Más allá de las fronteras

Capítulo 30: Lo que se toma, no se pide

Jung

El día que Jung tomó el control total de la empresa no hubo aplausos.

No hubo discursos emotivos ni celebraciones visibles. Solo una sala de juntas impecable, trajes oscuros, miradas calculadoras y un silencio que pesaba más que cualquier palabra.

Jung estaba en la cabecera.

No porque se la hubieran cedido con gusto, sino porque ya no había forma de quitársela.

—A partir de hoy, todas las decisiones estratégicas pasan por mí —dijo con voz firme, sin elevar el tono—. Expansiones, alianzas, recursos humanos. Todo.

Uno de los directivos intentó intervenir.

—Con todo respeto, Jung, esto debería pasar por el consejo…

Jung levantó apenas la mano.

—El consejo me respondió ayer —contestó—. Y el 62% de las acciones también.

Eso fue suficiente.

Su padre lo observaba desde el otro extremo de la mesa. No había orgullo en su mirada. Había reconocimiento. Era la expresión de quien entiende que el alumno superó al maestro… y que ya no puede controlarlo.

Jung no lo miró. No necesitaba validación.

Había aprendido demasiado bien las reglas del juego que ellos mismos le enseñaron. Y ahora las estaba usando sin piedad.

Cuando la reunión terminó, Jung se quedó solo unos segundos más. Apoyó las manos sobre la mesa y cerró los ojos.

No sintió victoria.

Sintió espacio.

Espacio para decidir su vida sin pedir permiso.

Sacó el celular. Abrió la galería. Una foto de Ally, riendo en una terraza de Medellín, el cabello suelto, la piel besada por el sol, los ojos vivos.

Y algo en su pecho, que había estado contenido por meses, se tensó.

—Ya casi —murmuró.

Ally

Colombia no la sanó.

La despertó.

Ally volvió rota, sí, pero no vacía. Su familia no le preguntó por Jung de inmediato. No la presionaron. La abrazaron. La rodearon. La dejaron volver a ser ella sin condiciones.

Su madre le preparaba café en las mañanas.
Su hermana la llevaba a caminar.
Su padre la escuchaba en silencio.

Y en ese amor cotidiano, Ally empezó a reconstruirse.

Trabajó más.
Escribió mejor.
Se volvió más segura frente a las cámaras, frente a la gente, frente a sí misma.

Ya no hablaba de Jung desde la herida, sino desde la certeza.

No era una mujer abandonada.

Era una mujer en pausa.

Y un día, mientras se miraba al espejo ajustándose un vestido que antes le habría parecido demasiado atrevido, lo entendió con una claridad que la hizo sonreír despacio.

Ella no había nacido para esperar.

La Ally dulce seguía ahí. La que amaba con ternura, la que cuidaba, la que daba sin miedo.

Pero ahora vivía con otra.

Una mujer que sabía lo que valía.
Que sabía lo que deseaba.
Y que no estaba dispuesta a perderlo.

—Ya estuvo —se dijo en voz alta—. Se acabó la espera.

Esa noche compró el tiquete.

Solo de ida.

No fue impulsiva.
Fue inevitable.

Ally no iba a Corea a rogar.
Iba a reclamar.

No a Jung —él nunca fue una posesión—, sino su lugar a su lado.

Si la familia no la aceptaba, lo enfrentaría.
Si la despreciaban, no se encogería.
Si la ignoraban, se haría imposible de ignorar.

Porque había algo que tenían que entender:

Jung no era un premio.
Era un hombre que la había elegido.
Y ella lo había elegido de vuelta.

Y nadie, absolutamente nadie, tenía derecho a tocar lo que se aman de verdad.

Pensó en él. En su cuerpo. En su forma de mirarla cuando se desarmaba. En cómo su voz se volvía grave cuando la deseaba sin pedir nada a cambio.

Una sonrisa pícara apareció en sus labios.

—Mi hombre —susurró—. Y voy por él.

-

Jung, en Seúl, firmaba el último documento que lo convertía oficialmente en el director general.

Ally, en Medellín, cerraba su maleta con ropa elegante, segura, decidida… y un vestido que sabía exactamente cuándo usar.

Ninguno sabía el momento exacto en que el otro estaba pensando lo mismo.

Pero ambos habían llegado a la misma conclusión:

El amor no se negocia.
Se defiende.

Y esta vez, no iba a luchar solo uno.



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En el texto hay: amor, magia, amor adolecente

Editado: 29.01.2026

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