Capítulo 3: La mesa para tres y el refugio del establo
El verano llegó con su sol implacable, obligándonos a trabajar de sol a sol. En el campo, los días largos son para producir y almacenar; no hay tiempo para detenerse porque de eso depende sobrevivir al invierno. Sin embargo, este año el calor se sentía más pesado debido a las ausencias. Éramos tres cuerpos trabajando la tierra, pero la sombra de los cinco seguía grabada en cada rincón de la granja.
Papá, siempre fuerte, intentaba camuflar su pena. Todo el día hacía bromas, organizaba juegos de campo y se reía con fuerza, redoblando sus esfuerzos para mantener el ánimo arriba. Yo sabía que era su escudo. Mamá, en cambio, se estaba derrumbando en silencio. Mis hermanos siempre fueron los más cercanos a ella, mientras que yo siempre fui la compinche de papá. Aunque ella intentaba mostrarse entera, la descubrí varias veces: entraba al baño, se cubría la boca con una toalla para apagar el ruido y lloraba a escondidas la partida de sus hijos. Verla así, rota y tratando de no preocuparnos, me partía el alma.
El dolor de la separación es tramposo. Uno nunca está preparado para alejarse de las personas con las que creció y compartió 18 años de vida. Extrañaba todo, incluso las peleas y los enojos, porque al menos en esos momentos sabía que ellos estaban ahí. Al principio, mi mente me engañaba; escuchaba pasos y pensaba que iban a llegar, pero nunca llegaban. El golpe más duro ocurría cada día a la hora de la comida: por pura costumbre, mi mano ponía cinco platos en la mesa. Cuando miraba las sillas vacías, la realidad me abofeteaba. Ya solo éramos tres.
Para no volverme loca, busqué un escape. Cada noche, cuando la oscuridad cubría la granja y mis padres por fin descansaban, yo caminaba en silencio hacia el establo. Me metía al cubículo de mi yegua, rodeaba su cuello con mis brazos y escondía mi rostro en su crin. Solo allí, rodeada por el calor de su cuerpo y el olor a paja limpia, me permitía llorar la ausencia de mis hermanos sin tener que ser fuerte para nadie más. Ella me escuchaba en silencio, moviendo las orejas, cargando con mi pena.