Más allá de lo que ven mis ojos: Las verdades del corazón

Capítulo 2: Flores de azúcar y polvo de madera

​El pánico tiene una textura extraña; a veces es frío, pero en la cocina se siente como el calor sofocante que emana del horno. Cuando el proveedor colgó el teléfono dejándome a la deriva, el primer impulso de mi mente —esa vieja conocida que prefiere huir antes de fallar— fue sentarme en el suelo a llorar. Estaba lista para aceptar que el éxito me quedaba grande, tal como la lógica de mis ocho años me había enseñado.

​Pero el temporizador seguía sonando. El mundo real no se detiene porque tú tengas miedo.

​—No —me dije en voz alta, mi propia voz resonando extraña en las paredes de azulejos—. Hoy no.

​Me acerqué a la mesa de acero. El pastel de bodas de tres pisos espera, perfectamente cubierto de fondant blanco, liso como un lienzo virgen, pero incompleto. Faltaban las flores frescas que debían coronarlo. Miré el reloj: dos horas y media. No había tiempo de buscar otro proveedor en la ciudad. Si quería flores, tendría que crearlas yo. Con mis propias manos. Desde cero.

​La repostería tiene algo de alquimia. Tomas agua, azúcar glass y un poco de glucosa, y si tienes la paciencia suficiente, se convierte en una pasta moldeable. Mis manos, todavía un poco temblorosas por el recuerdo de la sala de mis padres, comenzaron a trabajar con una velocidad que no sabía que poseía. Olvidé el dolor en mi espalda, olvidé el sudor que me corría por la nuca y el rastro de harina en mi frente. Con una esteca de modelar, fui dando forma a cada pétalo de rosa de azúcar. Uno a uno. Afinando los bordes hasta que parecieran casi orgánicos, casi vivos.

​Fue un trabajo a contrarreloj, un baile frenético entre la fragilidad del azúcar y la presión del segundero. Cuando encajé la última rosa en la cima del pastel, el resultado me robó el aliento. No eran las flores perfectas de invernadero que había encargado; eran mejores. Tenían texturas, relieves, imperfecciones que las hacían reales.

​Media hora después, subía las cajas al coche con el corazón en la garganta.

​El evento se celebraba en una vieja casona restaurada a las afueras de la ciudad. Cuando entré cargando la pesada base del primer piso, el lugar era un hervidero de ruido. El eco de los martillos, los organizadores gritando órdenes por walkie-talkies y el ir y venir de los camareros me envolvieron como una ola de ansiedad. Sentí, de inmediato, el impulso de hacerme invisible. Volver a mi rincón. Entregar el pastel y desaparecer.

​Llegué a la mesa principal, que estaba rodeada por una enorme estructura de madera arqueada que serviría de altar de fondo. Estaba tan concentrada en no tropezar y en mantener el equilibrio de mis brazos exhaustos, que no me di cuenta de que la estructura aún estaba siendo ajustada.

​Al dejar el último piso del pastel en su lugar, mis piernas finalmente cedieron un poco. Me apoyé contra la mesa, con la respiración entrecortada, sintiendo el peso del cansancio físico y mental de las últimas doce horas de trabajo continuo. Mis manos estaban cubiertas de un polvo blanquecino y el delantal arrugado delataba mi batalla. Me quedé mirando el pastel, orgullosa, pero sintiéndome ridículamente pequeña en medio de tanta opulencia.

​—Es una obra de arte.

​La voz llegó desde arriba, profunda, pausada, desprovista de la prisa histérica que flotaba en el resto del salón.

​Di un pequeño brinco y levanté la vista. Bajando de una escalera de mano acoplada al arco de madera, estaba él. Y en ese preciso instante, el mundo pareció perder el sonido.

​Dicen que el amor a primera vista es un cliché de las películas, pero lo que sentí en el pecho fue más bien como un cable de electricidad que se conecta después de años en la oscuridad. Llevaba unos vaqueros gastados, una camisa de franela con las mangas remangadas hasta los codos y las manos manchadas de serrín y laca. Tenía una complexión fuerte, de alguien acostumbrado al trabajo físico, pero lo que me detuvo el corazón por un segundo fue su mirada. Unos ojos tranquilos, honestos, de un marrón cálido y tan profundo que, por un momento, olvidé cómo se respiraba.

​Tenía una sonrisa de esas que te desarman sin pedir permiso, una que arrugaba tiernamente las comisuras de sus ojos y dejaba ver una calidez que yo no conocía. Sentí un vuelco en el estómago, una bandada de mariposas desbocadas que chocaban contra mis paredes de hielo.

​Se limpió las manos en un trapo que llevaba colgado del bolsillo y se acercó un par de pasos. Al estar cerca, pude percibir su aroma: una mezcla deliciosa de madera cortada, lluvia fresca y algo puramente masculino que me hizo tragar saliva. Miró el pastel con genuina admiración, y luego me miró a mí, como si yo fuera la verdadera obra de arte en esa habitación.

​—Las rosas... no son reales, ¿verdad? —preguntó, ladeando la cabeza, sin apartar sus ojos de los míos.

​—Son de azúcar —alcancé a decir, sintiendo que las mejillas me ardían, y esta vez no era por el calor del horno—. El proveedor me canceló hace unas horas. Tuve que improvisar.

​Él dio un paso más, acortando la distancia entre los dos. Se inclinó un poco para observar los pétalos y luego volvió a conectar su mirada con la mía. El espacio entre nosotros se sintió de repente muy íntimo, como si estuviéramos en una burbuja.

​—Pues qué suerte para los novios que te haya cancelado. Esas flores tienen alma. Las de verdad se habrían marchitado en un par de horas; estas se nota que tienen latidos de tu propio corazón puestos ahí.

​Mis defensas psicológicas, esos muros gigantescos que había construido desde los ocho años para protegerme del mundo, se agrietaron con una sola frase. Nadie me había hablado nunca así. Sus palabras eran dulces, casi cursis, pero salían de su boca con una honestidad tan pura que me estremecí. Alguien estaba mirando más allá del pastel terminado; estaba mirándome a mí, leyendo el alma detrás de la harina.

​—Soy Abraham, por cierto —dijo, extendiendo una mano que aún tenía restos de polvo de madera.




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