apenas contenida. Al notar sus miradas, Xu recuperó la postura, se aclaró la voz y añadió:
—¿No dijeron que tenían que irse? Vamos, los acompañaré.
Aceptaron su compañía. Wong compartió caballo con el maestro, y Xiao Ba con su hermana. El viaje fue rápido y tranquilo, hasta que llegaron a la mansión Mein.
En la entrada, la pequeña Xyn los esperaba. Al ver a Yin, corrió hacia ella sin pensarlo. Yin bajó del caballo y la abrazó con fuerza.
—¿Estás loca? ¿Por qué te fuiste sin decir nada? ¡Estábamos muy preocupados!
Yin la miró. Esta vez no leyó su mente... sintió. Sintió el dolor crudo de perder a alguien amado y la desesperación de casi perder a otro. Percibió más de una emoción a la vez, y aunque no entendía del todo cómo los humanos podían hacerlo, lo sintió profundamente.
—Pequeña Xyn... lo siento. Prometo que no volverá a pasar.
Todos a su alrededor quedaron boquiabiertos. Nadie esperaba esas palabras de Yin, y mucho menos con tanta empatía. Xiao Ba apenas lo creía. <<¿Una sola noche fuera y ya es más humana?>> pensó, mientras miraba de reojo al maestro Xu, quien sonreía como un maestro viendo florecer a su discípula más prometedora.
Desde esa mañana, la familia Mein inició los rituales tradicionales por la pérdida de un ser querido. Encendieron incienso en cada rincón de la casa y vistieron ropa de saco como señal de duelo. Para el funeral, todos deberían vestir de blanco.
Xiao Ba y su hermano Chanzu se encargaban de los preparativos, dando instrucciones y organizando todo, mientras Yin permanecía con Xyn en su habitación, consolándola.
Minutos después, llegaron los carruajes reales. La familia imperial entera descendió: el emperador, la emperatriz, sus dos concubinas, sus hijos legítimos y los hijos de las concubinas. Todos vestidos con ropa de saco en señal de respeto.