Mas allá de las horas perdidas

Fotografías olvidadas

Capítulo 3

Amelia

Pensé que nunca llegaríamos a casa.

No sabía si eran las incómodas preguntas de Emma o simplemente mi cansancio, pero el trayecto desde la universidad pareció durar una eternidad.

Me bajé del auto apenas este se detuvo frente a la casa.

Estaba harta de escuchar los consejos de mi hermana sobre cómo llamar la atención de un chico.

Si me ponía a pensarlo, tampoco parecían funcionar demasiado bien. Emma había tenido varios novios y ninguno había durado lo suficiente como para convencerme de que realmente sabía de lo que hablaba.

Así que decidí ignorar cada una de sus recomendaciones.

—¡Juliette, ya llegamos! —gritó Emma apenas cruzó la puerta.

Estaba segura de que algún vecino terminaría quejándose algún día.

Juliette era la chica que nos ayudaba con las tareas de la casa. Cocinaba, limpiaba y se encargaba de prácticamente todo lo que Emma y yo olvidábamos hacer.

Tenía unos veintiséis años, ojos color avellana y un cabello claro que siempre llevaba recogido en una larga trenza.

Era amable, paciente y sorprendentemente observadora.

—Buenas noches. Qué bueno que ya llegaron —dijo con una sonrisa.

Su español no era perfecto, pero cada día hablaba mejor.

Desde que papá la contrató había hecho un gran esfuerzo por aprenderlo.

—Por favor, llévame la cena a mi habitación —pidió Emma mientras subía las escaleras.

—Enseguida, mademoiselle.

Adoraba escuchar el francés.

Siempre me había parecido un idioma elegante.

—¿Qué tal la universidad hoy? —preguntó Juliette cuando Emma desapareció en el segundo piso.

Sonreí.

Era curiosa.

Ella era la única persona de la casa que me hacía esa pregunta.

—Bien. Gracias por preguntar.

Juliette inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Está segura? No parece muy contenta.

Había olvidado que era imposible ocultarle algo.

Parecía capaz de leer a las personas con solo mirarlas.

—Solo estoy cansada, Juli. De verdad.

Me observó durante unos segundos antes de asentir.

—De acuerdo. ¿Cenará en su habitación?

—No. Voy a trabajar un poco en el despacho de papá.

—Le llevaré la cena allí.

—Gracias.

Subí las escaleras y caminé por el pasillo hasta detenerme frente a la puerta del despacho.

No me gustaba entrar en ese lugar.

La mayoría de las veces porque papá estaba trabajando allí.

Y las pocas ocasiones en las que no estaba, el simple hecho de cruzar la puerta me hacía sentir como una intrusa.

Quizá porque ese había sido el lugar favorito de mi madre.

O al menos eso decía Emma.

Empujé la puerta lentamente.

Todo estaba exactamente igual que siempre.

Los estantes llenos de libros.

Los archivadores perfectamente ordenados.

El enorme escritorio de madera.

Y ese silencio que parecía envolverlo todo.

Me senté en una de las sillas y abrí el libro que llevaba conmigo.

Leer era una de las pocas cosas capaces de tranquilizarme.

Bueno.

La segunda.

La primera siempre sería dibujar.

Dibujar me permitía olvidar todo lo demás.

Las expectativas.

La universidad.

Mi padre.

Yo misma.

Algunas de las noches en las que llegaba tarde a clases era porque había pasado horas enteras dibujando sin darme cuenta del tiempo.

Por eso no escuchaba las alarmas.

Y por eso Emma terminaba apagándolas.

Aunque ella jamás sospechó el verdadero motivo.

Estaba tan concentrada en la lectura que no escuché a Juliette entrar.

—Su cena, señorita.

Levanté la vista.

El aroma me hizo sonreír de inmediato.

—Gracias, Juli. Huele delicioso.

—Espero que le guste.

Sobre la bandeja había fricasé de pollo.

Uno de mis platos favoritos.

Esperé a que Juliette saliera antes de comenzar a comer.

La verdad era que disfrutaba cenar sola.

Ya estaba acostumbrada.

Las pocas veces que compartíamos la mesa los tres, la conversación siempre terminaba siendo entre Emma y mi padre.

Yo me limitaba a escuchar.

O a fingir que escuchaba.

No recordaba una sola ocasión en la que mi padre y yo hubiéramos cenado solos.

Y tampoco estaba segura de qué hablaríamos si eso ocurriera.

Nuestra relación era demasiado extraña.

Éramos familia.

Pero a veces parecía que apenas nos conocíamos.

Terminé la cena y encendí la computadora para enviar unos trabajos pendientes.

Todo iba bien hasta que encontré una carpeta que nunca había visto.

Fruncí el ceño.

No recordaba haberla visto antes.

Moví el cursor y la abrí.

Había decenas de fotografías.

La primera apareció en pantalla.

Y mi respiración se detuvo.

Era ella.

Mi madre.

No había dudas.

La reconocería en cualquier lugar.

Había visto muy pocas fotografías suyas a lo largo de mi vida, pero bastó un segundo para saberlo.

Sonreía.

Y mi padre estaba a su lado.

También sonriendo.

Por alguna razón aquello me sorprendió.

No recordaba haber visto nunca a mi padre sonreír de esa manera.

Parecía otra persona.

Más joven.

Más feliz.

Más humano.

Sentí un nudo formarse en mi garganta.

Abrí otra fotografía.

Y otra.

Y otra más.

Vacaciones.

Cumpleaños.

Viajes.

Momentos que jamás había conocido.

Momentos que parecían pertenecer a una vida completamente distinta.

Una vida donde mi madre seguía allí.

Mi mirada se detuvo en el nombre de uno de los archivos.

"Cartas".

Mi corazón comenzó a latir más rápido.

Cartas.

Dudé.

Sabía que no debía hacerlo.

Sabía que estaba invadiendo la privacidad de mi padre.

Pero también sabía que aquella podía ser la única oportunidad que tendría para conocer algo más sobre ella.



#1954 en Otros

En el texto hay: romance, drama, drama familiar

Editado: 01.07.2026

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