Más allá de las fronteras

Capítulo 31: Cuando el deseo entra sin pedir permiso

La recepción del edificio estaba envuelta en mármol, cristal y silencio corporativo. Todo funcionaba con precisión quirúrgica… hasta que Ally cruzó las puertas.

No pidió permiso.
No bajó la mirada.
No dudó un segundo.

Tacones firmes. Espalda recta. Vestida de negro, elegante, peligrosa. El tipo de mujer que no entra a un lugar: lo toma.

—Vengo a ver a mi prometido —dijo en un inglés impecable, con acento latino que no pedía disculpas—. Jung Han.

Las recepcionistas se miraron entre sí, incómodas.

—¿Tiene cita?

Ally sonrió. No fue amable. Fue letal.

—No. Pero él me está esperando… aunque todavía no lo sepa.

Y avanzó.

Cuando la puerta de la oficina principal se abrió sin anunciarse, Jung levantó la vista del escritorio… y el mundo se le detuvo.

No fue el reencuentro que había imaginado durante meses.

No era la Ally que recordaba.

Era otra versión.
Más firme.
Más peligrosa.
Más suya.

—Hola, Jung —dijo ella, caminando hasta sentarse frente a su escritorio, cruzando las piernas con lentitud deliberada—. ¿No me vas a saludar?

Él se puso de pie de golpe.

—Ally… —su voz se quebró apenas—. ¿Qué haces aquí?

Ella inclinó la cabeza, evaluándolo como si fuera un juego que ya sabía ganar.

—Vine a ver a mi hombre —respondió—. ¿O ya se te olvidó quién soy?

Jung tragó saliva. La dulzura tímida había desaparecido. En su lugar había una seguridad que le apretó el pecho… y algo más abajo.

—Has cambiado —murmuró.

—No —corrigió ella—. Desperté.

Se levantó despacio, rodeó el escritorio, y se detuvo frente a él. Demasiado cerca. Lo suficiente para que Jung sintiera su perfume, su calor, su decisión.

—¿Sabes cuántas veces imaginé este momento? —susurró—. Y ahora estás aquí… mirándome como si no supieras qué hacer conmigo.

Ally tomó su corbata. No lo jaló. Solo la sostuvo.

—Sigo siendo tu mujer, Jung.

Él no resistió.

La besó.

No fue tierno.
Fue contenido.
Fue todo lo que habían callado durante meses.

Cuando la puerta se cerró, el mundo exterior dejó de existir.

No hubo palabras innecesarias. Solo manos que se reconocían, respiraciones entrecortadas, frentes apoyadas mientras recuperaban el aliento. Jung apoyó la frente en la de ella, cerrando los ojos.

—No quiero volver a perderte —dijo, con voz baja.

Ally lo sostuvo del rostro.

—No voy a irme otra vez —afirmó—. Pero tampoco voy a esconderme. Voy a enfrentar a tu familia. Y esta vez… no necesito que pelees solo.

Jung la miró con una mezcla de orgullo y deseo.

—Esto va a ser una guerra.

Ella sonrió.

—Entonces que se preparen.

-

La casa familiar era impecable.
Demasiado.

Cada superficie brillaba con una pulcritud que no invitaba, que no acogía. Mármol claro, madera oscura, arreglos florales perfectamente simétricos. Nada fuera de lugar. Nada vivo. Ally lo sintió apenas cruzó el umbral: ese tipo de orden que no admite errores… ni emociones.

Entró tomada de la mano de Jung.
No soltó su agarre ni un segundo.

El mayordomo anunció sus nombres con una reverencia medida. El salón principal estaba dispuesto como un escenario: el padre de Jung sentado con la espalda recta, las manos cruzadas; la madre erguida en el sofá, vestida con una elegancia impecable, el rostro calmado solo en apariencia. Dos tíos observaban en silencio. Nadie sonreía.

Las miradas fueron inmediatas.
Evaluadoras.
Desaprobatorias.

Ally sintió cómo la recorrían de arriba abajo, no con curiosidad, sino con juicio. La miraban como una variable incómoda en una ecuación perfecta.

—Nuevamente tú… Ally —dijo la madre de Jung finalmente, con una voz suave, educada, tan fría que dolía más que un grito.

Ally sostuvo su mirada sin titubear.

—Sí —respondió—. Otra vez yo.

No bajó la voz.
No pidió aceptación.
No explicó nada.

El silencio que siguió fue espeso. El padre de Jung carraspeó, como si hablara de negocios.

—Como te dijimos la última vez, no creemos que esta relación sea adecuada —dijo—. Jung tiene responsabilidades. Un apellido. Una empresa. Un futuro que no puede ponerse en riesgo por una decisión emocional.

Jung apretó la mano de Ally, listo para hablar. Pero ella se adelantó.

Lo miró con calma absoluta. No arrogancia. No rabia. Seguridad.

—Perfecto —dijo—. Porque yo no vine a pedir permiso.

La madre frunció apenas los labios.

—No entiendes cómo funcionan las cosas aquí —intervino—. El amor no es suficiente. Hay compromisos. Expectativas. Sacrificios que tú no conoces.

Ally inclinó ligeramente la cabeza, como quien escucha… y decide no ceder.

—Tal vez no —respondió—. Pero sí entiendo algo muy bien: nadie tiene derecho a decidir por el corazón de otro.

Giró entonces hacia Jung.

El gesto fue lento. Deliberado.

Se sentó en sus piernas frente a todos, sin prisa, sin esconderse, sin pedir disculpas por ocupar espacio. Jung inhaló con fuerza, sorprendido, pero no la detuvo. Sus manos se apoyaron en la cintura de ella por puro reflejo.

Ally lo besó.

No fue un beso provocador.
Fue firme.
Seguro.
Inevitable.

Un beso que no pedía aprobación.
Que no buscaba escandalizar.
Que decía esto es real.

Se separó apenas lo suficiente para que todos la escucharan.

—Él es mío —afirmó—. Y yo soy suya. En mi país, las mujeres no mendigamos amor. Lo elegimos. Y lo defendemos.

Se puso de pie, aún con la espalda recta, el mentón alto. Tomó la mano de Jung, esta vez guiándolo ella.

Caminó hacia la puerta sin mirar atrás.

—Si algún día quieren conocernos de verdad, aquí estaremos. Si no… también.

Y se fueron.

El eco de sus pasos resonó más fuerte que cualquier palabra que nadie se atrevió a decir.



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En el texto hay: amor, magia, amor adolecente

Editado: 29.01.2026

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