Más allá de lo que ven mis ojos: Las verdades del corazón

Lo que no se ve, pero pesa

Todos dicen que el pasado no existe.
​Te lo repiten como un mantra bienintencionado cuando te ven abrumada o cansada: "El pasado ya pasó, Lía", "El ayer ya no está, concéntrate en tu presente". Suena lógico, casi poético, el tipo de frase que encontrarías en una taza de café o en una publicación motivacional de redes sociales. Sin embargo, mientras limpio con fuerza la harina esparcida sobre la mesa de acero inoxidable de mi pequeña cocina, no puedo evitar pensar que todos están equivocados.
​El pasado sí existe. No se puede tocar, ni ver, ni fotografiar, pero ocupa espacio. Vaya si lo ocupa.
​Existe en la forma en que se me acelera el pulso y me sudan las manos cuando el teléfono suena con el número de un cliente exigente. Existe en el miedo paralizante que me da revisar la cuenta bancaria del emprendimiento para ver si me alcanzará para la renta del próximo mes. Existe en esa voz maldita y silenciosa en mi cabeza que, cada vez que paso la noche en vela horneando para sacar adelante mi negocio de repostería, me susurra al oído: «¿De verdad crees que vas a poder tú sola? ¿Quién te crees que eres?».
​A mis veintitrés años, se supone que debería comerme el mundo. Se supone que esta es la edad de la energía, de los sueños y de la independencia. Decidí apostarlo todo por lo que amo: la pastelería. Para mí, hornear no es solo mezclar ingredientes; es una forma de control. En la cocina, si sigues la receta al pie de la letra, si pesas la harina gramo por gramo y controlas la temperatura del horno, el resultado es perfecto. El pastel crece, el azúcar se carameliza y todo sale bien. La cocina es el único lugar donde siento que puedo evitar que las cosas se rompan.
​Pero hoy, el orden que tanto me esfuerzo por mantener se ha venido abajo.
​La mesa está llena de cajas de cartón desarmadas, mangas pasteleras a medio usar y el olor a vainilla flotando en el aire se siente extrañamente denso, casi asfixiante. El segundero del reloj de la pared resuena como una bomba de tiempo. Faltan solo tres horas para la entrega de un pastel de bodas tres pisos, el pedido más grande e importante que he tenido desde que empecé, y el proveedor de las flores comestibles que debían decorar la cima me acaba de llamar para cancelar.
​—Lo siento, niña —me dijo el hombre al otro lado de la línea, con una voz aburrida y desinteresada—. Tuvimos un problema con el camión y no vamos a llegar a tu zona hoy. Tendrás que resolverlo con alguien de tu tamaño.
​¿De tu tamaño?.
​La frase flotó en el aire antes de que la llamada se cortara con un pitido seco. El teléfono me tembló en la mano. Siento un nudo amargo y frío en la garganta, y de repente, las luces de la cocina y el brillo del acero inoxidable se volvieron borrosos. El aire empezó a faltarme, y no era por el calor del horno encendido a 180°C. Era porque mi mente, experta en traicionarme y revivir dolores viejos, acababa de activar el interruptor de los recuerdos.
​De golpe, el olor a chocolate y mantequilla desapareció. Ya no tengo veintitrés años. Tengo ocho.




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