Más allá de lo desconocido

Montañas de la Niebla

Salir del Bosque Sombrío fue como salir del agua. De repente el aire era frío, cortante, y la niebla no era blanca, era gris y olía a metal.

Frente a ellos se levantaban las Montañas de la Niebla. No eran montañas normales. No tenían pico. Terminaban en una nube plana y densa, como si alguien las hubiera cortado con un cuchillo.

El mapa rojo ahora los guiaba hacia arriba, por un sendero que apenas se veía.

— Tenemos que subir — dijo Marcos —. Ahí dice Terra Desconocida.

Apenas dieron los primeros pasos, empezaron a pasar cosas raras.

Lucía fue la primera.

— ¿Escuchan eso? — dijo, deteniéndose —. Es mi mamá. Me está llamando.

Pero no había nadie. Solo el viento.

— No le hagas caso — dijo Elena, recordando lo que decía el diario de su abuela: “La Niebla te muestra lo que más quieres oír”.

Marcos vio a su padre, que había muerto hacía dos años, de pie más arriba en el sendero, haciéndole señas para que subiera más rápido.

— ¡Papá! — gritó y corrió.

Elena y Lucía tuvieron que agarrarlo.

— ¡No es real! ¡Es la montaña! — le gritó Elena.

Cuanto más subían, peor era. La niebla se metía en sus cabezas. Veían recuerdos que no eran suyos. Veían el pueblo incendiándose. Veían al hombre del sombrero riendo.

A mitad de la subida encontraron algo que los hizo parar en seco.

Una tienda de campaña. Moderna. Con una mochila dentro aún caliente.

Y dentro de la tienda, un cuaderno. Era del profesor Alvarado.

La última entrada decía:

“Día 47. No puedo salir. La Niebla no me deja bajar. El niño está aquí arriba. Lo escucho llorar. Pero cada vez que creo que llego, estoy de nuevo abajo. El mapa me traicionó. La cuarta parte... Dios, la cuarta parte era...”

La frase estaba incompleta. Había manchas de algo que parecía sangre.

— ¿Qué niño? — susurró Lucía —. ¿Qué bebé?

En ese momento la niebla se abrió por un segundo frente a ellos.

Y vieron por primera vez, a lo lejos, en la cima de la montaña, una luz dorada. No era fuego. Era como una ciudad entera brillando dentro de la nube.

Terra Desconocida.

Pero entre ellos y esa luz, de pie en el sendero, bloqueándoles el paso, estaba el profesor Alvarado. Vivo. Con los ojos completamente blancos por la niebla.

— No debieron subir — dijo con una voz que no era la suya —. Ahora ella los vio.

Detrás de él, la niebla empezó a tomar forma. La forma de una mujer gigante hecha de humo.




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