Capítulo 8: El diagnóstico y el vientre plano
El viaje al centro médico fue una tortura. Llamé a mi hermana y ella, sin dudarlo, me dijo que nos acompañaría. Nos reunimos todos en la clínica bajo un silencio denso, pesado, casi hostil. No había rastro de la alegría que se siente al esperar una nueva vida; por el contrario, el rechazo de la familia de Paul hacia mi embarazo se respiraba en el aire.
Me realizaron todos los exámenes pertinentes: ecografías, análisis de sangre y revisiones detalladas. El monitor mostró la primera imagen clara de lo que crecía dentro de mí. El doctor nos confirmó que tenía 13 semanas de gestación. Al ver la pantalla, mi hermana y yo no pudimos evitar reír de la emoción legítima de ver a ese pequeño ser, pero nuestra alegría duró apenas un par de segundos.
El médico apagó la pantalla, se acomodó los anteojos y nos miró con una gravedad que me heló la sangre.
—Eso no es todo —dijo con voz pausada—. El feto viene con problemas de desarrollo. El examen genético y la ecografía indican que viene con Síndrome de Down.
El impacto de sus palabras me dejó sorda por un instante. Mi primera reacción, instintiva y protectora, fue llevarme las manos al vientre, un vientre que todavía estaba plano pero que ya albergaba el milagro más grande de mi vida. Me aferré a mi propio cuerpo mientras el mundo exterior parecía desvanecerse. Sabía que la tormenta apenas comenzaba, pero nada, absolutamente nada en la vida, me había preparado para lo que estaba a punto de escuchar a continuación por parte de las personas que estaban en esa sala.