El silencio que quedó después de la llamada era espeso, casi irrespirable.
Jung seguía sentado frente a la mesa, con la mirada fija en un punto invisible. El reflejo apagado de la pantalla negra del celular devolvía una imagen que Ally apenas reconocía: los hombros tensos, la mandíbula apretada, los ojos cargados de una historia que no terminaba de decirle.
Ally no preguntó nada.
No todavía.
Se acercó despacio, como si temiera romper algo frágil que flotaba entre ellos. Apoyó las manos sobre los hombros de Jung y dejó que su frente descansara en su espalda. Sintió cómo él respiraba hondo, como si recién en ese contacto recordara que no estaba solo.
—Lo siento —murmuró él al fin, con la voz baja—. No quería que esto empezara así… no contigo escuchando desde la distancia.
Ally negó suavemente con la cabeza.
—No tienes que disculparte —respondió—. Yo sabía que este momento iba a llegar. Solo… no imaginé que sería tan pronto.
Jung giró lentamente hasta quedar frente a ella. Sus ojos buscaban los de Ally con una mezcla de culpa y miedo. Le tomó las manos, entrelazando los dedos como si eso pudiera anclarlo.
—Mi familia no entiende —dijo—. Para ellos, el amor es algo que se construye después, cuando todo lo demás ya está decidido.
Ally tragó saliva. Esa frase le dolió más de lo que esperaba.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿Tú cómo lo entiendes?
Jung no dudó.
—Yo entendí el amor cuando te perdí por primera vez —dijo—. Cuando desperté cada día sin ti y aun así todo lo que hacía tenía tu nombre escondido en algún lugar.
Ella sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, pero sonrió. Siempre sonreía cuando Jung hablaba así, como si cada palabra fuera una promesa.
—Entonces no estamos equivocados —susurró Ally.
Él la abrazó. No con prisa, no con desesperación. Fue un abrazo largo, profundo, de esos que no buscan consuelo sino pertenencia. Ally apoyó la cabeza en su pecho, escuchando el ritmo de su corazón. Era rápido. Nervioso. Vivo.
Esa noche no hablaron mucho más. Prepararon algo sencillo de comer, se sentaron juntos en el sofá, sin prender el televisor. Jung pasó un brazo alrededor de Ally, y ella acomodó sus piernas sobre las de él. El contacto era constante, casi inconsciente. Como si ambos necesitaran recordarse físicamente que seguían ahí.
Más tarde, cuando la ciudad se apagó y solo quedaban las luces lejanas entrando por la ventana, Jung acarició el cabello de Ally con lentitud.
—Tengo miedo —confesó—. No de casarme contigo… sino de lo que eso significa enfrentar.
Ally levantó el rostro para mirarlo.
—Yo también tengo miedo —admitió—. De no ser suficiente para tu mundo. De que algún día me mires y sientas que tuve que pedirte demasiado.
Jung la besó en la frente. Luego en la sien. Luego, con cuidado, en los labios. No fue un beso urgente. Fue lento, profundo, cargado de todo lo que no sabían cómo decir.
—Nunca me has pedido nada que no quisiera dar —dijo—. Mi apellido pesa. Mi historia pesa. Pero tú… tú me enseñas a respirar.
Ally cerró los ojos, dejando que el momento se grabara en su piel. Sus manos recorrieron la espalda de Jung, reconociendo cada tensión, cada latido. No necesitaban ir más allá para sentirlo todo.
Esa noche durmieron abrazados, como si el mundo pudiera quedarse afuera si se mantenían lo suficientemente cerca.
Al otro lado del mundo
En Seúl, la casa familiar de Jung estaba llena de murmullos.
La madre caminaba de un lado a otro con el teléfono en la mano, repasando una y otra vez el video viral. El padre permanecía sentado, serio, con los dedos entrelazados.
—Esto no es solo una decisión personal —dijo él—. Es una exposición pública. Una falta de respeto a todo lo que hemos construido.
—Pero se le ve feliz —respondió la madre, en voz baja—. ¿Hace cuánto no lo veíamos así?
El padre no respondió de inmediato.
—La felicidad no sostiene empresas —sentenció—. Los acuerdos sí.
El nombre de Jung pesaba en esa sala como una herencia imposible de ignorar.
Los días siguientes fueron una mezcla extraña de normalidad y tensión. Ally volvía a trabajar, Jung asistía a reuniones virtuales con su familia. Las sonrisas seguían ahí, los besos al despedirse también… pero había algo nuevo flotando entre ellos: una cuenta regresiva invisible.
Una noche, mientras Ally editaba fotos en su laptop, Jung se acercó con una copa de vino.
—Quiero que conozcas a mi familia —dijo de pronto.
Ella levantó la mirada, sorprendida.
—¿En serio?
—Sí —asintió—. No ahora… pero pronto. No quiero que seas un misterio del que hablan sin conocerte.
Ally sintió un nudo en el estómago. Miedo. Expectativa. Amor.
—Entonces yo quiero que sepas algo —respondió—. No voy a competir con nadie por ti. Ni con tradiciones, ni con acuerdos, ni con expectativas.