Más allá de las fronteras

Capítulo 29: El hombre que aprende a esperar

La espera no siempre es pasiva.
A veces, esperar es afilar un plan.

Jung aprendió eso lejos de Ally, en un departamento silencioso que ya no olía a café colombiano ni a su perfume suave. Las mañanas eran exactas. Demasiado exactas. El reloj marcaba la hora, el sol entraba por la ventana, la ciudad se movía… y aun así, todo parecía suspendido.

No la llamaba todos los días.
No porque no quisiera.
Sino porque sabía que, si lo hacía, la tentación de pedirle que volviera antes de tiempo sería más fuerte que su orgullo.

Ally no regresaría a un lugar donde la toleraran.
Solo volvería a un lugar donde la eligieran.

Y eso lo cambió todo.

Jung dejó de preguntarse si su familia cambiaría de opinión.
La respuesta era clara.

No lo harían.

Había crecido rodeado de personas que confundían control con amor y legado con posesión. Sus padres no eran monstruos. Eran coherentes con la vida que conocían. El problema era que esa coherencia no incluía a Ally.

Y Jung, por primera vez, dejó de intentar traducirla, justificarla, suavizarla.

La aceptó como era.

Fría.
Condicional.
Inamovible.

Así que dejó de reaccionar desde el dolor y empezó a pensar desde el poder.

-

La cena fue anunciada como “una conversación necesaria”. Jung sonrió al escuchar la frase. En su mundo, eso significaba una sola cosa: condiciones.

Se sentó frente a sus padres con la espalda recta y la mirada firme. No había rabia en él. Eso había quedado atrás. Ahora había claridad.

—He tomado una decisión —dijo, sin rodeos—. Me haré cargo de la empresa.

El silencio fue inmediato.

Su padre alzó apenas una ceja. Su madre dejó los cubiertos con lentitud.

—¿Estás seguro? —preguntó ella—. Pensamos que estabas… distraído.

Jung sostuvo la mirada.

—Ya no.

Su padre se recostó en la silla.

—Eso implica sacrificios —advirtió—. Compromisos. Estabilidad.

—Lo sé —respondió Jung—. Y estoy dispuesto.

Hubo un cambio sutil en la atmósfera. Expectativa. Satisfacción contenida.

—Entonces entenderás —continuó su padre— que también debemos hablar de tu futuro personal.

Ahí estaba. El verdadero precio.

—No —dijo Jung.

La palabra cayó limpia. Definitiva.

—¿Cómo dices? —preguntó su madre, con desconcierto real.

—Entiendo la empresa. El apellido. La imagen —enumeró—. Pero no aceptaré un matrimonio arreglado. No me casaré con alguien que no amo.

La tensión se tensó como una cuerda a punto de romperse.

—Eso no es negociable —dijo su padre.

Jung apoyó las manos sobre la mesa.

—Entonces tampoco lo es mi participación completa.

Fue la primera vez que utilizó el poder sin pedir disculpas.

Sus padres se miraron. Jung sabía leer esos silencios. Había visto juntas caer por menos.

—¿Ella sigue siendo un problema? —preguntó su padre, con frialdad.

Jung no respondió de inmediato.

—Ally no es un problema —dijo al fin—. Es la única razón por la que todavía me importa algo más que esta empresa.

No la defendió con emoción.
La afirmó como un hecho.

Su madre respiró hondo.

—Si aceptamos esto… —dijo—. ¿Ella desaparecerá?

Jung los miró a ambos.

Y decidió no decir toda la verdad.

—Ella está en su país —respondió—. Y no volverá mientras no sea bienvenida.

Eso era cierto.

Lo que no sabían —lo que no necesitaban saber— era que Jung no estaba aceptando reglas. Estaba ganando tiempo.

-

Esa noche, solo en su apartamento, Jung se sirvió un trago que no necesitaba. Miró la ciudad desde lo alto. Luces. Movimiento. Poder concentrado en edificios de vidrio.

Pensó en Ally. En su risa abierta. En su forma de amar sin estrategias.

Y entendió algo con una claridad brutal:

Sin ella, no le interesaba ser bueno.
Solo eficiente.

Si su familia le había enseñado a ser despiadado con los negocios, entonces lo sería.
Pero no con ella.
Nunca con ella.

Tomó el teléfono. No la llamó. Le escribió un solo mensaje.

Estoy construyendo el terreno.
No vuelvas hasta que sea seguro amar aquí.

Guardó el celular.
Y por primera vez en semanas, durmió sin culpa.

-

Los meses siguientes fueron una transformación silenciosa.

Jung se volvió impecable en las reuniones. Cortante cuando hacía falta. Preciso. Calculador. No buscaba agradar, buscaba resultados. Y los obtuvo.

Algunos lo llamaron frío.
Otros, implacable.

Él no corrigió a nadie.

Porque mientras avanzaba, algo crecía con él: la certeza de que el poder no era para dominar, sino para elegir sin permiso.

Ally seguía lejos.
Pero ya no estaba ausente.

Era el punto fijo al que todo conducía.

Y Jung esperó.

No como un hombre resignado.
Sino como uno que sabía exactamente cuándo volver a reclamar lo que era suyo.



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En el texto hay: amor, magia, amor adolecente

Editado: 29.01.2026

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