Capítulo 11: La fuga del cobarde y el engaño de ocho meses
La mañana siguiente trajo consigo un golpe de realidad que nos dejó sin aliento. Temprano, con el sol apenas asomando, papá y mi cuñado Abdón se subieron a la camioneta con el rostro serio. Iban decididos al rancho vecino a buscar a Paul, a exigirle que diera la cara y a cobrarle cada una de sus palabras hirientes. Pero lo que encontraron al llegar no fue una confrontación, sino un vacío absoluto y una verdad que nos congeló la sangre: la tarde anterior, apenas unas horas después de humillarme en la clínica, Paul y sus padres se habían marchado del país.
Todo encajó de la manera más perversa. Aquella conversación misteriosa que interrumpí en su sala no era una decisión de último minuto. Paul había ganado un intercambio estudiantil que estuvo tramitando en secreto durante ocho meses. Ocho meses en los que me miró a los ojos, en los que fingió planear un futuro conmigo, mientras por la espalda preparaba su huida. Había vendido su rancho a un hombre de la ciudad que planeaba llegar el próximo mes con la ambición de comprar las tierras vecinas.
Cuando papá regresó y me lo contó, la venta del terreno no me importó en absoluto. Lo único que martillaba mi mente, destrozándome el pecho, era la cifra: ocho meses. Ocho meses fui una tonta. Ocho meses fui el juguete de alguien que ya tenía las maletas listas. La traición mutó de desprecio a un engaño meticuloso y frío que me hizo dudar de cada momento feliz que creí haber vivido a su lado.