Capítulo 4: Cosecha de esfuerzo y el aula de Veterinaria
A pesar de tener el alma rota, el campo no espera. Hay que mirar adelante y seguir trabajando con los dientes apretados. Así pasamos el resto del verano con papá, sudando la gota gorda para asegurar el futuro de la granja. Juntos guardamos toneladas de forraje para los animales, cosechamos y almacenamos maíz, trigo y harina. Llenamos los graneros con todo lo necesario para que la producción no se detuviera cuando las heladas y las lluvias del invierno bloquearan los caminos. Cada saco cargado era un paso más hacia adelante.
Con el fin de la temporada agrícola, llegó marzo y el inicio del año escolar. Para mí, no era un año cualquiera: era mi primer año en la carrera de Veterinaria. No puedo describir el entusiasmo y el orgullo que sentí al ponerme el uniforme de estudiante y entrar a la universidad por primera vez. Estaba cumpliendo el sueño de estudiar lo que realmente amo, la vocación que nació en estos mismos corrales.
Pero la emoción venía acompañada de una enorme responsabilidad. Lamentablemente, estudiar una carrera profesional es sumamente caro. El valor de la matrícula, los libros, los materiales de laboratorio y el transporte significaban un gasto gigantesco para nuestra economía familiar.
Al ver los costos, miré a papá a los ojos. No hacían falta palabras; ambos sabíamos que el esfuerzo tendría que ser el doble a partir de ahora. Él tendría que hacerse cargo de gran parte del trabajo pesado de la granja en mi ausencia, y yo tendría que quemarme las pestañas estudiando de noche y ayudándole en los corrales cada madrugada antes de viajar a clases. La vida se volvió más dura y el dinero más escaso, pero mi determinación es inquebrantable. Voy a ser veterinaria, salvaré a nuestros animales y haré que cada gota de sudor de mis padres valga la pena.