Más allá de las fronteras

Capítulo 27: Entre lo que soñé y lo que es

El avión aterrizó con un estremecimiento suave, casi imperceptible.
Pero para Ally, fue como si algo dentro de ella se rompiera y se rearmara al mismo tiempo.

Corea.

El nombre resonaba en su pecho con un eco extraño, familiar y ajeno a la vez.

Mientras caminaba por el pasillo del aeropuerto de Incheon, arrastrando su maleta, tuvo una sensación que la descolocó por completo: ya había estado ahí.
No exactamente así… pero sí de otra forma.

En sus sueños —en aquel tiempo suspendido entre la vida y la inconsciencia— Corea había sido cálida, envolvente, casi mágica. Jung la tomaba de la mano entre calles que parecían hechas solo para ellos. Todo fluía. Todo era fácil. Ella se sentía ligera, querida, inevitable.

La realidad, en cambio, era distinta.

El aeropuerto era imponente, ordenado hasta el extremo. Nadie hablaba más alto de lo necesario. Nadie se detenía sin razón. Todo parecía funcionar como una maquinaria perfecta… sin espacio para el error ni para la emoción espontánea.

Ally apretó la correa de su bolso contra el pecho.

—No es un sueño —se dijo en voz baja—. Esta vez estoy despierta.

Jung la esperaba tras la barrera de seguridad.

Cuando lo vio, todo lo demás desapareció.

Él estaba ahí, alto, impecable, con ese abrigo oscuro que siempre lo hacía parecer más serio de lo que realmente era. Pero sus ojos… sus ojos la traicionaron. Se iluminaron apenas la vio, como si el mundo hubiera vuelto a encajar en su lugar.

No se abrazaron de inmediato.

Se quedaron mirándose un segundo de más.
Ese segundo en el que caben meses de distancia, llamadas a deshoras, miedos no dichos.

Luego Jung dio un paso al frente y la rodeó con los brazos.

No fue un abrazo contenido. Fue uno de necesidad.
Ally cerró los ojos, aspirando su aroma, sintiendo la solidez de su cuerpo. Esta vez no había tubos, ni hospitales, ni sueños confusos.

Era real.
Él era real.

—Bienvenida —susurró Jung, con la voz quebrada—. A mi mundo.

Ally apoyó la frente en su pecho.

—Se siente… distinto —admitió—. En mis sueños, todo era más fácil.

Jung sonrió con tristeza.

—En la realidad, el amor cuesta más. Pero también vale más.

La casa familiar de Jung no se parecía a nada que Ally conociera.

Grande. Silenciosa. Elegante hasta el punto de parecer intocable.

No había fotografías familiares en las paredes.
No había risas flotando en el aire.
Todo estaba perfectamente en su lugar… como si nadie viviera ahí de verdad.

La madre de Jung fue la primera en saludarla. Una inclinación leve de cabeza. Una sonrisa educada, medida.

—Bienvenida —dijo en un inglés correcto, sin emoción—. Has viajado lejos.

—Gracias por recibirme —respondió Ally, inclinándose torpemente, sin saber bien cómo colocarse en ese mundo.

El padre observaba desde el otro extremo de la sala. No se levantó. No sonrió.

—Así que tú eres Ally —dijo finalmente—. La periodista.

No fue una pregunta. Fue una evaluación.

La cena fue… correcta.
Demasiado correcta.

Se hablaba de negocios, de proyecciones, de compromisos. Ally escuchaba, intentando intervenir cuando podía, pero sentía cada palabra como una prueba que no sabía si estaba aprobando.

—¿Cuáles son tus planes a largo plazo? —preguntó el padre de Jung, dejando los cubiertos sobre el plato—. Mi hijo no puede permitirse una vida improvisada.

Ally respiró hondo.

—Mis planes incluyen crecer, aprender… y amar con responsabilidad —respondió—. No vine a quitarle nada a Jung. Vine porque nos elegimos.

El silencio cayó como una losa.

La madre bajó la mirada.
El padre entrecerró los ojos.

—El amor no sostiene imperios —sentenció—. Las decisiones sí.

Jung apretó la mano de Ally bajo la mesa.

—Padre —dijo, con firmeza—. Ella no es una fase. Es mi decisión.

Esa noche, Ally comprendió algo doloroso: no estaba luchando contra personas, sino contra un sistema entero.

Entre el deseo y el miedo

Más tarde, en la habitación de Jung, el silencio era distinto.
Cálido. Íntimo.

Ally se sentó en la cama, descalza, mirando por la ventana la ciudad iluminada. Corea brillaba… pero no la abrazaba.

Jung se acercó por detrás y apoyó las manos en sus hombros.

—Lo siento —murmuró—. No merecías esa frialdad.

—No —respondió ella, girándose para mirarlo—. Merecía la verdad. Y ahora la tengo.

Sus miradas se sostuvieron.
Ahí estaba todo: el deseo de quedarse, el miedo de perderse, el amor que dolía de tan profundo.

Jung la besó.

No fue un beso urgente.
Fue uno cargado de necesidad contenida, de meses de espera, de palabras no dichas.

Ally respondió, aferrándose a su abrigo, como si temiera que al soltarlo todo desapareciera. Sus labios se movieron con lentitud, con reconocimiento, como si se estuvieran aprendiendo de nuevo en esta realidad más dura.

Jung apoyó la frente contra la de ella.

—Tengo miedo de perderte —confesó—. Pero más miedo me da perderme a mí si no lucho por nosotros.

Ally deslizó las manos por su cuello, por su mandíbula, memorizándolo.

—Yo no necesito un mundo perfecto —susurró—. Te necesito a ti. Incluso cuando duele.

Se abrazaron en silencio.
No para huir.
Sino para resistir.

Esa noche, Ally entendió que Corea no era el sueño que había vivido…
pero tampoco era una pesadilla.

Era el escenario final donde tendría que decidir si su amor era lo suficientemente fuerte como para existir en la realidad, no solo en los sueños.

Y Jung, observándola dormir a su lado, lo supo también:

El amor ya estaba elegido.
Ahora faltaba enfrentar el precio.



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En el texto hay: amor, magia, amor adolecente

Editado: 10.01.2026

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