Capitulo 1
Amelía
La alarma sonó por décima vez antes de que Emma me lanzara una almohada a la cara.
—Si llegas tarde otra vez, juro que tiraré tu teléfono por la ventana.
Abrí un ojo. Eran las ocho y media.
Mi clase empezaba a las ocho.
Me incorporé de golpe en la cama y busqué mi teléfono entre las sábanas. Cuando por fin encontré la pantalla encendida, sentí que el corazón se me iba a salir del pecho.
—No, no, no, no...
Salté de la cama tan rápido que casi tropecé con mi propia mochila. Corrí de un lado a otro de la habitación intentando encontrar mis zapatos mientras me recogía el cabello con una mano y revisaba la hora con la otra.
—Algún día vas a matarte por andar corriendo así —comentó Emma sin apartar la vista de su teléfono.
—Algún día aprenderé a escuchar las alarmas.
—Llevas dieciocho años diciendo lo mismo.
Me puse uno de los zapatos y entonces recordé que el otro seguía debajo de la cama. Me arrodillé para alcanzarlo mientras escuchaba la risa burlona de mi hermana.
—Se que voy tarde —dije mientras terminaba de alistar mi mochila— gracias por recordármelo.
—Para eso están las hermanas —agarró su teléfono que estaba en la mesita de noche— para eso y para desvelarse apagando las alarmas que su hermana menor programa y nunca escucha.
—Ya te pedí disculpas una y mil veces...
Tenía razón. Levantarse todas las mañanas para apagar mis alarmas no debía ser nada agradable. Emma valoraba demasiado sus horas de sueño; decía que dormir bien era el secreto para verse y sentirse bien durante el día. Por eso, cada vez que una de mis alarmas la despertaba antes de tiempo, su humor empeoraba considerablemente.
Y, siendo sincera, no podía culparla por ello.
Emma era cuatro años mayor que yo. Para algunas personas no parecía una diferencia importante, pero para nosotras era suficiente para vivir en mundos completamente distintos.
Ella siempre parecía tener todo bajo control. Le encantaba la moda, conocía las últimas tendencias antes que cualquiera y era de esas personas que podían convertir un simple paseo al supermercado en una pasarela. Su cabello negro y rizado enmarcaba un rostro que irradiaba seguridad, como si nunca hubiera dudado de sí misma.
Yo era todo lo contrario. Mientras Emma dedicaba tiempo a elegir el conjunto perfecto, yo me conformaba con encontrar algo limpio en mi armario. Nunca me interesó demasiado mi apariencia; prefería perderme entre libros, música o los dibujos que llenaban los márgenes de mis cuadernos. Quizá por eso nunca logré entenderla del todo, ni ella a mí.
Salgo de la habitación, bajando las escaleras. Mi padre estaba sentado en la mesa leyendo el periódico como de costumbre.
—¿Me llevas, papá? —pregunté, aunque ya conocía la respuesta.
Mi padre pasó la página del periódico.
—Tengo una reunión importante. Llegaría tarde si te llevo.
Eso fue todo.
Ni siquiera levantó la vista.
Tomé mi mochila y me dirigí a la puerta.
—Que tengas un buen día, Amelia.
Lo dijo de forma automática, como quien se despide de un compañero de trabajo.
—Tú también, papá.
Cerré la puerta detrás de mí.
A veces me preguntaba si las cosas habrían sido diferentes si mamá siguiera viva.
No la recordaba. Ni su voz, ni su sonrisa, ni la forma en que me abrazaba.
Nada.
Emma evitaba hablar de ella y mi padre parecía haber guardado todos sus recuerdos bajo llave.
Éramos familia. Al menos en teoría.
Porque la mayoría del tiempo me sentía como una invitada en mi propia casa.
Cuando llegué a la universidad, la clase de Metodología de la Investigación ya había terminado.
¡Perfecto!
Como si no fuera suficiente que el profesor Bernard pareciera tener algo personal contra mí, ahora acababa de darle otra razón para regañarme.
Había decidido estudiar Derecho por dos razones.
La primera era mi madre.
Todos hablaban de ella como si hubiera sido extraordinaria: una mujer brillante, respetada y capaz de defender cualquier caso. Yo nunca la conocí, pero de alguna forma sentía que seguir sus pasos era lo más cerca que podía estar de ella.
La segunda razón era mi padre.
Tal vez era una tontería, pero una parte de mí seguía creyendo que, si me convertía en una abogada tan buena como ella, él finalmente me miraría con orgullo.
Quizá entonces dejaríamos de sentirnos como dos desconocidos viviendo bajo el mismo techo.
Ya iba en el tercer semestre y, aunque no lo detestaba, tampoco era algo que me apasionara.
Después de perder la primera clase, me dirigí al salón de la siguiente materia. Faltaban veinte minutos para que comenzara, pero prefería esperar antes que volver a llegar tarde.
—Por un momento pensé que no ibas a venir hoy.
Levanté la vista y me encontré con Zoé.
Sus rizos oscuros descansaban sobre sus hombros y su piel estaba más bronceada de lo habitual. Era evidente que había disfrutado las vacaciones de verano.
—Vaya, se nota que la pasaste bien.
—Ya sabes cómo son mis padres. Tenían que aprovechar el milagro de que mi hermano y yo nos pusiéramos de acuerdo para viajar al mismo lugar.
Me observó fijamente.
Conocía esa mirada.
Quería preguntarme algo.
Y yo sabía exactamente qué era.
—¿Y bien?
—¿Qué?
—No te hagas la inocente.
Suspiré.
Ahí iba otra vez.