No sé cuánto tiempo estuve dormida. ¿Horas? ¿Días? ¿Meses, tal vez? Perdí por completo la noción del tiempo. Pero el día que desperté, lo hice en una cama pequeña, incómoda... y extrañamente familiar. Al abrir los ojos, supe que estaba de regreso en mi habitación, en la mansión Mein.
A mi alrededor había ramos de crisantemos blancos y amarillos. Llevaba puesta una túnica completamente blanca y una cinta del mismo color atada alrededor de mi cabeza. En cuanto lo noté, entendí de inmediato: me estaban velando.
Salí de la habitación.
Las esclavas que tendían el jardín y colgaban la ropa me miraron atónitas, murmurando entre sí con expresiones de terror y asombro. Era como si no comprendieran lo que estaban viendo. Y, siendo sincera, yo tampoco lo entendía del todo.
Con los pies descalzos, caminé por los pasillos hasta llegar a la habitación de mi hermano.
—¿Xiao Ba? ¿Dónde estás? —llamé, pero no obtuve respuesta.
Seguí mi camino hasta la habitación de la pequeña Xyn. Al entrar, la encontré vestida con un saco oscuro, la cabeza cubierta y el rostro hundido en los brazos de su nana, llorando con desesperación. Al verme, se quedó petrificada. Sus damas de compañía también me observaron como si hubiesen visto a un fantasma. Una de ellas incluso estuvo a punto de desmayarse del susto.
Corrí hacia Xyn, pero ella retrocedió, aterrada. Fue en ese momento cuando comprendí que algo iba muy mal. No quise alterarla más, así que di media vuelta para salir. Sin embargo, antes de alcanzar la puerta, unos brazos me rodearon por detrás con fuerza. Sentí su llanto pegado a mi espalda y sus manos aferrarse con desesperación.
Tomé sus manos suavemente. No la rechacé. Solo quería que se calmara, que comprendiera que estaba bien... que no era un sueño.
—¡Estás viva! —sollozó con la voz entrecortada.
Me giré para tenerla frente a mí.
—¿Por qué dices eso? —pregunté, levantándole el rostro con cuidado. Pero ella evitó mi mirada. En lugar de responder, se abrazó a mí aún con más fuerza, sin intención alguna de soltarme.
—Todos te dieron por muerta... —dijo entre llantos—. Cuando Xiao Ba y el maestro Xu te trajeron, no tenías...
Su voz se quebró. Las palabras no podían salir de su boca.
La abracé con ternura, acariciando su cabello.
—...No tenías pulso —logró decir finalmente—. Llamaron al médico imperial... y él dijo... que habías muerto...
—Por un choque eléctrico —dije en voz baja, completando su frase.
Xyn me miró con sorpresa.
—¿Ya lo sabías?
Asentí levemente. Pero aún había cosas que necesitaba saber.
—Pequeña Xyn... ¿recuerdas algo más de lo que dijo el médico?
Ella negó con la cabeza, aún abrazada a mí. Traté de escudriñar sus pensamientos, pero no encontré información útil. Me quedé con ella hasta que se quedó dormida, acurrucada en mis brazos.
Salí en silencio de su habitación y recorrí la casa buscando a mis hermanos. No había nadie más que las esclavas. Así que, mientras esperaba, ordené que prepararan un baño.
Me sumergí en el agua y reflexioné en silencio. Me habían dado el mismo diagnóstico que a mi madre... el día de su muerte.
La pregunta que me rondaba era inevitable: ¿había sido examinado mi cuerpo por el mismo médico que atendió a mi madre?
Tras el baño, dos de las esclavas que solían asistir me ayudaron a vestirme. Noté también que Yenih no estaba en la mansión.
Horas después, una de las sirvientas vino corriendo a avisarme que mis hermanos habían regresado. Salí a recibirlos aún descalza.
Cuando me vieron, ambos se detuvieron en seco, paralizados por la sorpresa. Chanzu no pudo contenerse. Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro mientras corría hacia mí para abrazarme con fuerza.
Xiao Ba, en cambio, permaneció quieto. No sabía cómo reaccionar. Sus ojos estaban cargados de recuerdos... de dolor.
Me habían dicho que estuve dormida una semana y dos días. Gracias a Xiao Ba, que insistió en conservar mi cuerpo sin enterrarlo, aún tenía un lugar en el mundo de los vivos. De no ser por él, ya estaría bajo tierra.
—Yin... ¿cómo es posible que estés viva? —preguntó Chanzu, aún abrazándome.
—No lo sé. Solo... desperté —respondí con honestidad.
Miré a Xiao Ba. Su expresión era un mar contenido. Tal vez quería llorar, pero su orgullo se lo impedía. Tenía un nudo en la garganta, y el temblor en sus manos lo delataba.
Quise reconfortarlo usando mi energía, pero en cuanto lo intenté, sentí cómo el cuerpo se me desvanecía.
Chanzu me sostuvo al instante, y yo me dejé caer en sus brazos. Un dolor agudo me taladró la cabeza. La sensación era como si un bumerán invisible hubiese golpeado cada fibra de mi ser.
Xiao Ba se apresuró a ayudar a su hermano a sostenerme.
—Yin, todavía no estás bien —susurró con preocupación.
Chanzu salió corriendo en busca de un médico, dejándonos solos en la habitación.
—Xiao Ba... necesito que llames al viejo Xu, de inmediato —le pedí con voz débil. Sentía cómo mi energía se desvanecía, y con ella, mi capacidad de hablar.
—Yin, ¿qué estás diciendo? ¡No puedo dejarte sola! ¡No en este estado!
—Por favor... él es el único que puede hacer algo. Tienes que traerlo. Por favor... —suplicaba mientras mi cuerpo perdía fuerza. Ya no podía sostenerme. Ya no podía respirar con normalidad. Mi túnica blanca estaba empapada en sudor, pegada a mi piel. Mis hombros quedaban al descubierto con cada segundo que pasaba.
—¡Chanzu ya fue por ayuda! No entiendes... ¡No puedo dejarte sola otra vez! ¡Casi mueres por eso!
—No digas eso... por favor —murmuré con dificultad—. Sabes que no puedo morir... no ahora...
Aunque lo decía, no lo sabía con certeza. En cada vida anterior, al llegar a este punto, siempre había fallado la prueba. Tal vez esta vez tampoco lo lograría. Todo dependía de si mi cuerpo resistía... pero ya no me quedaban fuerzas.
Xiao Ba, finalmente, aceptó mi súplica. Salió a todo galope en su caballo.