Capítulo 5: La brecha del tiempo y las mesas que cambian
Sobrevivir tres años bajo una rutina implacable te cambia la piel. Es difícil, jodidamente difícil, quedarte despierta hasta altas horas de la madrugada buscando la tranquilidad de la noche para estudiar, con los ojos ardiendo sobre los apuntes de anatomía animal, sabiendo que en un par de horas debes estar en pie. Despertar al alba, dejar la escoba o los baldes de leche, correr a la universidad y regresar por la tarde directo a los corrales para aliviarle la carga a papá. Ver sus manos cansadas y su espalda encorvada era mi único motor para volver a abrir los cuadernos por la noche. En ese sube y baja de emociones y cansancio extremo, pasaron tres años de mi vida.
En este tiempo, el mapa de la familia se redibujó. Mi hermana, afortunadamente, construyó una vida hermosa. Sigue felizmente casada y ahora es mamá de un pequeño bebé. La mejor noticia llegó cuando a mi cuñado lo trasladaron a trabajar más cerca de nuestra zona. Ahora, las tardes de aislamiento terminaron; nos vemos muy a menudo y la casa vuelve a llenarse de ruido gracias a mi pequeño sobrino, un tierno terremoto que corre por los pasillos. A mis padres se les ilumina la mirada y la vida vuelve a sus ojos cansados cada vez que lo ven tropezar por el patio. El vacío de la mesa empezó a sanar por ese lado.
Con mi hermano, lamentablemente, la historia tomó un rumbo doloroso. Decidió quedarse en el ejército de forma permanente y allí conoció a su esposa. Ella es una mujer de ciudad a quien le avergüenza el campo, nuestras costumbres y el olor a tierra. Por culpa de ese rechazo, el contacto con él se ha desvanecido. Solo viene a visitarnos dos veces al año, por apenas dos días cada vez. Es una realidad amarga: mi hermano, mi gran amigo y confidente de la infancia, desapareció. Ahora solo veo a un militar rígido que parece un extraño. Siento una pena profunda al ver cómo mis padres trabajaron tan duro, rompiéndose el lomo para darnos lo mejor, para que él, por el orgullo de una extraña, deje botado todo lo que nos enseñaron en el hogar. Solo me queda pedirle a Dios que algún día recapacite y recuerde de dónde viene.