Más allá de lo desconocido

Más allá del mapa

¡No! ¡No vas a cruzar sola! — gritó Marcos.

Pero Elena ya había tomado el mapa y estaba corriendo hacia el puente roto.

El puente era de piedra negra, con la mitad derrumbada. Abajo no había fondo, solo niebla infinita que subía y bajaba como si respirara.

El profesor Alvarado estaba a solo unos metros detrás de ella.

— ¡Elena, no! ¡Si cruzas, ella te atrapará!

Elena no escuchó. Puso un pie sobre el puente.

En el instante en que su pie tocó la piedra, el puente dejó de estar roto. Las piedras flotaron solas y se unieron frente a ella, formando un camino completo, dorado, que solo existía para ella.

El mapa en su mano ardía. Ya no era rojo, era dorado, igual que la ciudad al otro lado.

Cruzó corriendo. Cada paso hacía que el puente se formara debajo de ella y desapareciera detrás de ella.

Alvarado intentó seguirla, pero cuando puso un pie en el puente, la piedra se deshizo. Cayó al suelo, gritando de frustración.

Elena llegó al otro lado.

Y se quedó sin aire.

Terra Desconocida no era una ciudad. No era un tesoro.

Era un biblioteca infinita al aire libre. Miles y miles de estanterías de piedra flotando en el cielo dorado, llenas de libros, de cajas, de fotos, de recuerdos. Todo lo que el mundo había olvidado estaba ahí. Juguetitos de niños de hace 500 años. Cartas que nunca se enviaron. Fotos de gente que nadie recordaba.

En el centro, había una cuna. Una cuna de madera simple.

Y dentro de la cuna, había un bebé llorando. Pero no era un bebé real. Era de niebla dorada.

La mujer de niebla de la montaña apareció a su lado, pero ahora ya no era gigante ni aterradora. Era una mujer normal, de unos treinta años, con el mismo pelo que Elena.

— Bienvenida a casa — dijo, con una voz suave —. Te he estado esperando.

— ¿Quién eres? — preguntó Elena, temblando.

— Soy la primera. La primera que nació aquí. Como tú. Nosotras somos las Guardianas. Nacimos para recordar lo que los demás olvidan. Tu abuela lo supo. Por eso te trajo de vuelta al pueblo. Para protegerte. Pero el mapa siempre llama a su llave.

Elena miró hacia atrás. Del otro lado del abismo, veía a Marcos y a Lucía gritando su nombre, pero no podían cruzar. El puente ya no existía para ellos.

— Si me quedo aquí, ¿qué pasa? — preguntó Elena.

— Te quedarás para siempre, cuidando los recuerdos del mundo. Nunca envejecerás. Nunca olvidarás. Pero nunca podrás volver.

— ¿Y si no me quedo?

La mujer sonrió triste.

— Entonces Terra Desconocida desaparecerá. Y todo lo que está aquí, todos los recuerdos olvidados, se perderán para siempre. Incluida yo. Incluida tu abuela.

Elena tenía el mapa completo en las manos. Por primera vez entendió que ella podía decidir el final de la historia.

Del otro lado del abismo, el profesor Alvarado se reía.

— ¡Quédate! ¡Así yo podré llevarme todo esto y seré inmortal!




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