Capítulo 2
Amelia
Guardamos silencio en cuanto Madame Leroy entró al aula. Era una mujer estricta y, después de haber perdido la primera clase del día, no pensaba arriesgarme a que también me echaran de esta.
Curiosamente, era una de las pocas materias que realmente disfrutaba.
No sabía si era porque solo la veíamos una vez por semana o porque, a diferencia de otras asignaturas, las clases de Derecho colectivo y procesal del trabajo lograban mantener mi atención. Había algo interesante en entender cómo funcionaban las relaciones entre trabajadores y empleadores, aunque jamás admitiría eso delante de Zoé.
Aun así, cuando sonó la campana, sentí un alivio inmenso.
—Al fin —dijo Zoé mientras se dejaba caer en una silla de la cafetería—. Pensé que nunca dejaría de hablar sobre normativas laborales.
—Yo creo que son importantes —respondí tomando asiento frente a ella—. Algún día podrían servirnos.
Zoé arqueó una ceja.
—Es increíble cómo defiendes una carrera que ni siquiera te gusta.
—No he dicho que no me guste.
—Solo llevas tres semestres intentando convencerte de eso.
Le lancé una mirada de advertencia.
Por desgracia, tenía razón.
No odiaba Derecho.
Simplemente nunca había sentido por esa carrera lo que otras personas parecían sentir por sus sueños.
—Ya le encontraré el gusto —murmuré sacando mi cuaderno.
—Eso dijiste el semestre pasado. Y el anterior.
Ignoré el comentario y abrí el cuaderno.
—Además, llegaste tarde otra vez a la clase de Bernard.
—Gracias por recordármelo.
—Siempre es un placer.
Sonreí sin ganas.
Si era sincera, una parte de mí sabía que jamás habría elegido esa carrera por voluntad propia.
Pero también sabía que no podía rendirme.
No después de todo.
—Bueno, tal vez me gustaría más si recibiera un poco de apoyo por parte de mi mejor amiga.
—Yo no me preocupo porque ya tengo medio futuro resuelto —respondió relajándose en la silla—. Mi padre dijo que me ayudaría a entrar a trabajar en su despacho cuando me gradúe.
—Qué conveniente.
—Lo sé.
Volví la vista a mi cuaderno.
Entonces sentí cómo Zoé me lo arrebataba de las manos.
—¡Zoé!
—¿Ves?
Giró el cuaderno hacia mí.
Mis dibujos.
Otra vez.
—Mia, te pasas horas haciendo esto.
—Devuélvemelo.
—No.
—Zoé.
—Lo digo en serio. Cada vez que te veo feliz estás dibujando. No estudiando Derecho.
Tomé el cuaderno de sus manos.
—No empieces.
—Solo digo la verdad.
Guardé el cuaderno en mi mochila.
—Mi padre se infartaría si supiera que alguna vez pensé en estudiar Arte.
—Bueno, si lo piensas...
Levantó una mano dramáticamente.
—...si se infarta, ya no podría decirte que no.
No pude evitar reír.
—Estás loca.
—Lo sé.
Aunque mi relación con mi padre estaba lejos de ser perfecta, jamás desearía que algo le ocurriera.
Era mi padre.
Y, junto con Emma, era la única familia que tenía.
La cafetería comenzaba a llenarse cuando volví a sacar mi cuaderno.
Solo quería dibujar unos minutos.
Nada más.
El sonido del lápiz sobre el papel siempre lograba tranquilizarme.
Por eso la voz que escuché después consiguió exactamente lo contrario.
—Vaya. No sabía que ahora te creías artista.
Suspiré.
No necesitaba mirar para saber quién era.
Eloise Roux.
La única persona capaz de arruinar una tarde con una sola frase.
Cerré el cuaderno lentamente y levanté la vista.
—Eloise. Ya empezaba a preocuparme. No te había visto en toda la mañana.
Sonreí.
Ella también.
Ninguna de las dos lo sentía de verdad.
Eloise cruzó los brazos.
A su lado estaban Rosalie y Camille Moreau, las inseparables mellizas que parecían seguirla a todas partes.
—Yo también estaba preocupada por ti —intervino Zoé—. ¿Aún intentabas convencer a Mathieu de que no terminara contigo?
La sonrisa de Eloise desapareció al instante.
—Fui yo quien terminó con él.
—Claro.
—No tenía sentido seguir con alguien que no aportaba nada a mi futuro.
—Qué romántico.
Por un segundo pensé que Zoé iba a provocar una pelea.
—Deberías concentrarte en llegar a tiempo a clases, Saint-Clair —dijo Eloise ignorándola—. No en perder el tiempo haciendo dibujitos.
—¿Y a ti qué te importa? —preguntó Zoé.
Eloise me miró directamente.
—Solo intento ayudarte. Con esos dibujos jamás llegarás a ser ni la mitad de buena que tu madre.
El comentario me golpeó más de lo que quería admitir.
—Lárgate —espetó Zoé poniéndose de pie—. Y deja de hablar como si supieras algo.
Eloise sonrió con suficiencia antes de marcharse.
Observé cómo se alejaba.
La odiaba.
Pero lo peor era que una parte de mí entendía lo que quería decir.
Si quería convertirme en una gran abogada, tenía que esforzarme más.
Mucho más.
No podía seguir llegando tarde.
No podía distraerme.
No podía fallar.
Porque en algún lugar de mi cabeza todavía existía la esperanza de que, si me graduaba con honores y conseguía un puesto en una gran firma de abogados, mi padre finalmente se sentiría orgulloso de mí.
Todo el camino a casa pensé en eso.
Incluso cuando Emma pasó a recogerme.
—Estás muy callada hoy —comentó observándome por el retrovisor.
—No tengo nada que decir.
—Qué raro.
Saqué mi teléfono para evitar la conversación.
No funcionó.
—Pensé que me contarías cómo te fue en la universidad.
—Me fue bien.
—¿Y algún chico interesante?
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
—Algún chico.
—No.
Emma soltó una carcajada.
—¿En serio? Tienes dieciocho años.