El ultimátum no llegó con gritos ni portazos.
Llegó envuelto en cortesía.
En Corea, las cosas importantes no se dicen con dramatismo, sino con una calma que hiere más profundo. Ally lo entendió desde el momento en que fue invitada —por segunda vez— a sentarse frente a los padres de Jung, en aquella sala impecable donde nada parecía fuera de lugar… excepto ella.
El té estaba servido.
Las tazas alineadas.
Las palabras, cuidadosamente escogidas.
—Hemos reflexionado —dijo la madre de Jung, con una voz suave que no dejaba espacio a la réplica—. Y creemos que es justo ser claros.
Jung permanecía a su lado, erguido, serio, como si su cuerpo entero fuera un acto de resistencia silenciosa. Ally, en cambio, sentía el pulso en la garganta.
—Nuestro hijo ha sido educado para liderar, para continuar un legado —continuó el padre—. El amor es importante, sí. Pero no puede estar por encima del deber.
Ally apretó las manos sobre su regazo.
—No estamos pidiendo que termine de inmediato —añadió la madre—. Pero esta relación no puede avanzar. No habrá compromiso. No habrá matrimonio. No mientras sigan juntos.
Ese fue el ultimátum.
No explícito.
No cruel en apariencia.
Pero definitivo.
Jung se inclinó hacia adelante.
—¿Me están pidiendo que la deje?
—Te estamos pidiendo que elijas con madurez —respondió su padre—. La vida que te corresponde… o una que te complicará todo.
Ally sintió que el aire se volvía pesado. No por lo que decían, sino por lo que no decían: ella no era suficiente.
—Gracias por su honestidad —dijo Ally, sorprendiendo incluso a Jung—. Creo que ya entendí.
Se levantó primero. Hizo una leve reverencia. Educada. Digna.
Cuando salieron de la casa, el frío de la noche coreana le caló hasta los huesos.
-
En el apartamento, el silencio era espeso. Jung se quitó el abrigo con brusquedad.
—No pueden decidir esto —dijo—. No voy a permitirlo.
Ally dejó su bolso sobre la mesa con cuidado excesivo. Como si cada gesto fuera una despedida ensayada.
—Jung… —comenzó—. Escúchame esta vez sin interrumpirme.
Él la miró. Y algo en su expresión lo alertó.
—Yo sabía que esto podía pasar —continuó ella—. Sabía que tu familia no sería fácil. Pero una cosa es luchar juntos… y otra es obligarte a vivir en guerra permanente.
—No es una guerra si te tengo —respondió él, acercándose.
—Sí lo es —susurró Ally—. Porque cada logro tuyo vendría acompañado de un reproche. Cada paso, de una comparación. Y yo no quiero convertirme en el motivo de tu renuncia constante.
Jung negó con la cabeza.
—No quiero una vida sin ti.
Ally respiró hondo. Las lágrimas le quemaban, pero no cayeron.
—Y yo no quiero que un día me mires y pienses que lo perdiste todo por mí.
El silencio se quebró.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó él, con la voz baja.
—Que quizá… —tragó saliva—. Quizá lo más honesto sea alejarnos. No para dejar de amarnos. Sino para ver si el amor sobrevive sin presión, sin culpa… sin enemigos constantes.
Jung se sentó, como si de pronto el cuerpo no le respondiera.
—¿Quieres irte?
—No quiero —respondió ella—. Pero creo que debo.
Esa noche se abrazaron largo tiempo. No hubo urgencia, ni pasión desbordada. Solo piel contra piel, memorias compartidas, respiraciones sincronizadas.
—Si te vas… —dijo Jung—. ¿Volverías?
Ally apoyó la frente en su pecho.
—Si vuelvo… quiero que sea porque me eligen. No porque resistí lo suficiente.
Colombia la recibió con ruido, colores y abrazos.
Su madre no preguntó nada al principio. La envolvió en sus brazos como cuando era niña. Su padre le sirvió café caliente. Sus primos y hermana llenaron la casa de conversación innecesaria pero salvadora.
—Aquí no tienes que demostrar nada —le dijo su madre una noche—. El amor que vale la pena no te pide que te encojas.
Ally lloró entonces. Lloró todo lo que no había llorado en Corea.
Y poco a poco, empezó a sanar.
-
En Corea, Jung caminaba por la ciudad como un hombre que había perdido algo esencial. Pero no estaba vacío. Estaba despierto.
Una noche volvió a la casa familiar.
—He decidido comprometerme —dijo, de pie, frente a sus padres.
—¿Con quién? —preguntó su padre, aunque ya lo sabía.
—Con Ally.
El silencio fue denso.
—Ella no está aquí —añadió su madre—. Eligió irse.
—Eligió no ser humillada —respondió Jung—. Y yo elegí no vivir sin ella.
Sacó una pequeña caja del bolsillo.
—No les pido permiso —continuó—. Les estoy dando tiempo. Tiempo para aceptar que el amor no es una amenaza al legado… sino su continuidad más humana.
Su padre lo miró largamente.
—Si sigues adelante… —dijo—. Tendrás que hacerlo solo.
Jung cerró la caja.
—Nunca estuve solo —respondió—. Solo aprendí a elegir.
El anillo seguía esperando.
Ally también.
Y el amor, lejos de romperse, había aprendido a sostenerse sin gritar.