Más allá de lo desconocido

Luces que no deberían estar ahí

La cabaña parecía imposible. ¿Cómo podía haber una casa con luz y humo en medio de un bosque donde nadie entraba?

Se acercaron con cuidado. La puerta estaba entreabierta.

— ¿Hola? — llamó Elena con voz baja.

Una voz de mujer mayor respondió desde adentro.

— Llegaron tarde. Las esperaba ayer.

Los tres se miraron, confundidos. Empujaron la puerta.

Adentro había una mujer de unos setenta años, sentada junto al fuego, tejiendo. Tenía el pelo blanco y los ojos grises, iguales a los de Elena.

— ¿Abuela? — susurró Elena.

La mujer levantó la vista y sonrió. Era ella. Era la abuela de Elena. Pero no como la conocía ahora, enferma y en cama. Era la abuela joven de la foto, pero envejecida solo un poco. Como si el tiempo aquí pasara diferente.

— Sabía que encontrarías el diario, mi niña — dijo —. Tardaste cuarenta años.

— ¿Cómo... cómo estás viva aquí? ¿Cómo no has envejecido? — Elena no podía creerlo.

— El Bosque Sombrío no deja que nadie se vaya fácil. Cuando tus amigos y yo entramos en 1985, yo me quedé atrás. Me ofrecí para cuidar la entrada. Para que Alvarado no volviera a pasar.

Les sirvió té caliente. Afuera, la niebla golpeaba las ventanas como si quisiera entrar.

— Alvarado no es un profesor — continuó la abuela —. Es un Guardián. Como yo ahora. Pero él es de los que quieren abrir Terra Desconocida, no cerrarla. Él cree que ahí hay poder. Vida eterna.

— ¿Y qué hay realmente? — preguntó Marcos.

La abuela los miró fijamente.

— No es un lugar. Es una memoria. El territorio guarda todo lo que el mundo ha querido olvidar. Guerras, secretos, cosas que no deberían existir. Si se abre por completo, todo eso vuelve.

Sacó de debajo de la mesa la tercera caja. La última pieza del mapa.

— El hombre del sombrero que vieron es el verdadero Guardián del Bosque. No es humano. Me protege a mí, pero también los estaba probando a ustedes. Si hubieran mirado atrás mucho tiempo, se habrían quedado aquí para siempre, como yo.

Les entregó la caja. Dentro estaba el mapa completo por fin. Ya no brillaba en azul. Ahora brillaba en rojo.

— El mapa ahora los reconoce. Ya pueden entrar a las Montañas de la Niebla. Pero escúchenme bien — su voz se volvió dura —: Cuando lleguen a Terra Desconocida, no se lleven nada. Y sobre todo, no le digan a nadie lo que ven.

En ese momento, la luz de la cabaña parpadeó. Un golpe fuerte sonó en la puerta.

— Ya llegó — susurró la abuela, pálida.

Era Alvarado.

Y no venía solo.




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